La clonación terapéutica, ¿podría acabar con las enfermedades degenerativas?

Por Isabel Sandmeier Acosta*

El 5 de julio de 1996 tuvo lugar un gran hito para la historia de la ciencia. Nació el primer clon de un mamífero, la famosa oveja Dolly. Aunque el experimento fuera algo fraudulento (puesto que Dolly nació tras 277 intentos fallidos, además de morir prematuramente por eutanasia debido a las diversas complicaciones de salud que presentaba), este hecho abrió la puerta a la clonación y a todas las posibilidades que ello atañe. Se sucedieron varias clonaciones en especies animales, como fue la clonación de aquellas vacas que daban mayor cantidad de leche. Por supuesto, se barajaba la posibilidad de clonar humanos, pero las innumerables implicaciones éticas que conllevaba impedían que se llegase a un acuerdo respecto al tema.

El 11 de septiembre de 2001 ocurrió el mayor atentado terrorista de la historia de los Estados Unidos. Aprovechando el vacío legal que se formó en el Congreso y la conmoción a la que se vio sometida el país, la Advanced Cell Technology (ACT), llevó a cabo la primera clonación de embriones humanos con éxito. El por aquel entonces presidente de EEUU, George W. Bush, en contra de esta práctica, puso en vigor una ley que declaraba la clonación humana como delito federal. Este suceso abrió un gran debate a nivel mundial que a día de hoy sigue en pie.

Existen dos tipos de clonación: la clonación reproductiva y la clonación terapéutica. La clonación reproductiva implica una copia genéticamente idéntica de un ser humano con desarrollo completo; en cambio, la clonación terapéutica es una clonación de células o tejidos con fines médicos, como pudiera ser la cura de la diabetes, el Alzheimer, el Parkinson, el cáncer o cualquier dolencia que implique un fallo o una degeneración celular. La clonación terapéutica comprende un proceso muy similar al utilizado para clonar a la oveja Dolly hace 20 años. Simplemente se extrae ADN de cualquier célula del cuerpo y se introduce dentro de un óvulo sin núcleo, que crecerá y se dividirá. Una vez se tenga un embrión de unos 5 días, que tan solo es un conjunto de células madres, estas se podrán aprovechar para regenerar tejidos totalmente e incluso conseguir órganos enteros clonados. De esta forma no existe ningún rechazo por parte del paciente porque el organismo lo reconoce como propio.

Mediante el avance de esta ciencia se podrían obrar auténticos milagros, como conseguir que un tetrapléjico recupere la movilidad regenerando su médula ósea, o curar a personas con cáncer terminal de pulmón consiguiéndoles un pulmón nuevo. Podrían curarse absolutamente todas las enfermedades degenerativas, incluso la propia vejez.

No obstante, esta técnica médica vanguardista tiene un gran inconveniente de carácter ético, pues implica la destrucción del embrión clonado del cual se extraen las células madre, es decir, que se interrumpe el desarrollo de una nueva vida humana en potencia. A fecha de hoy, la clonación terapéutica es ilegal en la gran mayoría de países del mundo, como es el caso de España. El continente donde más extendida está la práctica es en Asia, donde es legal en países como China, Corea o Singapur. En Occidente, la Iglesia Católica ejerce un gran poder para evitar que se legalice, y tan solo está permitida en países con tradición protestante como Reino Unido. Por otra parte, existe una absoluta unanimidad en cuanto a la clonación reproductiva, que está prohibida en todo el mundo.

Personalmente considero que el mayor impedimento que posee la clonación terapéutica para su completa legalización son los prejuicios retrógrados que a día de hoy siguen ralentizando el desarrollo de la ciencia. Respeto completamente la prohibición de la clonación reproductiva, ya que considero que además de resultar bastante inútil hacer una copia de una persona, también supone un atentado contra los derechos humanos y la integridad moral. Por el contrario, pienso que un embrión de 5 días no es un ser humano, sino un conjunto de células únicamente visibles al microscopio con una capacidad regenerativa extraordinaria.

Creo que prohibir la clonación terapéutica es un delito contra aquellas personas que no tienen otra opción para poder seguir viviendo. Esto último que he dicho no debe ser óbice para afirmar con rotundidad que regularizarla es muy importante, porque si no se podría utilizar para conseguir la juventud eterna, lo cual implica jugar en contra de las propias leyes de la naturaleza. La vejez no es una enfermedad, es un proceso que rige el universo en el que vivimos en el cual todo es efímero. Evita la superpoblación y, más aún, da un sentido a nuestra existencia. Puesto que si en un futuro se crean seres humanos indestructibles a las enfermedades y a los años, ¿cuál sería la nueva concepción de la muerte? ¿qué sentido tendría vivir?

*Isabel Sandmeier es estudiante de Biología.

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