Arthur Rimbaud, el poeta vidente entre los malditos

rimbaud

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

“Rimbaud tenía algo que decir a los poetas de hace cuarenta años. Y también tiene algo que decir a los de hoy. Aunque quizás no sea lo mismo”. Con estas palabras se refiere Gabriel Celaya al que, en mi opinión, es el máximo exponente de los poetas malditos. Se trata de una edición de 1969 de Una temporada en el infierno (Colección Visor). Unas palabras que, sin embargo, siguen vigentes 47 años después.

Continuando con las palabras de Celaya, “tenemos al Rimbaud de los surrealistas, poeta sin literatura, vidente […], mago y ocultista […], rebelde y anarquizante […], místico en estado salvaje […]. Y al Rimbaud, amigo de Verlaine, bohemio, sucio, borracho y homosexual. Y al colegial, Primero de Clase. Tenemos junto al Rimbaud apasionado por la Literatura, para el que no había más Dios verdadero que Baudelaire, al hombre que desde Abisinia escupe los peores sarcasmos sobre la poesía”.

“Mortel, ange et démon, autant dire Rimbaud”, escribiría Paul Verlaine sobre él, a lo que Celaya concluye que “ni ángel, ni demonio, fue sencillamente un hombre, con toda la grandeza y toda la miseria que comporta serlo”. Y es que en Rimbaud cristalizan los ideales del Decadentismo, tanto los vitales como los literarios, con escritos que transportan directamente hasta ese sentimiento del spleen, hasta la forma de vida bohemia, la provocación como bandera. Citándole directamente a él, “la desgracia fue mi Dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura”.

Rimbaud usa en sus composiciones un tono simbolista, profundamente influido por Baudelaire (a quien considera el único Dios) en el interés por el ocultismo, la religión y la exploración del subconsciente individual. Pese a su tormentosa relación, Verlaine lo calificó como un verdadero poeta, un vidente, tal como debía ser para los decadentes.

La vida del joven Rimbaud está llena de idas y venidas: se fuga de su casa en múltiples ocasiones e incluso llega a estar en la cárcel por viajar sin documentos válidos, se enrola en la Comuna, viaja a Inglaterra y Alemania, trabaja como intérprete de circo, en un negocio de café, de contable, explora África… Una vida que bien podría ser una de esas novelas de viajes al más puro estilo de la Generación Beat que, consciente o inconscientemente, toma de la literatura de los poetas malditos algunos de sus rasgos más característicos.

El poeta vidente, el poeta loco, el poeta que pasó una temporada en el infierno después y sentó a la Belleza en sus rodillas para mirarla a la cara amarga y se enfrentó a la justicia.

Conseguí desvanecer en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda dicha, para estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz.
Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles.”

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