Gracias, Meryl

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El pasado viernes 13 de enero tomó posesión de su cargo Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos que nadie pensó que podía ganar las elecciones pero que, pese a su agresiva, polémica e insultante campaña, consiguió situarse por encima de Hilary Clinton. Algo antes de esto, el pasado día 9, Meryl Streep subía al escenario de los Globos de Oro a recoger su premio honorífico y pronunciando un discurso antiTrupm que ha acaparado los noticiarios y las columnas de opinión.

Según apunta Carlos Prieto -y otros tantos en distintos medios- en su columna para El Confidencial, lejos de lo que pueda parecer a esos ricos progres moderados, el discurso de Streep, más que perjudicar, beneficia a Trump. “He aquí un discurso indulgente, elitista y contraproducente a más no poder. Un hito de la impotencia política. Lo progre en modo autoparódico”, sentencia, a la vez que critica a Streep por acusar de “paletos” a los votantes de Trump que solo buscan ver fútbol y artes marciales por televisión.

Quizá no esté desencaminado apelar al clasicismo de Streep en el discurso. Un grito en defensa del deporte que, sin duda, también es una parte importante de la sociedad, y que también invita a seguir valores morales y que nos harían mejores personas: el sentimiento de pertenencia, el saber trabajar en equipo, el respeto hacia el rival… Pero el problema viene cuando no es así, que es en casi todas las ocasiones. ¿Cuántos titulares sobre peleas entre seguidores de Scorsese y Spielberg hay? ¿Entre los amantes de El Padrino y los detractores de sus secuelas? ¿Entre Casablanca o Con faldas y a lo loco? ¿Paul Newman o Robert Reford?

El problema es cuando se tergiversan los valores benéficos que el deporte puede aportar en pos de otro tipo de beneficio, más lucrativo, y que sólo atañe a unos pocos. Pero polémica clasista a parte, Meryl Streep recuerda en su discurso otro de los pilares más importantes de la sociedad: la prensa.

Una prensa callada al servicio de quien paga muy rara vez se pone al servicio de la verdad, que es al único líder ante el que debería responder. Una verdad a la que hemos dejado de lado como una patera en medio del Mediterráneo, a la que hemos deportado a ese sitio oscuro, lóbrego y frío del que nunca debería haber salido. Porque hay alguien muy interesado en que se la deje ahí, en el olvido.

La prensa, al igual que en cierto modo hace la actuación (en el caso concreto de Streep), y cualquier otro arte (que no las marciales), tiene como objetivo poner delante de los ojos del receptor una historia y contarla. Hacer que ese receptor empatice con los personajes de la historia, explicársela, darle las herramientas para que él pueda extraer de esa historia la verdad, para que pueda discernir entre la realidad y la ficción.

Se trata de mostrar el mundo al otro, a través de distintos soportes pero con una misma finalidad: incomodar al poder y tener la verdad por encima de todo. Ella lo ha conseguido en un discurso de poco más de seis minutos. Así que, gracias, Meryl.

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