‘Llamadme Alejandra’, un paseo por la Rusia de los últimos zares

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Este año se cumplen 100 años de la Revolución rusa, que entre los meses de febrero y octubre de 1917 dio lugar al derrocamiento de los zares y la instauración del régimen leninista. Es quizás uno de los mejores momentos para hablar de ello y, precisamente ahora, se publica Llamadme Alejandra, la última novela de Espido Freire, galardonada con el Premio Azorín 2017.

En esta novela de algo más de 350 páginas, Espido Freire nos descubre a una zarina como nunca antes se la había visto. En el libro narra en primera persona cómo vivió Alix de Hesse y el Rin, natural de Alemania y nieta de la reina Victoria de Reino Unido, que tras su enlace con el zarévich Nicolás pasaría a ser Alejandra Fiódorovna Románova. Alix comienza el relato de su vida desde su juventud, desde cuando la enfermedad y la muerte ya están presentes en su vida, como un presagio del futuro.

No es fácil enfrentarse a personajes que ya tienen un juicio público a su alrededor, menos sobre los que versan tantos y tantos mitos. Alejandra no fue una zarina querida en la corte rusa y mucho menos por su pueblo. Considerada la piedra angular de las desgracias de los zares, estuvo continuamente en el punto de mira de todas las críticas: primero, por su procedencia alemana, después por no ser capaz de engendrar un hijo varón, por no poder darle a Rusia un descendiente al trono del zar. Una vez hecho, los rumores de enfermedad del Zarévich, la maldición de la hemofilia… Pero incluso siendo consciente de cómo la historia ha tratado a la última zarina, Espido Freire es capaz de transmitir las emociones que Alix pudo sentir durante su vida, una vida más austera, resignada a la par que enfrentada de lo que se deja entrever en los libros de historia.

El libro comienza con la última etapa de los Romanov, ya destronados y abocados al inminente final que el lector ya sabe. Es en ese momento cuando Alejandra empieza el relato de sus vivencias. Una corte europea vinculada hasta la saciedad, donde la sombra de la hemofilia empañada dinastías. A través de las páginas del libro van sucediéndose los encuentros de Alix con muchos de los monarcas más renombrados de la Europa de finales del siglo XIX, desde la reina Victoria de Inglaterra hasta la emperatriz Elizabeth de Austria, con quien mantiene un encuentro y donde Sissi da consejos a Alejandra sobre cómo debe comportarse una emperatriz.

Se descubre también una relación irrompible con su marido, el zar Nicolás, junto a quien lucha y por quien se posiciona en todo momento. De la mima manera, se muestra la relación con sus cuatro hijas: Tatiana, Olga, María y Anastasia, así como la devoción que siente por el pequeño Alexis.

Otro de los puntos más interesantes de la novela llega con la aparición de Grigori Rasputín en la vida de los Romanov, otorgando una visión de este hombre que dista de la que posteriormente se oficializó como un ser desalmado que sólo buscaba aprovecharse de la familia real. La descripción que la zarina hace de Grigori es en todo momento la de un amigo, un “hombre santo” al que venera por haber llevado a su familia la estabilidad de salud que tanto necesitaban, mejoras para Alexis y, por tanto, para Rusia, al poder mostrar un heredero sano. Sin embargo, la imagen de Rasputin se ve empañada por los que le consideran un simple embustero y es con su asesinato cuando la debacle rusa comienza su espiral y los Romanov ven desvanecerse su mundo.

Desde el momento en el que me casé, pasé a pertenecer a Rusia. Pero incluso pese a eso, mi alma era propiedad de Dios, y tenía, tengo, todo l derecho a adorarlo y venerarlo de la manera que me parezca más adecuada. Y Rasputin era de una de esas maneras. Me enseñó otra faceta de Dios. Me enseñó su misericordia y su poder.

¿Manipularme, Rasputín, a mí? Solo soy una débil mujer, pero si algo supera mi fragilidad, eso es mi tozudez. Nadie, jamás, me ha llevado por un camino que yo no haya deseado, no al menos por demasiado tiempo. Si mi marido me hubiera prohibido verle, pese al amor que le tengo, le habría desobedecido si eso contradecía mi conciencia. He dado suficientes muestras de ello. A los pueblos les encanta culpar a las mujeres de sus pecados. A mí se me condena por la caída de mi imperio. Muy bien: pero que se me culpe a mí sola. No hay más responsable de ello”.

Llamadme Alejandra nos transporta a aquella Rusia zarina, la madre Rusia, en uno de los momentos más decisivos de su historia, aportando un punto de vista distinto al que teníamos hasta ahora. El de una mujer que, pese a las inclemencias que le rodean, resiste y da la cara ante las adversidades que la vida -y sobre todo la muerte- le presentan.

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