El otoño del patriarcado

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Hoy voy a entrar a bocajarro. Twitter. Una imagen publicitaria de una marca de zapatillas de deporte idénticas, con la única diferencia del color. Azules para niños que viven, corren y juegan. Rosas para niñas que busquen ser estilosas en sus mini aventuras. Supongo que en las azules se nota menos la suciedad y, de cara a la limpieza, son más sufrías, que decía mi madre, que unas zapatillas de color más claro. Lo que no tengo tan claro es porqué un niño puede vivir jugar y correr y una niña tiene que ser estilosa en sus mini aventuras (supongo, también, que haciendo la compra en tiempo récord para poder hacer la comida y recoger a los niños del cole).

Qué sorpresa (en realidad, por desgracia, no) cuando una compañera denunciaba esta campaña publicitaria y un usuario de Twitter, rápidamente, le increpaba su crítica sobre este anuncio preguntando si vestiría a un niño con ropa de niña (ojo, que no al contrario). No aguanté más y me vi obligada a preguntar qué tendría eso de malo. Ante la pregunta, el susodicho contrataca con más preguntas. “¿Te echarías un novio con falda y rímel?”.

A las respuestas a esas “preguntas normales” que a mí se me antojan obvias (sí, puede que no haya preguntas estúpidas, pero sí estúpidos que preguntan sandeces) hay pocas vueltas más que darles. Que sí visto ropa de hombre es porque me apetece y me gusta la prenda en cuestión. Que estoy dispuesta a que mis futuros hijos tengan el derecho de decidir cómo vestir, cómo comportarse e incluso si se tercia, el nombre bajo el que quieran que se refiera a ellos mismos porque quiero que crezcan en libertad y en consonancia con lo que ellos mismos sienten que son. Como debería poder hacer todo el mundo.

Podríamos haber dejado esa pseudoconversación a la que ya le fallaba incluso la semántica y que no lleva a ningún sitio ahí. Olvidarla después de esos cinco minutos que suele durar un tweet en la red. Pero ahí es donde estaría el fallo. En dejar pasar las cosas, hacer como si no hubiesen pasado y aquí paz y después gloria.

Decía mi compañera que no sabía a ciencia cierta si vestiría a un hijo suyo con falda y le pondría nombre de mujer, pero que si no lo hacía sería para que no tuviese que aguantar comentarios de gente como él. Y es ahí cuando llegamos al asunto preocupante de verdad. El asunto de siempre: el miedo. El miedo que conduce a la represión y a la falta de libertad, a la autocensura, a ceñirnos a unos convencionalismos que ya, a estas alturas de la partida, más que no representarnos, resultan ridículos e incluso disparatados. Sabemos que probablemente nosotras no lleguemos a ver una sociedad libre de prejuicios, sana, democrática, donde no se te juzgue por cómo eres, ni por el sexo con el que naces.

Probablemente tampoco lo lleguen a ver nuestros hijos e hijas, a los que espero que, ya que no les vamos a dejar un mundo más justo y coherente, les dejemos la motivación para seguir luchando y la esperanza de que algún día podremos ver eso que ahora nos parece utopía. Espero que al menos les dejemos un otoño del patriarcado para que puedan convertirlo en invierno y que tengan la fuerza suficiente para no dejar que vuelva a crecer.

 

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