No soy Dean Moriarty, o la vida como camino

Por Adriana Benito (@adriactriz) y Carmen Sánchez (@edhelgrim)

La vida en la carretera, La carretera como forma de vida. Coger un coche en Nueva York para acabar en San Francisco, parando en moteles de mala muerte, admirando las llanuras de Denver. México. Peyote. Alcohol. Orgías. La rebelión en contra del sistema establecido. Echar abajo el sueño americano. Dar otro sentido a las existencias de esos errantes que no encontraban su camino en la vida. Quizás porque la vida en sí era el camino. Precisamente de eso habla On the road, la Biblia de la generación beat  donde Jack Kerouac dibuja parte de aquellos años cincuenta en que los jóvenes estadounidenses andaban perdidos buscando un rumbo que, tal vez, tenían ante sí mismos.

Con On the road, Sal Paradise y Dean Moriarty se convirtieron en todo un icono de la contracultura estadounidense que hoy día está más vivo que nunca. Si en el plano literario cada vez es más frecuente encontrar títulos (ya sea en prosa o en verso) que rescatan aquella corriente de los años cincuenta del siglo pasado, con todo lo que ello conlleva (la ruptura por las formas, una apertura hacia lo “políticamente incorrecto”, la expresión latente de los sentimientos más puros sin caer en la grandilocuencia. Palabras llanas que puedan llegar al gran público. Contracultura de masas), el teatro no iba a ser menos. En uno de esos acercamientos cristaliza ‘No soy Dean Moriarty’, escrita por Joan Yago y dirigida por Gerard Iravedra, donde dos jóvenes (Fernando Tielve y Héctor Molina) que trabajan en un bar cualquiera juegan cada noche tras echar el cierre a emular las vidas de Sal y Dean.

Para los amantes de On the road en particular y la generación beat en general ver recrear esta historia desde otra perspectiva puede llegar a ser una delicia, sobre todo en la primera parte de la obra, donde los actores interpretan pasajes literales del libro original, haciéndose imposible la sonrisa de complicidad ante aquellas palabras tan conocidas de Kerouac. Aquello de “la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes”, aunque precisamente este texto se haya convertido en uno de los lugares comunes más aclamados.

A la vez, la obra rescata y plasma esa sensación que tenemos los jóvenes de hoy en día de fijarnos una meta y conseguirla. Conseguirla cueste lo que cueste. Frustrarnos por el camino. Pero, ¿y si precisamente la meta es el camino mismo? Es casi imposible no pensar en ello en plena discusión entre nuestros dos personajes, divididos ante la idea de realizar el viaje de sus vidas de una vez o no. El particular Dean Moriarty hace precisamente esa pregunta sobre el escenario. “¿Y luego qué? ¿Qué pasará cuando volvamos?”. El miedo, la incertidumbre de lo que viene después de lo desconocido. Un tema casi tan universal como cualquier otro. Y tan vigente.

Pero bueno, nosotras acudimos al Teatro Lara a ver una obra de teatro, lo que hace ineludible que pasemos a comentar No soy Dean Moriarty desde un punto de vista teatral. Nunca olvidaré una frase que nos dijo un profesor en mi escuela de arte dramático: “Una vez que se empieza a estudiar teatro, no se vuelve a disfrutar de él de la misma manera”. Qué razón tenía. Para mí es inevitable no analizar un montaje desde una óptica profesional, y No soy Dean Moriarty no iba a ser la excepción que confirmara la regla.

Gerard Iravedra, director de la obra, defiende una propuesta arriesgada, y solo por este motivo ya merece mi respeto. Los actores llevan a cabo estrategias muy inteligentes, entre las que se encuentran la ruptura de la cuarta pared (el actor se dirige directamente al público) o el salto de un personaje a otro. Con esto último nos referimos a esas escenas del montaje en las que Fernando Tielve y Héctor Molina dejan de interpretar a Sal Paradise y Dean Moriarty, respectivamente, para darse vida a ellos mismos en su faceta como actores. El hecho de que los actores abandonen unos instantes a Paradise y Moriarty para pelearse por quién dice una frase provoca un cambio de ritmo, de emociones, y mantiene al espectador alerta.

Quien haya leído On the road estará de acuerdo conmigo en que los personajes de esta particular adaptación están construidos a la perfección. El modo de hablar tan frenético de Dean Moriarty y su personalidad arrolladora contrasta con la energía que parece tener Sal Paradise, algo más calmada. Además, es original la alternancia entre las acciones representadas y aquellas otras que son narradas, puesto que así no perdemos de vista que es una obra basada en una novela, en una gran novela.

La escenografía es la justa y necesaria, cualquier elemento adicional hubiera estado de más. Cabe destacar el fragmento en el que la guitarra pasa a convertirse durante unos segundos en Marylou, una de las esposas que tuvo Moriarty. De esta forma, los actores transforman un objeto inanimado en un personaje más. Como podrán deducir, el hecho de que empleen una guitarra no es algo casual, y es que la guitarra no deja de ser una metáfora del cuerpo femenino. Por otra parte, encuentro magistral que escenifiquen el coche a partir de cuatro sillas, aunque sí es cierto que se me hizo algo corto este fragmento. Alargarlo demasiado podría haber hecho caer al montaje en el cliché y en el aburrimiento, pero yo sí la habría dilatado más.

Por último, nos pasó una cosa curiosa a las dos personas que firmamos este artículo, y es que ninguna de las dos teníamos la sensación de que la obra había llegado a su fin cuando el público se arrancó a aplaudir. Me imagino que era lo que el director buscaba, pero nosotras estábamos convencidas de que el montaje iba a continuar porque la historia estaba en un punto bastante álgido. Bravo por los actores, el director, el dramaturgo y por todas las personas que han tenido la valentía de salirse del espacio de confort y apostar con maestría por una maravillosa novela que a más de uno nos ha hecho soñar.

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