Neofascismo y posverdad

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

La revista mensual La Marea sacó en su último número del año 2016 una edición en la que advertía del peligro que supone el ascenso del neofascismo y cómo combatirlo, a través de una serie de entrevistas a diferentes líderes políticos de la izquierda, desde Eduardo Madina hasta David Fernàndez, pasando por Ada Colau o Alberto Garzón. Un número que cerraba un año golpeado por el terremoto político del “brexit” y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, que algunos periodistas han calificado como la era de la posverdad, cuando la verdad deja de ser importante o cuando, directamente, se hace pasar la mentira por verdadera.

Mientras tanto, Holanda acudirá a las urnas durante el mes de marzo, con la extrema derecha de la mano de Wilders tocando a la puerta; la primavera francesa se presenta mustia y a los galos se les quiere obligar a escoger entre la extrema derecha de Marine Le Pen y la derecha extrema de Los Republicanos de François Fillon. Duro panorama para una izquierda en la cual el Partido Socialista de Manuel Valls ha consumado su viraje ideológico hacia los postulados del socioliberalismo y en la que el Front de gauche de Jean-Luc Mélenchon no tiene fuerza suficiente para presentarse como alternativa de gobierno. Y en octubre, con la “gran coalición” entre liberal-conservadores y socialdemócratas “rota” (teatralizado en el Parlamento Europeo), Angela Merkel podría ganar las elecciones por cuarta vez. Allí, el populismo de derechas representado por Alternativa para Alemania disputa el espacio electoral del descontento político con Die Linke, el partido de la izquierda. Con un discurso muy crítico hacia la política de acogida de refugiados de Merkel, parece difícil que Alternativa para Alemania no vaya a ocupar escaños en el Bundestag, el Parlamento alemán.

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¿Y la izquierda?

Ni está, ni se la espera. En Europa hay unas pocas excepciones donde la izquierda tiene fuerza y en líneas generales el Viejo Continente ha virado ideológicamente hacia la derecha. Una de las grandes victorias del neoliberalismo económico ha sido convertirse en hegemónico pero sin definirse como tal, con la renuncia de la socialdemocracia a hacer política de izquierdas. Los máximos exponentes de ello fueron Tony Blair del Partido Laborista y Gerhard Schröder del Partido Socialdemócrata alemán, hechos a imagen y semejanza de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Jeremy Corbyn quiere cambiar las reglas dentro de los laboristas en el Reino Unido, lo cual está por ver.

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Jeremy Corbyn, nuevo líder del Partido Laborista, aspira a devolver la ilusión a los votantes progresistas. Fotografía: BBC

La hegemonía neoliberal no es el único problema al que se enfrenta la izquierda. El mundo ha cambiado mucho y las lógicas del siglo XX ya no funcionan hoy día. Las formas de organización han cambiado, la clase trabajadora mayoritaria no está afiliada a sindicatos, que están viviendo su particular terremoto interno también. En Francia todavía tienen fuerza y empuje (las movilizaciones de 2016 son un ejemplo de ello), pero son una excepción; muchos de ellos han renunciado a su papel de contrapeso, para formar parte del sistema clientelar. En España lo hemos visto con las tarjetas black y el saqueo de las cajas de ahorro. La debilidad de estos sindicatos los inhabilita a la hora de movilizar a la sociedad civil, presionar a los gobiernos para que deroguen reformas laborales que van en detrimento de los derechos sociales y laborales conquistados o para que las mujeres sean iguales a los hombres en derechos y obligaciones.

El desafío medioambiental es otra de las grandes cuestiones que plantea un mundo completamente distinto al de los siglos anteriores, cuyas lógicas ya no son válidas. La transición hacia un nuevo modelo energético no es patrimonio de la izquierda ni de la derecha (o no debería serlo), sino que es transversal, igual que lo es la lucha contra la corrupción, el fraude fiscal y la lucha por los derechos civiles (igualdad de las mujeres y de los colectivos LGTBI, igualdad racial). Estos cambios obligan a los Estados a definir políticas y estrategias distintas a las adoptadas durante el anterior siglo.

En un mundo completamente globalizado y que tiende progresivamente a una mayor convergencia, es necesario abordar los problemas globalmente. Hoy día un país por separado tiene muy pocas competencias y muchas limitaciones para generar un cambio profundo y sólido en nuestras sociedades modernas. Sin alianzas externas y sin cooperación entre diferentes países es muy difícil. La globalización tiene un precio y el precio a pagar es la pérdida de soberanía. Y si no, que le pregunten a los griegos. Una Europa diferente es posible pero para construirla necesitamos recuperar los elementos que generaron consenso entre las clases populares, trabajadoras y medias. Un Estado del bienestar sólido y fuerte, con una educación y una sanidad pública y de calidad, unos servicios sociales garantizados, paro por desempleo, salarios y condiciones de vida dignas y saludables, sistema de pensiones garantizado… De lo contrario, el neofascismo está llamando a la puerta y amenaza con venir para quedarse.

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