Ciudades de fado

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Las ciudades son como las personas. Están esas que son las primeras, a las que llegas a odiar pero que de vez en cuando vuelven en forma de melancólicos recuerdos, de primeros momentos y sensaciones descubiertas. Esas que pasan por tu vida sin pena ni gloria. Esas de paso de las que te enamoras un instante fugaz pero sabes que tu relación con ella es cuestión de tiempo. Están esas otras con las que estableces un flechazo instantáneo e irremediable, que se erigen como sin quererlo como la ciudad de tu vida y a la que nunca renunciarías. Ese amor romántico de factoría Disney que tanto nos cuesta quitarnos de encima, pero a veces llegan esas que ni siquiera sospechas que vayan a significar algo.

Mi primera ciudad fue una capital de provincias que odie con todas mis fuerzas, con la que algunos ratos me reconcilio, porque en ella sigo teniendo recuerdos y algún resquicio de vida, pero de la que me es irremediable huir porque de lo contrario, tengo miedo a que me atrape, me corte las alas y me aplaste brutalmente. Mi primer amor, el más romántico, el más duradero, ese que sabía que estaba ahí incluso antes de que surgiera es Madrid. Todos y cada uno de sus rincones. Todas y cada una de sus virtudes y todos y cada uno de sus defectos. Pero a veces le pongo los cuernos con la guapa de la clase y me gusta perderme por algún rincón de París para engañar a la segura y ansiada monotonía.

Pero también hay ciudades de una noche en las que no te importaría quedarte a vivir. Eso me pasa a mí cada vez que piso Portugal. Ese país con el que llevo compartiendo frontera toda la vida, desconocido a la par que cercano, y con cuyas visitas cada vez me gustaría más que esa frontera no existiese. Esas ciudades que suenan a fado y saben a vinho verde fresco, de calles empedradas con aire de otros tiempos, con las pisadas de todos los que estuvieron antes. Siempre que pongo un pie en Évora parece como si nunca me hubiese ido. Tampoco que una día la pisé por primera vez. Esa sensación de extraña familiaridad de haber estado recorriendo siempre sus calles, de no sentirte extranjero en una ciudad desconocida.

Perderte en cualquier calle de Évora de camino a la Praça do Giraldo y entrar en un bar a tomar un vinho verde fresco. Hablar de fados con la camarera en esa perfecta mezcla entre castellano y portugués. Ni mucho de lo uno ni poco de lo otro. Pero suficiente para entenderse sin demasiada confusión. Pese a los continuos seseos del portugués y mi sustitución de las eses por haches aspiradas. Girar en la rua Cinco de Outubro y antes de comer en la rua de Valdevinos curiosear en la Libraría Fonte de Letras, entre poemas de Fernando Pessoa y Florbela Espanca. Comprar poemas encerrados en bolitas de cincuenta céntimos. Y, de repente, imaginarte a ti misma despertándote día tras día en una de esas casas con puertas verdes desportilladas, con un gato durmiendo en el umbral y poniendo rumbo al templo romano y pensando en todas las pisadas que hicieron ese recorrido siglos antes que tú. Y que aun así no seas una extraña entre esas calles. Y no entender por qué no se peregrina igual estas ciudades de fado que a esas otras por las que todos suspiran. Aunque supongo que ahí radica su encanto, en el pasar desapercibido a las miradas de quien no es capaz de ver su belleza y perderse en ella.

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