Exploradores olvidados: descubridoras, espías y viajeros

Por Juan Martínez Rodríguez (@juan_nauj11)

Más allá de los grandes descubridores españoles, como Núñez de Balboa o Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la historia de nuestro país ha dado unos cuantos exploradores que bien merecerían una película que narrara sus aventuras. La realidad es que estos curiosos viajeros, buscavidas y espías han caído en el anonimato, olvidados por el gran público, que ni recuerda sus nombres ni conoce sus hazañas. Inundados como estamos por la cultura anglosajona, conocemos mejor los viajes de descubrimiento del Pacífico de James Cook, que los pasajes más interesantes de nuestra propia historia. A través de este artículo vamos a sacar del olvido a tres grandes viajeros españoles.

Isabel Barreto de Castro (1567 – 1612)

La historia suele ser muy injusta con muchos personajes que pasaron de serlo todo en su tiempo, al más cruel de los anonimatos. Esto es especialmente cierto en el caso de las mujeres, que no solo lo tenían todo en contra en su tiempo para triunfar en un mundo dominado por los hombres, sino que cuando conseguían sobresalir eran ignoradas por la historia. Por eso quiero comenzar este relato con una mujer, Isabel Barreto de Castro, la primera mujer almirante de la historia española.

Sus primeros años de vida son muy inciertos. Nació en 1567 en Pontevedra, en el seno de una familia portuguesa de exploradores. Siendo aún joven se trasladó con su familia al virreinato de Perú, donde se casaría en 1585 con Álvaro de Mendaña, explorador español que en 1567 había descubierto las Islas Salomón en un viaje de exploración del Pacifico. El señor en cuestión casi doblaba la edad de su prometida, pero en aquella época el matrimonio no era una cuestión de amor, sino de dinero. Álvaro de Mendaña llevaba desde su descubrimiento buscando la autorización para volver a las Islas Salomón para poblarlas, algo que no podía conseguir sin la dote de la novia, Isabel de Barrientos, que aportó 40.000 ducados al matrimonio, una verdadera fortuna en la época.

Tras unos años de preparación la expedición, que estuvo lista en 1595, partía con tres naves y unas 300 personas, entre las que se contaban varias decenas de mujeres y niños. El viaje trascurrió con las dificultades propias de la época, ya que los medios para guiarse por el mar aun no estaban perfeccionados y la dificultad de encontrar las Islas Salomón era grande, pese al conocimiento de su latitud. Tras varias semanas de navegación descubren la Isla de Santa Cruz. Aquí comienzan los problemas: La nave almiranta se pierde, el jefe de los soldados Marino Manrique intenta sabotear la expedición atacando a los indios del lugar y acaba apresado y ajusticiado y Álvaro de Mendaña muere por una enfermedad, que además se propaga por el campamento.

A cargo de este desastre queda Isabel de Barreto, nombrada heredera de los títulos de su marido. A partir de este momento la empresa de colonización se convierte en un intento de mera supervivencia. Isabel, desde entonces con el cargo de almirante, decide poner  rumbo a Filipinas, colonia española por aquel entonces. Los víveres empiezan a escasear, por lo que pone en marcha un impopular racionamiento que pese a todo les permite sobrevivir. Tras varias semanas de viaje, con la comida al borde del agotamiento y los ánimos caldeados en la expedición (no debió sentar muy bien a los hombres de la época que les mandase una mujer) se avista finalmente tierra. Los expedicionarios consiguen reagruparse, pertrecharse de lo necesario y reemprender el camino.

La crónica que nos queda del viaje fue escrita por el marino portugués Pedro Fernández de Quirós, que hace un retrato francamente negativo de Isabel de Barrientos, quejándose de sus maneras despóticas y autoritarias. El relato cuenta seguramente con parte de exageración, pero al mismo tiempo es difícil pensar de qué otra manera una mujer del siglo XVI podría haber mantenido el orden en una nave llena de soldados pendencieros de la época. Pese a su dureza su nao llegó sana y salva, mientras que otra se perdió y otra desertó, desembarcó en suelo de la corona y tras montar varios altercados en esas tierras, acabaron llegando a Manila encadenados.

El 11 de febrero de 1596 el barco llegaba finalmente a Manila, donde Isabel buscó rápidamente un marido con el que poder reclamar los derechos de exploración de las Islas Salomón, lo único que se podía salvar del desastroso viaje. Se casó con Fernando de Castro, sobrino del anterior gobernador y a partir de ese momento se pierde su pista. Vuelve de nuevo a Perú y probablemente a España, para reclamar en la corte de los Habsburgo sus derechos de exploración, que finalmente se adjudicarían al marino portugués Fernández de Quirós. En 1612 muere, dejando tras de sí haciendas, esclavos y una de las historias de descubrimiento más fascinantes del Nuevo Mundo.

 

Domingo Francisco Jorge Badía y Leblich (1767-1818)

Aventurero, erudito, científico, espía… son muchos los epítetos que podemos ponerle a este barcelonés nacido en 1767. De padre aragonés y madre belga, ha sido uno de los personajes más fascinantes e ignorados de la historia. Desde pequeño hizo gala de una gran inteligencia que le permitió aprender matemáticas, astronomía, historia natural, física y filosofía. Cuando su padre es trasladado a trabajar en el sur comienza a interesarse por la cultura islámica. Será en Córdoba, la antigua capital del califato omeya, donde empezará a estudiar árabe. En 1799 se traslada a la corte de Madrid, donde traba amistad con Manuel Godoy, hombre de gran influencia sobre el rey Carlos IV. Es a Godoy a quien presenta su proyecto para recorrer África, preparado junto al orientalista Simón de Rojas.

En esos momentos el descubrimiento geográfico de África comenzaba a ser de vital importancia para las potencias, que empezaban a ver en el continente una enorme fuente de riquezas. La corona financió sus viajes a cambio de explorar Marruecos, lo cual no era una tarea fácil. Para conseguir su meta se sometió a la circuncisión, se dejó crecer la barba y se hizo pasar por Alí Bey al-Abbasi, descendiente de Mahoma. Su objetivo era llegar allí donde ningún occidental lo había hecho antes, y vaya si lo logró.

El 29 de julio de 1803 Domingo Badía y Leblich, ahora conocido como Alí Bey, llega a la ciudad de Tánger, dando así comienzo a su primer viaje, que duraría 6 años. El proyecto era conseguir información para la conquista de Marruecos para la corona española. Empieza hablando con el propio sultán marroquí Muley Soulaiman, con el que entabla muy buenas relaciones. A partir de ese momento se pone en contacto con las tribus rifeñas, siempre propensas a luchar contra el poder central. Estas conspiraciones permitieron conocer a Godoy el país en profundidad, pero acabaron levantando las sospechas del sultán, que invitó a Alí Bey a abandonar el país.

Empieza entonces su viaje más sorprendente. Pone rumbo a la Meca y camuflado como un peregrino más y tras recorrer cientos de kilómetros se convierte en uno de los pocos europeos que llegaron a besar la piedra santa del Islam, la Kaaba. Posteriormente viaja por El Cairo, Damasco, Estambul y Tierra Santa. El desinterés de Carlos IV por sus viajes le lleva a hablar con Napoleón, dominador entonces de Europa y España. De ideas afrancesadas, pensaba que el gobierno de José I Bonaparte ayudaría al desarrollo del país, por lo que se puso a su servicio. La derrota de los franceses llevó a Alí Bey al exilio, donde se convertirá en Mariscal de Campo del Borbón Luis XVIII en Paris, tras lo que partiría entonces en misión secreta hacia Constantinopla, el inicio de su último viaje.

La vida de Domingo Badía y Leblich está llena de misterio. Ignoramos buena parte de lo que ocurrió durante sus viajes, ni siquiera sabemos si acabó convirtiéndose al Islam. Murió bajo el nombre de Hajji Ali Abu Utman en Damasco, envenenado, según se dice, por espías británicos. Tras de sí dejó un valiosísimo legado de manuscritos y dibujos sobre sus viajes, recogidos por la editorial Libres de L´Índex en el libro Viatges d’Alí Bei. Sus escritos inspiraron a viajeros como Richard Francis Burton o científicos como Alexander von Humboldt. No hay duda de que este explorador, mezcla de espía y erudito, vivió una de las aventuras más impresionantes que cabría imaginar.

 

Manuel Iradier (1854-1911)

Puede que el nombre de Manuel Iradier no resuene tanto como el de David Livingstone o Henry Morton Stanley, pero su vida y aventuras se parecen mucho a la de estos dos famosos exploradores. Eran los días del desconocimiento de África, cuando aún quedaban grandes aventuras geográficas por delante. El descubrimiento de las fuentes del Nilo, la navegación de los principales ríos africanos o las expediciones al interior de África eran las grandes aventuras de la época, donde los intrépidos aventureros se jugaban su prestigio y su vida. La exploración del continente tenía como finalidad última la conquista y colonización de África por las grandes potencias, que competían entre sí por hacerse con la mayor porción del pastel a repartir.

Es en este contexto de descubrimiento geográfico y rivalidad entre potencias cuando Manuel Iriarte llega al mundo, el 6 de julio de 1854, en Vitoria. Desde pequeño demostró gran fascinación por el descubrimiento de África. Con 14 años impartió una conferencia en la que desgranaba los objetivos de la expedición africana que quería realizar. Tras conocer al gran explorador Henry Morton Stanley en el País Vasco, con tan solo 19 años y recién graduado en la carrera de filosofía, se embarcó, mujer y cuñada incluidas, en su primera expedición hacia tierras africanas. Su destino era el Golfo de Guinea, en cuyas costas España tenía posesiones e intereses importantes.

En su primer viaje que duró 830 días, Manuel Iriarte recorrió 1900 km., desde Aye hasta el rio Muni. En la Sierra de Cristal tuvo que emprender el viaje de vuelta, ante la deserción de su escolta indígena. Este primer viaje le permitió empezar a descubrir la geografía de Guinea Ecuatorial, descubriendo pueblos y culturas que permanecían ignoradas por los europeos, como los vengas, los bapukus o los pamues. Este primer viaje le costó la vida a su hija recién nacida, que murió de malaria en la isla de Fernando Poo.

Su segundo viaje comenzaría poco tiempo después, a finales de 1877. Esta expedición le permitió trazar varios mapas de la región, publicados por la recién creada Sociedad de Africanistas y Colonialistas. No nos debe sorprender que la Sociedad tuviese ese carácter colonialista, ya que para la época la conquista de esos territorios estaba bien vista. Para muchos era incluso una misión civilizatoria en esas salvajes tierras, un pensamiento resumido de forma brillante por Rudyard Kipling en La carga del hombre blanco.

Los descubrimientos geográficos tenían por objetivo descubrir territorios para que las potencias europeas se los anexionasen. La intención de Manuel Iradier era precisamente esa, descubrir un nuevo territorio para su conquista por España. A la vuelta de su tercer viaje, en 1885, el explorador vasco le entregó a la Sociedad de Africanistas y Colonialistas contratos de anexión y actas notariales firmadas con los jefes locales, que justificaban la conquista territorial de Guinea Ecuatorial por parte de España.

Sus constantes viajes minaron su salud, la de su familia y su matrimonio. Manuel Iradier muere el 19 de julio de 1911 en Segovia, mientras intentaba recuperar su delicada salud. Sus acciones permitieron la conquista colonial de Guinea Ecuatorial, pero pese a ello aportó un gran conocimiento de las culturas y costumbres de la zona a través de la publicación de libros que recogían las enseñanzas de sus viajes. Este aventurero vitoriano que desde pequeño quiso explorar la ignota tierra africana, cumplió su sueño, permitiendo que su nombre figure junto al de los otros grandes exploradores de África.

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