10 libros para recibir la primavera

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

La primavera ya está aquí. Por lo menos, eso es lo que dicen El Corte Inglés y mis apetencias literarias. Ahora las terrazas empezarán a llenarse de hipsters leyendo a Murakami mientras esperan ávidos su próximo libro, De qué hablo cuando hablo de escribir, que publica Tusquets el próximo día 4. Mientras tanto, aquí está nuestra recomendación de libros frescos -clásicos y más recientes- para que leáis a la sombra de un árbol esperando que llegue la primavera de verdad.

Como agua para chocolate, de Laura Esquivel: incluida dentro del género de novela rosa, es quizá una de las que más se alejen del mismo. Cuenta la vida de Tita y su familia, cuyas tramas de amor y odio se entrelazan en un punto común: la cocina, no sólo en cuanto a la propia estancia se refiere sino también a las típicas recetas mexicanas, país en el que está ambientado. Desde mi punto de vista, es una novela fresca que hereda bastante bien los vestigios del realismo mágico para combinar lo mundano con lo sobrenatural y explicar lo mejor y lo peor del ser humano.

“Mi abuela tenía una teoría muy interesante; decía que todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos… necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos. Por un momento, nos deslumbra una emoción intensa. Una tibieza placentera crece dentro de nosotros, desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, hasta que llega una nueva explosión a revivirla. Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre al alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no averigua a tiempo qué cosa inicia esas explosiones, la caja de fósforos se humedece y ni uno solo de los fósforos se encenderá nunca.”

La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde: Una de las comedias más divertidas de la época victoriana, sin lugar a dudas, de esas que traspasan el tiempo y el espacio. Las confusiones y los juegos de palabras están más que servidos desde la lectura del mismo título de la obra, puesto que el término “earnest” (serio, en inglés) y el nombre propio Ernest tienen una pronunciación similar, muy acorde con el subtítulo que se le dio a la obra, “una comedia banal para gente muy seria”, reflejo de la sociedad inglesa de finales del XIX.

“Miss Prism: No hable despectivamente de las novelas de tres tomos, Cecilia. Yo misma escribí una cuando era joven.

Cecilia: ¿Lo dice de veras, Miss Prism? ¡Qué maravillosamente inteligente es usted! Espero que no tuviera un final feliz… No me gustan las novelas con final feliz. Me deprimen mucho.”

Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz: de las publicadas en los últimos años, esta novela de Marta Sanz es una de las que más me ha impresionado. El juego de los tiempos con la época del destape como nexo de unión entre el pasado y el presente que realiza Marta Sanz es prácticamente inmejorable. Saltos que reflejan la sociedad de hace cuatro décadas y de la que, sin que nos demos cuenta, todavía quedan vestigios. Una novela incluso necesaria para entender el papel de la mujer en la época de la Transición y que enseñar una teta en la portada de Interviú no era solo una forma de liberación de la mentalidad católica de la dictadura, sino una manera de reivindicar la libertad de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo.

“Hablo tres idiomas, aunque dos de ellos los hablo mal, y esa imperfección convierte mi acento en gracioso y atractivo. Sé conducir. Tengo un coche descapotable y un apartamento enmoquetado con un gran vestidor de paredes tapizadas en raso azul. Luz tenue. En una esquina del salón hay una barra de bar y unos taburetes. El alcohol no me afecta. Desprendo un aro- ma magnético que hace que los hombres se queden prendidos a mis curvas, pero también a mis ángulos. Ésa es la gracia. Hago películas. Mi cama tiene dosel. Guardo secretos. Me desnudo por exigencias del guión. Me encanta esquiar en los Alpes”.

Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez: es un reportaje novelado que en su día se publicó de forma folletinesca durante catorce días consecutivos en el diario El Espectador para, quince años después, quedar reunida en este pequeño libro donde García Márquez hace partícipe al lector del desasosiego de un hombre que cae al mar y logra sobrevivir durante diez días a la deriva, esperando a que los aviones de rescate lleguen a por él.

“Para sentirme menos solo me puse a mirar el cuadrante de mi reloj. Eran las siete menos diez. Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que empezara a amanecer.”

Un mar bajo el suelo, de Marcus Versus: apenas 80 páginas de poemas que, reconozco, me sorprendieron muy gratamente la primera vez que leí, después de haber escuchado a Marcus recitar al menos media docena de veces en las jam session de Madrid. Poco más que decir que que sigue la línea de la poesía contemporánea española, pero con un je ne sais quoi (quizá los disparos a bocajarro que no te esperas, quizá que ya has pasado antes por esos versos, pero rasgan de una forma distinta) que no acabo de saber qué es.

“Ayer soñé
que vivía en un mundo sin guerras,
ni personas que señalan con el dedo,
un mundo sin abusos, ni males, ni jaulas.

Ayer soñé
que este mundo era el mejor que podíamos tener,

y después de abrir los ojos
vi fuego en las calles”
 

La ataraxia del corazón, de Sara Bueno: a otro lado de la poesía contemporánea encontramos a Sara Bueno y su ataraxia del corazón, uno de los poemarios que más me ha sorprendido últimamente en cuanto a letras patrias se refiere. Sí, habla de lo mismo que todo el mundo. Sí, de una manera muy parecida a como lo hace todo el mundo. Pero de una forma que cala como no lo hace todo el mundo.
“El único monstruo que hay en esta habitación
es la soledad que me envuelve
cuando miro frente al espejo;
y puede que no quiera salvarme,
pero necesito un abrazo.

Necesito un maldito abrazo
y no sé si seguir mirando
o salir a correr calle abajo
en busca de cualquier tropiezo que me frene y que,
sobre todo,
se parezca a ti”.

 

Novecento, de Alessandro Baricco: se trata de un monólogo teatral, un cuento elaborado precisamente para contarlo en voz alta, como las antiguas epopeyas. Sus páginas recogen la historia de Danny Boodman T.D. Lemon Novecento que nace y se cría en el transatlántico Virginia, de donde no ha salido nunca y al que tiene miedo de renunciar. Para aplacar el mar, la música de un piano que conmueve a sus pasajeros. Giuseppe Tornatore adaptó esta novela corta o relato largo (así es como se refiere el propio Baricco a su obra) al cine bajo el título ‘El pianista del océano’.

“Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. […| Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo”.

Alas de mar y prosa, de Escandar Algeet: un poemario cortito, de poco más de 120 páginas, que no sé muy bien si se puede catalogar de poemario como tal. Mezcla de poesía, prosa poética e incluso el guión de un corto, se puede leer del tirón sin que resulte monótono.

“Hubo un día que al torcer el gesto te cayeron los billetes,
te dijeron date la vuelta, muévete, nena, vales mucho más que el resto,
te dijeron que hay un mundo de alfileres deseando picarte,
y los mosquitos de hielo empezaron a rondarte entre las piernas,
quedará mucho más, pero ya ni lo notas,
qué dará mucho más
si el tiempo es un vestido de cristal del que no puedes esconderte”

Papel mojado, de Juan José Millás: una novelita policiaca muy corta, también para leer del tirón, con un redactor de prensa rosa que no sabe muy bien su sitio en la vida que investiga la muerte -aparentemente un suicidio- de un viejo amigo. En realidad está catalogada como novela juvenil, pensada para niños de entre 9 y 12 años, pero vale perfectamente como una de esas lecturas ligeras para despejar la mente después de un día duro o de haberte chutado Guerra y paz.

“Acabé el café y me senté a reflexionar unos instantes. Aquello parecía un ataque de delírium tremens, pero al revés o al menos bastante disminuido. Se podría argumentar que en esa estación del año ya no quedan insectos visibles en ningún sitio, pero puedo refutar esa afirmación con un dato: el invierno pasado sufrí en este apartamento una invasión de cucarachas rubias, que observaban asimismo un comportamiento un tanto raro, al menos si tenemos en cuenta que la cantidad de sustancia gris que hay en el interior de esos animales sólo tiene de inteligente y de gris el color; lo demás es pura exageración dirigida a impresionar los temperamentos sensibles”.

Nada, de Carmen Laforet: vale, una novela sobre el vacío existencial de la clase burguesa tras la Guerra civil puede no ser una lectura muy ligera, pero la manera en que Carmen Laforet la escribió hace que te bebas las palabras hasta el coma etílico. Una prosa intimista a la vez que impresionista, fotográfica, que se acerca al realismo pero en un estilo renovado, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un libro publicado en 1944 y que Laforet sólo tenía 23 años por aquellos entonces. Además, es una de las novelas imprescindibles de la literatura española.

“Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.

El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida”.

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