René Rodríguez Mina: “El Salvador no ha sabido recuperarse del conflicto”

Por Ana Rodríguez (@AnaRodriguez_24) y Carmen Sánchez (@Edhelgrim)  

La violencia genera violencia. Al menos así pensaba el novelista Wendell Berry, quien consideraba que los actos de violencia cometidos en la justicia, en la afirmación de los derechos o en defensa de la paz no acaban con este acto, sino que preparan y justifican su continuación.  A veces la violencia es invisible a los ojos y uno de esos casos de violencia invisible para el resto del mundo lo protagoniza El Salvador, un pequeño país latinoamericano de 21.031 kilómetros cuadrados y aproximadamente seis millones de habitantes que vive un “conflicto invisible” entre las maras y el Estado.

Durante doce años, El Salvador sufrió una cruel guerra civil, en la cual se llevaron a cabo algunos de los peores abusos de derechos humanos en la historia de América Latina. La represión militar provocó la migración masiva hacia otros países de la región, principalmente Estados Unidos. En este conflicto, el Ejército gubernamental- la Fuerza Armada de El Salvador (FAES)-, apoyada por Estados Unidos se enfrentaba a las fuerzas insurgentes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), apoyado este último por otros países de la comunidad internacional que no tenían esperanzas en que la paz conquistara este territorio.

Después de más de una década de Guerra Civil, en 1992 se firmó un acuerdo de paz, aclamado con éxito por la comunidad internacional. Sin embargo, la violencia no ha desaparecido tras la firma de este acuerdo porque “ninguna de las dos partes apostaba a ganar tal guerra. Fue una especie de beso entre enamorados sin pensar en un matrimonio o algo serio”, explica el fotoperiodista René Rodríguez Mina. Un matrimonio que no dio sus frutos porque las dos partes estaban “muy debilitadas en matarse unos a otros”.  Se estima que este divorcio entre estas dos partes de un mismo país, dejó aproximadamente 75.000 muertos.

Actualmente, El Salvador no ha sabido recuperarse de este conflicto. La desmovilización de los excombatientes y su reinserción a la vida civil han sido una ardua y larga labor que continua a día de hoy. Al finalizar la guerra, quedaron en manos de cientos de personas armas de fuego que han propiciado el surgimiento de pandillas jóvenes denominadas ‘maras’ que se dedican  principalmente a la delincuencia y al tráfico de drogas, convirtiendo a este país en uno de los más violentos del mundo.

En estos momentos existen dos pandillas que son reconocidas en el país: la Mara Salvatrucha (MS 13) y La Mara 18. Esta última ha tenido una escisión “producto de los poderes de control en los líderes por lo que ahora también existe la Mara 18 revolucionarios”. Sus orígenes se remontan a la década de los 80 – asegura René Rodríguez Mina- cuando muchos jóvenes abandonaron El Salvador, protegiéndose a sí mismos. Cuando llegaron a EEUU se encontraron con que este país defendía el respeto por los derechos humanos y la democracia y  con que, al mismo tiempo, el fenómeno de la desigualdad iba calando en la sociedad estadounidense.

Las catastróficas condiciones económicas y sociales provocaron que estos jóvenes comenzaran a ser “absorbidos por grupos ya establecidos en esos Estados”, convirtiéndose así en parte activa de las “pandillas de la calle”. El “sentido de pertenencia a un grupo social determinado” es lo que motiva a estos jóvenes a querer formar parte de este tipo de pandillas, que utilizan un lenguaje, un vestuario y unos signos propios

La migración de muchos jóvenes durante la guerra propició que muchas familias quedaran desintegradas y, en consecuencia, que estos jóvenes crecieran faltos de atención familiar, emocional o educativa. Las pandillas fueron los grupos receptores de jóvenes deportados y huérfanos. Unos jóvenes que con sus actos están cambiando la historia del país. En la actualidad, las maras son grupos organizados de adolescentes y jóvenes que a través de la violencia, el robo o el secuestro, han implantado la ley del terror en la población salvadoreña. En estos momentos las maras viven un proceso de continuidad, resurgimiento y transformación.

Tal como explica Rodríguez Mina, durante el periodo de gobierno del presidente Cristiani, no se dio importancia a la deportación de los jóvenes salvadoreños que habían huido a Estados Unidos por parte del gobierno de Reagan. De esta manera, el gobierno de El Salvador no reparó en la trascendencia de estas deportaciones y no hizo nada por insertar a los jóvenes de nuevo en la sociedad salvadoreña. Es así como con el tiempo estas pandillas han pasado de comenzar a pedir una “cora” de veinticinco centavos a delinquir por cantidades más grandes, especializándose en tácticas de extorsión para amedrentar a la población, que sigue viviendo con el miedo a ser atacado y perder lo poco que lleve consigo e incluso con miedo a morir en alguno de estos ataques.

A su juicio, los medios no siempre tratan la raíz de los problemas ni explican qué está ocurriendo en realidad en este país, sino que siguen ciertas líneas ideológicas. No obstante, esta situación se ha transformado con la llegada de las redes sociales y la aparición de nuevos canales de comunicación, que posibilitan un visiones distintas del problema de las que los medios de comunicación tradicionales exponen.

¿Existe solución a este conflicto? El fotoperiodista René Rodríguez lo tiene claro. “Hay que ser positivo, pero también realista. Los problemas no se pueden cortar de raíz. Tarde o temprano volverán a aparecer en la vida”.  Para acabar con este problema hay que buscar una “salida social, humanitaria, equitativa, cultural y política. Y sobre todo, acabar con la corrupción en todos los niveles de la sociedad porque si hay corrupción en el Estado la habrá también en la ciudadanía que vive en ese territorio”.

Actualmente, René Rodríguez Mina reside en Viena y dirige sus pasos hacia la poesía, de la que se considera hermano gemelo, y la fotografía artística, con exposiciones en la ciudad austriaca, así como en su tierra natal.

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