La realidad tras el turismo salvaje

Por Sara Pérez (@sarap0va)

Cuando en el verano de 2016 me mude a Lavapiés se hablaba de la “gentrificación”, el fenómeno de desplazamiento de población de clase baja cerca del centro y que se ve desplazado por otro que tiene un nivel adquisitivo mayor y como consecuencia aumenta el nivel del alquiler y la calidad de vida. El término fue acuñado por la socióloga Ruth Glass en 1964 al estudiar los cambios sociales que se presentaban en Londres, la ciudad a la que me mude el verano de 2017.

Entre los veranos de Lavapiés y Londres estuve en Sants, un barrio obrero cerca del centro de Barcelona y en el que se hablaba de “gentrificación” hasta que en toda la ciudad se empezó hablar de “turismofobia”, una palabra que está cerca de ser la más googleada del año.

En febrero de 2013, mi profesora de derecho de la Universidad Complutense se anticipó al debate sobre el turismo con una simple pregunta a una compañera de Ibiza: “Pero, ¿Ahí vive gente”?.

Un año antes, en 2012, fui de vacaciones con mis amigas a Magaluf (que Dios, si es que existe, me lo perdone) y tuve que sacar mis dotes de inglés para poder sacar una plancha de la recepción del hotel. Desde hace años Magaluf es un parque temático creado únicamente para el turista británico o alemán donde es casi imposible comer una tortilla de patata. Es un mundo paralelo a lo que es realmente Mallorca, y como dice este artículo de El País, “igual que en la película ‘Bienvenido Mr.Marshall’ todos nos vestimos de andaluces”.

El debate sobre el turismo iba a estallar tarde o temprano en España, un país que siempre se ha alimentado del sector servicios y que ha pasado de abrazar a los visitantes a temer por su llegada.

Hace unas semanas, Arran, la organización juvenil de izquierda independentista catalana pintó en autobuses de la capital el lema “El turismo mata barrios” y pinchó varias ruedas del vehículo. Cuatro días más tarde, la faena se volvia a repetir con bicicletas de alquiler. Ha sido la expresión más clara de que la paciencia contra este modelo turístico se está acabando, después de que el pasado mes de junio se publicase una encuesta realizada por el instituto Gesop que la primera preocupación de los barceloneses es el turismo por delante incluso del paro.

Ayer mismo, cientos de vecinos del barrio de La Barceloneta se quedaron en la playa para protestar contra este turismo masivo que no les deja dormir.

Sería difícil no agradecer los puestos de trabajo que ha proporcionado el turismo en España, sino basta con ver las encuestas de empleo del Instituto Nacional de Estadistica en los meses de verano. También sería difícil obviar que estos trabajos son precarios, duros y poco reconocidos.

Las ciudades se han convertido en un producto para contentar al visitante en lugar de asegurar la tranquilidad y calidad de vida de sus ciudadanos.

El problema no es que odies a los turistas, que al fin y al cabo todos hemos sido alguna vez, sino el modelo turístico actual que es la viva expresión de un sistema capitalista salvaje. Es así que “turismofobia” se convierte en una palabra reduccionista y equivocada y el relato que se vende del “odio hacia el turista” convierte al vecino en un antisistema. Así lo hace ver la plataforma de pisos pro-turísticos en Barcelona: “yo no soy turista, soy una persona”, que junto con lobbies, políticos y grandes empresarios se benefician del turismo más salvaje.

¿Tenemos turismofobia y no lo sabemos? Quizás

La discusión está cuando ese turismo se vuelve irresponsable y afecta a la vida de los vecinos y de los ciudadanos de un barrio o de una ciudad. No solo llega a ser molesto, sino que llegan esos vecinos son desplazados involuntariamente a zonas periféricas porque han visto que ha subido el alquiler como la espuma porque al casero le renta tener una habitación para huéspedes que han encontrado por la plataforma Airbnb o porque simplemente prefiere alquilar ilegalmente.

En un artículo de El Diario, titulado “Turismofobia, tu padre”, se resumen las consecuencias del turismo que odiamos y de las que quizás no somos conscientes: graduados en turismo por 900 euros en un hotel que cuesta 200 euros la noche o chicas que tienen que ir casi drogadas para poder arrastrar los carritos de las sábanas por 1,5 euros la hora.

¿Cuál es la solución? Cambiar el sistema y crear uno nuevo sería muy utópico, así que me limitaré a decir: cobrar un sueldo digno acorde con el trabajo que realizas y realizar un turismo responsable, para que este no se convierte en una de las principales preocupaciones de la población.

Porque los que alguna vez vivimos en Barcelona para estudiar o trabajar y hemos sufrido los precios abusivos de los pisos (no sin antes luchar por encontrar uno), no somos ETA, ni bolcheviques, ni quema-autobuses. Como podríamos decirle a la plataforma de pisos pro turísticos de la ciudad: somos personas.

 

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