El enemigo español

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Maurice es francés, aunque casi no ha vivido en Francia. Nació en París hace más de medio siglo, pero cuando tenía unos tres años se fue con su familia a Argelia, a donde destinaron a su padre durante la invasión francesa y de donde tuvieron que irse tras la guerra de liberación de 1962.

Después de aquello, su familia y él pasó por varios países, entre ellos Kuwait o Camboya. Este último, asegura, que es uno de sus favoritos. O lo era. “No está nada masificado”, cuenta en un castellano casi perfecto donde deja entrever su acento extranjero. Maurice dice que la tranquilidad que da ese país es distinta a todas las demás. O al menos lo era. Después de Camboya volvió a París. “A estudiar. Pero no estudié”, dice antes de dejar caer una carcajada cómplice.

Pese a ello, durante algunos años fue fotógrafo y trabajó en para la Unión Europea. Algún tiempo después viajó al Caribe y allí conoció a la que sería su primera mujer, una chica de Albacete a la que le siguió el paso hasta las tierras manchegas. Con ella se asentó en aquella tierra que le pareció lo más maravilloso del mundo. Por lo remoto, lo escondido, la calma que había encontrado en Camboya.

Un tiempo después volvió a casarse. Esta vez un poco más al sur, aunque sin alejarse de Albacete, donde todavía vivía su hijo. En un paraje perdido de Jaén, en la Sierra del Segura, donde ha pasado los últimos dieciséis años, abrió una casa rural. Un caserío de un antiguo guarda forestal con dos salones, una cocina y nueve habitaciones rodeado de vegetación. En medio de la nada. De nuevo, la tranquilidad de Camboya a miles de kilómetros de distancia. Un paisaje que nada le tiene que envidiar a los Fiordos noruegos. Precisamente donde menos se espera. “Lo bueno de vivir aquí es que no tienes vecinos”, bromea mientras sirve comida que preparan él y su mujer con productos típicos de la tierra y que entretejen con recetas francesas, aludiendo a los orígenes de Maurice.

El vino corre a su cuenta mientras hablamos del pasado y el presente y evitamos el futuro. Habla sobre su época de fotógrafo. A veces todavía sigue practicándola. Después de comer se sube con los olivareros a la montaña para hacer fotos a la Sierra, al embalse del Tranco, al castillo de Hornos (hoy convertido en Cosmolarium). A los olivos que les dan de comer a todos.

Acabamos hablando, cómo no, del oficio de comunicar. De lo denostada que está la profesión. De que no sabe cómo dejamos que los de arriba (políticos, empresarios) nos digan cómo tenemos que hacer nuestro trabajo. Que qué sabrán ellos.

Se sorprende cuando le digo que en España no tenemos ningún colegio de periodistas y que las instituciones que se supone que nos tiene que amparar hacen oídos sordos a códigos deontológicos que tampoco están establecidos. Me mira muy fijo, con expresión de estupefacción. Tampoco se explica eso, claro. Un médico no puede ejercer sin estar colegiado. O un abogado. En cambio un periodista, sí. Bromeamos con aquel rumor que hace unos años trascendió sobre que la Asociación de Prensa manchega quería convalidar el título de Periodismo a aquellos que llevasen más de cinco años trabajando en un medio de comunicación y que eso pondría en la misma posición de un periodista a, por ejemplo, Belén Esteban.

La conversación cambia de tono cuando le digo que haré un reportaje para que la gente conozca las cosas de esa tierra que le ha adoptado. “No sé si quiero que la gente lo conozca”, dice, de nuevo risueño. “Evidentemente, para mí es bueno que venga gente, para mi negocio, pero no quiero que esto se masifique y empiece a desaparecer el pequeño paraíso que tenemos”, aclara.

-Esta es una zona muy desconocida. Tú dices Jaén fuera de aquí y la gente piensa en un secarral, en llanura, nada de vegetación. No piensas en montañas ni en pantanos ni en bosques – interpelo.

Maurice está de acuerdo. En eso y en que, por regla general, los que viven allí no aprecian lo que tienen. Que la Administración Pública tampoco se ocupa demasiado en que se aprecie ni dentro ni fuera de la Comunidad Autónoma, mucho menos a nivel internacional.

-En España pasa una cosa -le digo-, y es que no apreciamos lo que tenemos, sino todo lo contrario. Aborrecemos cuanto nos rodea.

El francés tuerce la boca en una mueca que es una sonrisa condescendiente. Lo sabe. Pasa con todo. Con el paisaje, con la literatura, con la música, con la comida. Entonces adopta una pose severa. Apoya un codo en la mesa y con la mano hace un gesto que denota que lo que va a decir es importante.

-El mayor enemigo del español es el mismo español – sentencia. Entonces soy yo la que hace la mueca justo antes de que Maurice vuelva a llenar las copas con vino. Español. De la tierra.

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