La victoria de Trump reconfigura la arquitectura política global

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Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

Después de la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los EEUU, ya nadie puede negar que el mundo está cambiando; que este mundo, se parece poco o nada a la realidad geopolítica de hace una década y que supone también el derrumbamiento del orden mundial establecido por las potencias vencedoras tras la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Un poco de perspectiva histórica

Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa se fue implementando progresivamente un sistema económico mixto, es decir, que dentro del marco de una economía capitalista, se entendía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir las desigualdades que el propio sistema capitalista genera. Se trataba de corregir el mercado, no de sustituirlo. Uno de los economistas que más aportó a configurar esta nueva forma de entender el sistema económico fue Keynes. Así nació lo que se entendía como el Estado del bienestar: un modelo que combinaba la economía de mercado con una serie de principios destinados a proteger el grueso de la sociedad: negociación colectiva (entendimiento entre empresas y trabajadores, a través de los sindicatos), educación y sanidad pública y universal, un sistema de seguridad social amplio y fuerte (vacaciones pagadas, cobro e indemnización por desempleo, pensiones de jubilación dignas…) con la consiguiente protección de los derechos laborales, protección del medioambiente, una política fiscal progresiva para financiar las políticas públicas: buenas infraestructuras, redes de transporte público, redistribución de la riqueza…

En definitiva, políticas destinadas a asegurar un Estado social y democrático de derecho, respetando los postulados del liberalismo clásico (propiedad privada, libertad individual y economía de mercado). Estas políticas aseguraban la reducción de la desigualdad y la consiguiente inclusión social, en un contexto de globalización económica. Con ellas nacieron las llamadas clases medias, sustento imprescindible de las democracias occidentales que trazaron el nuevo orden geopolítico en Estados Unidos y Europa. El programa del “New Deal” de Franklin D. Roosevelt, trigésimo segundo presidente de los EEUU, fue para los estadounidenses lo que el keynesianismo para los europeos y su programa económico estuvo orientado a luchar contra los trágicos efectos que tuvo el crack de 1929 durante el período de entreguerras. Este modelo económico y social gozó de un consenso ampliamente aceptado hasta la crisis económica de 1970.

Crisis del petróleo de 1973 y 1979: detonante de la hegemonía neoliberal

Pero en la década de 1970 todo empezó a cambiar. Primero con la crisis del petróleo de 1973 y después con la segunda crisis del petróleo, en 1979. Esta crisis económica rompió el consenso mayoritario en cuanto al modelo económico de socialdemocracia keynesiana (recesión económica, inflación, pérdida masiva de empleo, crisis fiscal del Estado, aumento de la deuda pública como consecuencia del mantenimiento del Estado del bienestar, etc). Este desastre económico trajo al mundo la nueva visión económica global, que se volvió hegemónica con el triunfo de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Thatcher en Inglaterra: el neoliberalismo.

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La socialdemocracia no ofreció ninguna alternativa y sus posiciones fueron virando hacia la derecha al aceptar las nuevas premisas económicas. Esta nueva arquitectura económica, trazada desde los laboratorios de la Escuela de Chicago, afirma que la competencia es el único eje que debe vertebrar las relaciones económicas y sociales. Afirma que “el mercado” se autorregula por sí solo, y que las intervenciones del Estado en la economía son indeseables, fuente de ineficacia y distorsión. Convierte a la economía en datos y cifras macroeconómicas y a las personas en números, cuyo valor se define por su capacidad de consumir. Tanto tienes, tanto vales. Todo lo que limite la competividad y el libre mercado es contrario a la libertad. Hay que bajar los impuestos, reducir controles y obstáculos a la libre circulación, reformas laborales que desprotejan a los trabajadores, privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Los sindicatos y la negociación colectiva entorpecen la capacidad de las empresas de crear empleo y la desigualdad es una virtud. Esta forma de entender la economía se convirtió en la doctrina universal incuestionable, cuyas consecuencias alcanzaron su cénit con la crisis financiera de 2008, tras la caída de Lehman Brothers. En España los efectos fueron todavía más devastadores, ya que se unieron a los que generó la burbuja inmobiliaria, alimentada tanto por el PSOE como por el PP, incluyendo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

La izquierda debe construir una alternativa de gobierno, fiable y global, adaptada a los retos del siglo XXI

El triunfo del neoliberalismo es también el fracaso, no solo de la socialdemocracia, sino también de aquellos que están a la izquierda de los socialdemócratas. Después de las políticas de libre mercado que llevaron al desastre en 1929, la izquierda tenía un plan (keynesianismo socialdemócrata, con el nacimiento del Estado del bienestar). Tras la crisis de 1970 la derecha también tuvo un plan: implantación progresiva del modelo neoliberal. Tras el desastre de Wall Street en 2008, la izquierda no solo no tiene ningún plan, sino que está desorientada y dividida.

Esa crisis ha sido la que ha llevado a las clases medias y populares a sufrir los efectos del neoliberalismo en su grado máximo. Las altas tasas de paro, el empobrecimiento generalizado, la privatización progresiva de los servicios públicos, las reformas laborales, el empeoramiento de las condiciones laborales han golpeado con especial violencia a las clases medias, pero sobre todo, a las clases populares. La renuncia de los partidos socialdemócratas a hacer políticas de izquierda ha abierto el paso a los populismos de derechas en unos casos y a los partidos fascistas en otros.

Así tenemos gobernando en Hungría a partidos como Fidesz, que aunque forman parte del Partido Popular Europeo, han virado hacia el populismo de derechas, recogiendo parte del discurso de Jobbik, un partido abiertamente fascista. Estos dos partidos están en contra de aceptar las cuotas para acoger a refugiados que huyen de las guerras en Oriente Medio y hace poco celebraron un referéndum para consultar a los ciudadanos sobre esta cuestión. En el Reino Unido, el Partido por la Independencia del Reino Unido con Nigel Farage a la cabeza, ha liderado el movimiento a favor del Brexit. UKIP se engloba dentro de la derecha populista y ha tenido un discurso muy contrario a la inmigración. En Austria el FPÖ, Partido de la Libertad, de corte populista de derechas y también contrario a la inmigración, empuja con mucha fuerza y se disputa alcanzar gobierno con la izquierda ecologista. De Grecia mejor ni hablar. En 2015 Syriza, un partido de izquierdas ganó las elecciones, pero tras amenazas y rescates varios, Tsipras ha acabado claudicando a los designios de Bruselas. El país está económicamente destrozado, sin soberanía ninguna, sin rumbo y sin esperanza. El conflicto ha aumentado ahora desde que llegaran cientos de miles de refugiados a las costas de Lesbos. Tienen el apoyo y la solidaridad de una parte mayoritaria de la población, pero también sufren el acoso y la violencia de los fascistas de Amanecer Dorado, tercera fuerza política del país heleno. En Noruega, un partido populista de derechas forma parte del gobierno. En Dinamarca, el Partido Popular Danés, de la misma cuerda que sus compatriotas noruegos, es un pilar fundamental para sostener al gobierno. En Finlandia, más de lo mismo, con el partido de los Verdaderos Finlandeses. En Polonia, un partido profundamente conservador y con tibios tintes de populismo de derechas gobierna con mayoría absoluta.

Por si fuera poco, el año que viene hay elecciones en Francia, Alemania y Holanda. Marine Le Pen, derecha populista francesa y sus homólogos alemanes (Alternativa para Alemania de Frauke Petry) y holandeses (Partido para la Libertad, de Geert Wilders) ya se frotan las manos. Todos ellos, populistas o abiertamente fascistas, han felicitado a Donald Trump por su victoria en las presidenciales de los EEUU. España y Portugal son una excepción en todo el continente europeo. En España, el movimiento 15M y la posterior irrupción de Podemos y sus confluencias hacen muy difícil que en España aparezca un partido de estas características.

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¿Qué está pasando?

Pues lo que está pasando, a mi juicio, es lo mismo que ocurrió en la Europa del período de entreguerras pero adaptado a las particularidades y al contexto del siglo XXI. Cuando atacas a las clases medias y populares, cuando las destrozas mediante crisis económicas, reformas laborales, empobrecimiento generalizado, la sociedad pasa a polarizarse. Exactamente así fue cómo nació el fascismo en Europa y cómo triunfó en Italia, Alemania, Portugal, Grecia y más tarde en España, eso sí, previo paso a un golpe de Estado fallido que condujo a una Guerra Civil. Las consecuencias son por todos conocidas.

2016 reconfigura la arquitectura política mundial

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Nigel Farage, líder del UKIP, encabezó el liderazgo del Brexit. Fotografía: Daily Express

2016 será conocido como el año en que cambió la arquitectura política mundial, cuyos últimos puntos de inflexión se produjeron en 1980, con las victorias de Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thatcher en Inglaterra y en 1989, con la caída del Muro de Berlín y el proceso de disolución de la Unión Soviética, dando por finalizada la Guerra Fría. Este año, 2016, será recordado como el año en que por primera vez desde que se decidió emprender el proyecto de la Unión Europea, uno de sus países miembro ha decidido, de una forma radicalmente democrática (mediante referéndum), dejar de formar parte de ella. Mientras que en junio fue el Reino Unido el que decidió votar a favor del Brexit, en noviembre fue el pueblo estadounidense el que decidió votar a favor de Donald Trump y en contra de Hillary Clinton, la candidata de Wall Street y favorita de la Unión Europea.

Clasismo y superioridad moral para explicar la victoria de Trump

Creo que no exagero si digo que nunca había visto un desconcierto entre la población tan grande como el que supuso la victoria de Donald Trump en EEUU. Lógico, por otra parte. Siendo la opción de Trump muy opuesta a la que habría sido de mi gusto (mi candidato, seguramente el único que podía vencer a Trump, era Bernie Sanders, quien perdió las primarias contra Hillary Clinton), hay razones que explican su victoria. Y me ha entristecido ver cómo de nuevo la superioridad moral, el desprecio y el paternalismo, han dominado la mayor parte de los análisis. Así argumenta, por ejemplo, John Carlin, un periodista que escribe en el periódico El País.

Los analfabetos políticos que votaron a Trump han caído en lo que la historia juzgará como un acto de criminal irresponsabilidad hacia su propio país y, aunque pocos de ellos lo entenderán, hacia el mundo entero. Que una nación tan próspera con una democracia tan antigua haya cometido semejante disparate pone en cuestión como nunca la noción sagrada en Occidente de que la democracia representativa es el modelo de gobierno a seguir para la humanidad.

Con la victoria de Trump nos encontramos de repente sin brújula en tierra desconocida. El electorado estadounidense ha preferido un narcisista ignorante, vulgar, racista y descontrolado como presidente a una mujer seria, inteligente y capaz como Clinton. Ha puesto a un loco a cargo del manicomio: lo cual daría risa si uno no se parara a pensar que el manicomio en cuestión es la potencia nuclear número uno del mundo.

Porque en Europa “nunca” se nos ocurriría votar a un personaje como Donald Trump, a pesar de que en nuestro continente crecen como setas fascistas y filofascistas de la misma calaña. Porque en Europa el racismo no se ha institucionalizado y por eso la Unión Europea y sus países miembro están acogiendo a quienes huyen de la guerra y del terror, como hicieron nuestros bisabuelos y bisabuelas, hace ya más de 75 años. Por eso no somos ni capaces de dar entrada a personas que no representan ni un 1% del total de la población, dato que desmonta el argumento de que “vienen millones de indocumentados a invadir Europa”. No. Nosotros no somos como los que votan a Trump. Tampoco somos machistas, pero cada 8 horas una mujer es violada en España. No somos machistas, pero las feministas exageran, y sus reivindicaciones son tonterías y exageraciones sin importancia. O tal vez sí tengamos tics racistas y machistas de vez en cuando, pero insuficientes para ponernos al mismo nivel que los granjeros de la América profunda que creemos que han votado a Donald Trump.

Algunas razones de por qué gana Donald Trump

Ignacio Ramonet, el director de la versión española de Le Monde Diplomatiqué, una revista mensual de análisis internacional, lleva muchos números hablando de propuestas de Trump que estaban calado en un sector importante de la población estadounidense.

Aparte de toda la verborrea racista y misógina, Trump ha sabido identificar las preocupaciones de una clase trabajadora que no se ha recuperado del desastre del 2008 y que sigue sufriendo las consecuencias de una globalización económica de la que se sienten perdedores.

En EEUU ha crecido el rechazo hacia tratados de libre comercio que Trump prometió derogar (como el NAFTA o el TTP) o paralizar (caso del TTIP con la Unión Europea) y que Hillary Clinton apoyaba. Bernie Sanders, la cara más progresista del Partido Demócrata, podría haber robado votos a Trump en este sentido. Además, también prometió no tocar las leyes más progresistas que desarrolló Barack Obama: la Social Security (jubilación) y el Medicare (seguro sanitario), oponiéndose de este modo a los recortes neoliberales en esta materia.

Otra de sus propuestas estrella en oposición a Hillary Clinton, ha sido la de aumentar los impuestos a los fondos de inversión y corredores de bolsa (en inglés, hedge funds), que ganan millones de dólares dedicándose a la especulación financiera. También ha propuesto restablecer la Ley Glass-Steagall, aprobada por primera vez cuatro años después del crack de 1929, con el objetivo de separar la banca tradicional de la banca de inversiones, y así evitar que la banca tradicional pudiera llevar a cabo operaciones de alto riesgo, cuyos hipotéticos beneficios nunca recaen en la clase trabajadora. Obviamente, la “casta” de Washington jamás le perdonó que propusiera medidas de este tipo, ni tampoco su discurso netamente opuesto a las élites económicas. Todo el sector financiero se opone, naturalmente, a estas propuestas. No así Hillary Clinton, una candidata muy impopular, envuelta en escándalos de corrupción, que ha desmovilizado en una pequeña parte el voto de los demócratas.

Pero la victoria de Trump se produce en el denominado “rust belt” (“cinturón del óxido”), en el noreste del país. En efecto, Trump sabía que el efecto de desindustrializar esa zona había llevado consigo la destrucción de casi cinco millones de puestos de trabajo del sector industrial en los últimos quince años. Por eso estados como Míchigan, Pennsylvania, Wisconsin, Ohio o Indiana, la mayoría de ellos tradicionalmente demócratas y dónde Obama había ganado, eran clave para que la balanza se decantara hacia un lado u otro. El relato de Trump a favor de reindustrializar el “rust belt” y en contra de la globalización económica, que a través de la deslocalización había desmantelado la industria pesada estadounidense con los gobiernos de Obama, resultó definitivo. Se dirigió durante horas a los millones de trabajadores que fueron perjudicados por este proceso, les prometió la reindustrialización de la región y los convenció. Tanto es así que la mayoría de los estados decadentes del norte cayeron en manos de Trump.

En EEUU el sistema presidencial es de elección indirecta por estados. Es decir, que puedes tener más votos que tu adversario pero perder las elecciones, que es exactamente lo que ha pasado con Hillary y Trump. Se cree que ha sido fundamentalmente un voto de los hombres blancos de las zonas rurales, que han visto cómo EEUU ha cambiado a una velocidad que ellos no están dispuestos a aceptar y que anhelan la vuelta de la América de los años 60 y 70. Da igual que el votante de Trump tenga, teóricamente, una mejor posición económica que el de Clinton. En su manera de entender las cosas, ellos son los que han salido perdiendo con todo este proceso de transformación. EEUU no es un caso único, ya que pasó algo similar con el Brexit.

No se convence a las clases medias y populares respondiendo con clasismo, superioridad moral y desprecio. El clasismo, sea de izquierdas o de derechas, es repugnante y va en contra de los valores de igualdad que supuestamente pregona la izquierda. La izquierda, tanto los socialdemócratas como los que están más a la izquierda, son muy responsables de lo que está pasando. Mientras que la izquierda se pierde en sus debates internos, en sus estrategias políticas, en sus divisiones, políticos como Marine Le Pen, Nigel Farage o Donald Trump, con un lenguaje fácil y directo, conectan con la clase trabajadora de una forma que la izquierda no es capaz de hacer. Después del desastre de 1929 la izquierda tenía un plan, mientras que después de 2008 no tuvo, ni tiene, ninguno. En un contexto de cada vez mayor distancia entre las élites políticas y económicas y las clases trabajadoras, el centro político es cada vez menor, mientras que los extremos por la derecha y por la izquierda aumentan. Sin embargo, a la vista está, que el discurso de la izquierda no conecta con la clase trabajadora, con la excepción de los países del sur de Europa: España, Portugal, Italia y Grecia. Y es la izquierda y solo la izquierda, la responsable de esta situación. Si estas élites “intelectuales” de la izquierda tan listas e inteligentes se creen que son, permitiéndose el lujo de despreciar a los votantes de los partidos de la derecha populista, cuando no del fascismo, no sé a qué esperan para construir una alternativa política, de izquierdas y global, fiable y capaz de hegemonizar un proyecto político para la Europa del siglo XXI.

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2 comentarios en “La victoria de Trump reconfigura la arquitectura política global

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