Sobre la confusión

Alicia

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

-¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?

-Depende mucho del punto adonde quieras ir -contestó el Gato.

-Me da igual dónde -dijo Alicia.

-Entonces no importa el camino que sigas -dijo el Gato.

-Siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia, a modo de explicación.

-Oh, siempre llegarás a alguna parte -dijo el Gato-, si andas lo suficiente.

Vivimos tiempos en los que, como Alicia en el país de las maravillas, la confusión es un elemento fundamental de nuestras sociedades modernas. La mayoría de nosotros, especialmente aquellos que nacimos entre las décadas de los 80 y 90 (ese magma indefinido denominado millennial), estamos inmersos en una carrera sinfín, sin rumbo definido, cuyo único objetivo es no parar nunca de correr y estar “en continua transformación”.

Zygmunt Bauman, sociólogo y filósofo polaco recientemente fallecido, en su ensayo La modernidad líquida, definió nuestro tiempo así:

Ser moderno terminó significando, como en la actualidad, ser incapaz de detenerse y menos aun de quedarse quieto. Nos movemos y estamos obligados a movernos, pero no tanto por la “postergación de la gratificación”, sino porque no existe posibilidad alguna de encontrar gratificación: el horizonte de la gratificación, la línea de llegada en que el esfuerzo cesa y adviene el momento del reconfortante descanso después de una labor cumplida, se aleja más rápido que el más veloz de los corredores. La completud siempre es futura, y los logros pierden su atractivo y su poder gratificador en el mismo instante de su obtención, si no antes. Ser moderno signfica estar eternamente un paso delante de uno mismo (…)

Es una carrera que no tiene fin porque la propia sociedad está sustentada sobre esos pilares. La sociedad de consumo, el crecimiento ilimitado (sea económico o de otra índole), la competencia desleal, así como la “necesidad” de ser siempre “mejor”. Mejor que uno mismo (“en continua transformación”) y mejor que los demás (aunque para ello haya que pisarles y pasarles por encima).

Genera confusión porque no hay certezas y la única certeza es la incertidumbre.

En la actual fase de la modernidad en la que vivimos, que Bauman define como “líquida”, todo es provisional. La realidad sólida de nuestros padres (y sobre todo de nuestros abuelos) se ha esfumado. Nuestros trabajos, amistades, relaciones de parejas, los lugares en los que vivimos, son válidos hasta hoy a primera hora del día. Mañana, quién sabe.

La confusión y la incertidumbre son la tónica habitual de nuestro tiempo. La precarización de la economía y la flexibilidad laboral nos impiden echar raíces en ningún lado.

Abandonamos nuestros países, no porque queramos ampliar nuestros horizontes voluntariamente, sino porque nos vemos obligados a ello, mientras ponemos muros, concertinas y alambradas de espino para impedir la llegada de quienes están todavía más confundidos y desposeídos que nosotros.

Este ritmo frenético y sin sentido conduce a la ansiedad y la frustración. Tanto es así que en los últimos años se han disparado las tasas de suicidio, el número de personas con depresión, el consumo de fármacos y analgésicos de todo tipo, el bullying escolar, etc.

Para liar un poco más el asunto, vivimos la edad de oro de la tecnología, Internet y las redes sociales, que -a diferencia de lo que se suele decir- ni son neutrales ni nos han facilitado la vida en absoluto. Las diferentes adicciones relacionadas con el mundo virtual también se han disparado y la paradoja es que estoy escribiendo desde un proyecto de revista nacida en el mundo digital.

Igual que le ocurre a Alicia en la novela de Carroll, la inquietud y curiosidad por comprender el mundo que me rodea no me ayuda a calmar la confusión que siento. Tampoco estoy seguro de querer saber hasta dónde llega la madriguera de conejos. Lo que sí que sé es que es un mundo que dista mucho de ser una maravilla, que lejos de ser un sueño parece una pesadilla y que si no cambiamos las reglas que lo definen el cuento puede acabar muy mal.

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