Redes (anti)sociales

Por Mariana Rosas (@marianagiac)

Viernes en la noche. Estás en pijama en tu cuarto con un té hirviente y Netflix abierto en tu computadora. Fue una semana pesada donde los últimos días contabas las horas para que terminara. Te sientes feliz, feliz por descansar y por saber que eso harás los siguientes dos días. No tienes ganas de hacer algo más. Entonces, en lo que se carga tu película, abres Snapchat. Te interesa poco lo que pueda haber ahí, solo entras a la aplicación por costumbre. Las historias muestran a gente bailando bajo luces de colores neón. Selfies, videos de grupos de amigos que cantan a todo pulmón. Algunas de esas personas son conocidos lejanos, otras son amigos cercanos. Lo que más destaca de aquellas imágenes son las sonrisas, tan grandes que no parecen reales. Dudas por un momento. ¿No deberías estar haciendo lo mismo que todos ellos? Bueno, piensas, un ratito de soledad era todo lo que habías estado buscando, pero, ¿no será que algo estás haciendo mal?

Es bien sabido que las redes sociales muestran el mejor lado de la vida de sus usuarios. Difícilmente alguien subirá una foto donde salga con ojeras o tuiteará de forma no humorística sobre lo incómodo que se siente en ciertas situaciones. En cambio un viaje a Nueva York o un ramo de flores recién recibido como regalo no pasarán desapercibidos por facebook o instagram. Un viernes en la noche en un club será más publicada que uno donde te quedas en casa viendo películas. Generalmente estamos pisando ambos lados. Primero, el de publicar las cosas que nos hacen felices, nuestros logros y gustos que nos hacen sentir orgullosos. Algunas veces lo hacemos para nosotros, otras -inconscientemente- para que los demás vean lo exitosos que somos. Por otra parte nos toca ver la vida aparentemente perfecta de los demás. Sentir celos, cuestionarnos, dudar. No querer admitir que nos gustaría ser ellos.

Si bien el principal propósito de las redes sociales es fortalecer las relaciones interpersonales, éstas nos han hecho adictos a compartir hasta el más mínimo detalle de nuestra vida. Nos hemos convertido en fantasmas que no viven un momento feliz, lo graban. No estamos ahí sino hasta cuando días después posteamos ese video y escribimos una pequeña frase sobre lo mucho que extrañamos ese día.

“Si no hay fotos, no sucedió”, se dice popularmente. Pero, ¿realmente pasa algo si no hay fotos? A mediados de verano fui, acompañada de mis dos mejores amigos, al concierto de la banda de rock progresivo King Crimson. Antes de que el show diera inicio, una voz habló por las bocinas y nos indicó a los presentes que el uso de cámaras y dispositivos electrónicos estaba prohibido. “Grabe únicamente con sus ojos y oídos”. Para mí, fan #1 de tomar fotos en conciertos, esta indicación fue desconcertante. Sin embargo a medida que tocaban las canciones me di cuenta que había algo extraño, diferente a cualquier otro concierto al que había ido. Frente a nosotros no había un mar de pantallas, únicamente un escenario azul tomado por siete músicos. A nuestro alrededor la gente cerraba los ojos y sonreía. Cantaba para sí misma agitando el pelo. Un joven de mi edad fingía que tocaba la batería eufóricamente, siguiendo el ritmo que venía del escenario. No eran fantasmas, eran personas que de verdad estaban ahí. Ahora, al recordar el estruendo de la batería sintiéndose como si emergiera de mi pecho y la voz del cantante dar vueltas en el aire, me pregunto cómo hubiera sido si las grabaciones no hubieran estado prohibidas. ¿Me hubiera siquiera percatado de aquellos detalles? ¿Hubiera tenido esa necesidad de agarrarme del asiento porque la música se sentía como un tornado? Posiblemente no. Así como posiblemente alguien lejano hubiera visto mis publicaciones y pensado en cuánto le hubiera gustado estar ahí, incluso si antes no lo hacía.

Las redes sociales son un espejismo. A través de ellas podemos construir el yo que siempre quisimos ser. Sin embargo, esa otra persona virtual -que a primera vista se ve perfecta- a veces es tan frágil como un like.

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