El karma suicida de la izquierda

Iglesias Errejón

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

Escribía Enric Juliana, analista y cronista político en el periódico La Vanguardia, una columna el pasado mes de enero en la que advertía de que “Podemos se enfrenta al karma suicida de la extrema izquierda. En febrero podría romperse”, refiriéndose a la segunda asamblea de Vistalegre en la que finalmente Pablo Iglesias acabó ganando tanto la secretaría general como los llamados documentos políticos, es decir, el proyecto político. Las consecuencias del enfrentamiento entre machos alfa (Pablo Iglesias e Íñigo Errejón) ya vimos después hacia dónde condujo.

Casi dos meses después, en Catalunya el espacio político conformado por los “comunes” (Barcelona en comú, Podem, ICV y Esquerra Unida) vive su propia crisis interna, consecuencia de la fractura interna en el partido morado cuya dirección ha decidido finalmente no formar parte de la creación del nuevo partido político que aspira a hegemonizar la política catalana. Digo dirección porque hay un choque de legitimidad entre la dirección de Podem y una parte de sus bases, ya que tanto los anticapitalistas (Revolta Global) como una candidatura crítica con la dirección de Podem sí que formará parte de la asamblea fundacional del 8 de abril.

Aquellos que decían que venían a transformar la política, a traer una nueva forma de hacer política, están cayendo en vicios tan antiguos como las propias facciones y divisiones de la izquierda, para quienes siempre es más importante lo que los divide que lo que los une. Al contrario que la derecha, que siempre antepone su cercanía con el poder económico y el mantenimiento de sus privilegios a las diferencias estratégicas, programáticas o ideológicas que pueda tener.

Se palpa el desánimo en la calle. La gente habla menos de política que antes. Se huele la desilusión que produjo no haber echado al Partido Popular del gobierno tras las dos elecciones celebradas a finales de 2015 y mediados de 2016.

Hace casi seis años ya que salimos a la calle y gritamos aquello de que no somos mercancía en manos de políticos y banqueros y que no-nos-representan. La primavera española trajo un soplo de aire fresco. La ilusión y certeza de que existe otro camino y que la cosa pública se puede gestionar de otra manera. Que es necesaria una democracia real. Jóvenes y no tan jóvenes, autónomos, paradas, pensionistas, estudiantes y licenciadas despertaron de su letargo aquel 15 de mayo que ilusionó a millones de personas. Gente que nunca se había interesado por la política empezó a hacerlo. Acabamos con el mito de que a los jóvenes no nos importa nada, que no estudiamos ni trabajamos y que, en fin, somos unos malcriados a los que nuestros padres nos lo han dado todo y no valoramos lo que tenemos porque no sabemos lo que es la miseria y el trabajo duro. Seis años después podemos decir que sabemos muy bien lo que es.

Seis años después podemos decir también que estamos mucho peor que antes. El rodillo absolutista del Partido Popular, partido imputado e investigado por su financiación ilegal, con cientos de casos de corrupción, ha terminado de rematar una democracia cuya salud tampoco estaba para echar cohetes antes de su llegada. La crisis (estafa) financiera de 2008 rompió el pacto social y se lo llevó todo por delante: recortes en educación y sanidad y gasto social; pensiones, dependencia, becas, tarifazo en las matrículas de la universidad, menor inversión en infraestructura, paro descomunal (superando el 50% en los jóvenes mayores de 25 años)…

Estamos peor que antes y lo que es peor: no hay perspectivas objetivas para pensar que las cosas vayan a cambiar para mejor. El PP sigue gobernando, con la inestimable ayuda de Ciudadanos y del PSOE, gracias al golpe interno a un secretario general elegido por la militancia, y que está todavía dirigido por una Gestora. Un PSOE que, por lo demás, tampoco nos engañemos, es el mismo partido que reformó la Constitución con nocturnidad y alevosía, previo pacto con el PP, para anteponer el pago de la deuda al blindaje de las conquistas sociales.

Los datos macroeconómicos dicen que estamos mejor, que el paro se ha reducido y que la economía crece. Pero si analizamos el tipo de empleo que se está creando veremos que es mayoritariamente precario, el 90% de los contratos son temporales y hay más desigualdad que nunca. Por lo menos desde que se inició la transición española.

Podemos y las confluencias decían -y dicen- que son un instrumento político al servicio de la gente, pero en los últimos meses han estado más preocupados por sus batallas internas y por el control del aparato orgánico del partido que por crear un proyecto político en torno al cual puedan sumarse el resto de las izquierdas. El clásico karma suicida de la izquierda del que hablaba Juliana está dinamitando la organización. Tendrán que reflexionar si quieren ya no sólo mantener la confianza de sus electores sino de ampliar su base para alcanzar una mayoría social que pueda hegemonizar la política española. Podemos es, en el fondo, demasiado humano. Equivocarse es humano, de sabios es rectificar. Tal vez no sea demasiado tarde.

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