Presión sorpresa

Un buen día se te ocurre entrar en una facultad de Periodismo porque quieres ser periodista y te han dicho que, aunque no sabes dónde te metes, atravesar esa puerta es una de las claves para conseguirlo. La ilusión dura poco. Hasta la primera clase en que algún profesor benévolo te dice aquello de “mira, chaval, la objetividad no existe, que no te engañen”. Aún así todavía piensas que puedes hacer algo. Hasta que avanzas un poco más en ese camino y descubres el maravilloso mundo de la censura. “Esto no lo publicamos porque va en contra de nuestros anunciantes”. “Uy, con ese empresario no”. Y así.

Así hasta que alguien abre despacito una puerta. Chhsss. Chhsss. Te acercas. Solo hay una rendija de luz y un par de billetes de los gordos asomando por ella. Das otro paso y pisas algo. Anda, el Informe Anual de la Profesión de la Asociación de la Prensa. Te agachas, lo coges, lo manoseas. Le das la vuelta. “Como si no supiera ya lo que me van a contar”, suspiras. “Yo, autónomo de profesión obligado por la vocación”.

Resulta que casi el 75% de los periodistas cede a las presiones de poderes políticos económicos o la propiedad del medio. Tu yo de 18 años al que acaban de romper el futuro laboral te mira desde la lejanía con la cantinela del “te lo dije, pero tú sin querer estudiar Informática, idiota”.

“Las consecuencias de no ceder a esas presiones son: el despido (20,2% de los casos), el ser relegado en la asignación de trabajos (48,6%) y otras sin especificar (31,2%). Entre las razones que aducen mayoritariamente los periodistas contratados por un medio para ceder a las presiones se encuentran el miedo y las represalias: 52,9%, porcentaje que aumenta al 63,3% en el caso de los periodistas autónomos”. Sorpresa, ¡sorpresa!, que decía Isabel Gemio hace unos años en televisión. Quién se lo iba a esperar. Periodistas que trabajan bajo presión de despidos, casi en el mejor de los casos, si sacan a la luz algo que disguste a los poderes fácticos (y no fácticos, pero al final todo acaba siendo política en este mundo cada vez más falto de escrúpulos y de moral).

Chhsss. Chhsss. La luz de la rendija parpadea y coges los billetes, rápido. Pero la puerta se cierra. Y ahí estás tú, como un imbécil colgado de los billetes que sobresalen de la puerta. Si publicas eso que te ronda la cabeza, los billetes se escurren para el otro lado. Si no, caen del tuyo. “Y aquí estoy”, piensas, “viendo cómo puedo no pillarme los dedos sin que me pillen la pasta. Otra vez. Sorpresa”.

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