Poetas de Instagram

Por Miguel Ángel López  (@miguelopez93)

¿Qué es el arte? Esto es un asunto tan complejo como el hecho de gestarlo. Un éxtasis explosionado por la combustión interna del alma, podría responder el romántico. Un nicho de la inanidad vital donde morir plácidamente, diría, quizás, el existencialista. Un aislamiento cultural en el que se origina algo insólito, balbucearía, tal vez, el positivista. Macondo, zanjaría el realista. O la inspiración que me otorgas tú, mi musa, fanfarronearía el poeta de Instagram. Pero lejos de plantear un debate epistemológico sobre la concepción del arte, me inclino -esquivando el embrollo- por meterme con ciertos artistoides impostados, una tendencia más acorde con la vacuidad actual. ¡Al diablo con la metafísica! Si tampoco… ya no sirve ni para enseñarla… Que los librepensadores lidien con ese debate.

Qué factible resulta expeler fruslerías al acelerado imaginario de nuestros días: estrofas adornadas de rimas remotas, imperceptibles; letrillas camufladas en presuntuosos giros de voz; autorretratos embellecidos por el hechizo de Amaro o de Mayfair, a lo sumo, escoltados por un alentador eslogan únicamente capaz de estimular a una ingenua mente adocenada.

– ¡Los tiempos han cambiado, anticuado petulante! -se mofará, desde su beodo regocijo, el presuroso leyente, con su iluminada inconsciencia vilmente reflejada en la pantalla de cualquier aparato.

Lo peor de todo es que llevaría razón. Tanto que ni habrá usted reparado en que la lleva, rapaz leyente. Tanto, quizás, como para que aquellos intelectos de aparente instrucción, desechen este artículo al mínimo atisbo de legibilidad retrancada. Pero, espere, no sea impaciente, no vengo a venderle nada, si acaso, unas ilusorias aspiraciones bélicas contra el “arte” de consumo y vanagloria. Fíjese si ha cambiado la historia como para que usted esté en lo cierto y yo se lo reconozca, no sin una leve mueca de escarnio. Apiádese, pues, de este inútil y esperanzado predicador.

Obsoleto, senil, decrépito, caduco, moribundo, SI, mi táctil lector, pero aún valeroso para blandir, con mano viril, mi espada contra forjadores de sandeces populares. No generalizaré, tampoco concretaré, más con este alegato espero que señalen de súbito al mentecato. ¡Oh, tiempo fugaz! Cuántas palabras y figuras y formas y elementos dejaste en tu melodiosa estela de estos años para que se corrompieran por el camino en los burdeles de la jactancia y el engreimiento personal. Tiempo, fugaz tiempo: allá, vivaz, queda y penetrante estrofa; aquí, ligera, deslustrada e insípida mofa. Como si cuatro frases raídas, colocadas unas bajo otras pudiesen reemplazar la exactitud matemática de una lira. Artistoides de versos libres, ¡todos sueltos!, o más bien licenciosos, tratando disfrazar de poema si quiera un pareado soso. ¿Será una greguería? ¿Un retruécano? ¡No! Resulta que se llaman microcuentos. (Gómez de la Serna, son todo tuyos). Añoro la añoranza intrínseca de los poetas cuando ojeo esas frases fatales de laboratorio, relampagueantes, manoseadas hoscamente sin el detenimiento de un poeta malherido, melancólico y vehemente. ¡Ah!, a estos poetaretas parece no importarles nada. Tan alegres, con sus (¿fieles?) seguidores, sus redes: su imperioso triunfo, ¡tan felices! Pero la princesa está triste porque estos parlanchines solo dicen cosas banales. Le han robado la metáfora de su boca de fresa (la princesa está triste, la princesa está pálida), el epíteto de sus rosas fragantes o el de los claros diamantes, y la aliteración de una vaga ilusión. ¿Y la rima? ¿Encontraré la rima, Rimbaud? ¿Esa que tú ocultabas con armonía entre el lirismo de tus frígidas sílabas? De ser hallada, anhelaré, seguro, algo de musicalidad, al dar con ésta, me toparé, seguro, con un despilfarro vocal.

Escuchen si no a esos cantores de estremecida voz que cantan casi por sistema al amor, tratando de salvar con su garganta lo que han mutilado con su plumilla. Bien con timbres incansables, bien con tonos melodramáticos. Unos con sus miradas seduciendo al cámara, otros con poderosas regurgitaciones simuladoras de flamenco. El amor debe haberse quedado sordo; o bobalicón con tanta pleitesía emética, desparramada con la verborrea de un corazón robado, un cielo que tú, y solamente tú y tú puedes volver azul, o la intención de quedarse con una mujer de aquí al infinito. Ya. Infinitas -eso sí- y abrumadoras son todas estas declaraciones fútiles, harto irrealizables desde que tomara el vuelo la última golondrina de Bécquer.

Esmerado dramaturgo, desenvaina la toledana de los sueños y enseña a esos ganapanes cómo se logra aquí la fama eterna y universal. A esos conformistas, aduladores de likes que con total impunidad amanceban cualquier lisonja barata con tal de envanecer ante sus cegados harenes. ¡Oh! Valeroso caballero, acomete y ensarta con tu lanza en astillero a todo poetureta que prostituya la vocación en aras de su vanagloria. ¿Acaso no es suficiente afrenta la perversión de la lira, la holgazanería formal y el ninguneado ingenio? ¿A quién tratan de embelesar con esos piropos rutinarios impresos y enaltecidos como flores del bien? (Los tiempos han cambiado, ¡anticuado petulante!). Hasta no hace mucho se escribía, al menos, a expensas del poderoso caballero, no con el afán de regocijarse en una fingida bohemia. Y tú lo permites, presuroso leyente, deteniéndote ante ese afanoso texto efímero y austero, incubado premeditadamente para tus hambrientas pupilas digitales. L’amour, l’amour d’ aujourd’hui: tan breve como esas monóstrofes líneas ocupando páginas y libros y mentes blancas. L’amour, l’amour d’antan: y libó el vino sobre el pecho de una romana, cuyo lívido torso, incrédulo ante la fiereza del lascivo, lo hizo reptar hasta su humedad, donde fue absorbido por completo. [¡Di! ¿Quién hurtó el huerto / que hizo a la mujer entera? / ¡Di, tirano! ¿Y los labios / perdidos en la pradera? / ¿Y el amanecer resabio / del que a su balcón la espera?]. No sé qué es el arte, pero no es una profesión, ni una dedicación, tampoco inspiración. ¡Ni tan siquiera una vocación! Solo es desolador: el arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida, pinceló Van Gogh. Y en su nombre, y en el de otros desalentados que han gloriosamente ardido, les ruego que cuando se topen con alguna creación de dudosa singularidad se formulen la siguiente antítesis: ¿artista o impostor?

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