Zelda y Scott, Scott y Zelda

Scott y Zelda en un evento en 1925, vía NPR.

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

Zelda y Francis Scott Fitzgerald han sido siempre la pareja maldita de la literatura por excelencia. Rodeados de misterio, su vida estuvo envuelta en fiestas lujosas, excentricidades y un amor apasionado y destructivo. Quizá estaban demasiado hechos el uno para el otro y el resultado fue nefasto. Así lo cuenta Pietro Citati en La muerte de la mariposa, editado por Gatopardo Ediciones, una joyita amena y corta que los admiradores de Fitzgerald (y de Zelda) disfrutarán mucho. El escritor, en muy pocas páginas, se centra en las vicisitudes de la relación de la pareja, un amor demasiado intenso que luego desembocó en un control excesivo por parte de él tras la enfermedad de ella, dos mentirosos patológicos a los que Jozan, un amigo, definía para la biógrafa Nancy Milford así: “Aquel par necesitaba el drama, los dos lo inventaban y tal vez eran víctimas de su inestable y un tanto morbosa imaginación”. El amor dorado, los viajes, los regalos y las fiestas de los inicios del romance, pronto se transformaron, debido al alcoholismo de Fitzgerald, a la esquizofrenia de Zelda Sayre, y a la personalidad complicada de ambos, en una quimera.

Ahí entra el aspecto innovador de esta mini biografía concisa pero muy bien escrita de Pietro Citati. La creencia popular siempre ha sido que la esquizofrenia de Zelda, probablemente oculta a fuerza de excesos en una década ideal para ello, pero también su personalidad, enloquecieron a Fitzgerald y eso le llevó a la bebida y a la autodestrucción; y siempre se la ha culpabilizado, al menos inconscientemente, a ella. En esta ocasión, Citati le otorga el papel que se merece, el de enferma, el de víctima (si bien no quita que fuese, al igual que su marido, superficial, vanidosa y excéntrica, como la época que les tocó vivir), y a él el de un escritor de un talento desbordante y extraño, en cuanto que sólo era lúcido cuando escribía, pero inseguro y tremendamente atormentado por la necesidad de conseguir un éxito que ya había conseguido.

La juventud rica de la época convirtió a Fitzgerald en una especie de “oráculo”, pero su valía como escritor no fue la de retratar una época: su talento era atemporal y él nunca lo supo. Como dice Citati en el libro, también por boca de otros escritores como John Dos Passos, “había olvidado que su don era la capacidad que tenía para metamorfosearse, la única que salva a un escritor”. Citati también señala algo que a mí, como fanática de Fitzgerald, me parece de gran acierto: que él comprendía el mundo a través de sus libros, de los personajes que creaba como “una arquitectura: concentraba más y más; buscaba lo esencial a costa de dar pinceladas mínimas”. Quizás fue un hombre al que no le correspondía la magnitud de su talento, porque lo abrumó, pero que supo sacarle partido.

El punto fuerte del libro está en la figura de Zelda. Citati imagina, a partir de datos fidedignos y de testimonios y cartas, el calvario que sufrió ella, a la vez que él la culpaba y que a su vez se sentía culpable. Quiso ser bailarina, un sueño imposible a una edad tardía, y eso la consumió; quería escribir, y su marido le quitó su propia experiencia (la esquizofrenia, la Costa Azul, los psiquiátricos) y añadió un poco de la suya en Hollywood para escribir la que es quizá su novela mejor construida, Suave es la noche. Citati le hace justicia y, aunque reconoce que ni mucho menos el talento de Zelda igualaba al de Scott, ella, además de enferma, se sintió atrapada. Así como se sintió él dentro de su propio talento.

Hay una frase de una carta de Scott a su hija, ya después de haber muerto Zelda, que Citati reproduce en este libro y que es un signo de cómo él veía a su amada (porque nunca dejaron de amarse) esposa: “Los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extraterrestres que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer”.

Un libro este, en definitiva, que tanto los que ya han leído todo sobre la pareja como los que desconocen su historia disfrutarán.

 

 

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