Indigencia moral

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Antiguo campo de refugiados de Idomeni, desmantelado por las autoridades griegas. Fotografía: RTVE

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

No sabemos mucho sobre periodismo, pero cuando nacimos -hace ya casi un año- lo hicimos con un enfoque muy claro: dar voz a los que no la tienen y cuestionar y vigilar al poder. Con ese espíritu combativo nació La Línea de Fuego, una visión que no debemos perder de vista nunca.

Esta misma semana, más de 9000 personas han sido rescatadas en el Mediterráneo y casi 50 murieron ahogadas. Cada uno tiene una vida distinta, un dolor diferente y unas razones respetables para abandonar su hogar en busca de un futuro mejor. No todos huyen de la guerra, pero todos escapan de la pobreza y del terror. Mientras existan desigualdades tan grandes en el terreno económico y social, mientras la industria armamentística fomente guerras, financiada por los grandes bancos; mientras votemos a gobernantes que a través de diferentes organizaciones internacionales nos lleven a ellas, habrá y seguirá habiendo migraciones.

60.000 personas refugiadas continúan sin refugio, atrapadas en los campos de la vergüenza en Grecia. Los migrantes que llegan tanto a Italia como a las islas griegas, deberían ser reubicados a diferentes países de la Unión Europea, pero la inacción, la subcontrata de terceros países para la ubicación de solicitantes de asilo (el acuerdo de la UE con Turquía) y la falta de voluntad política para cumplir con los acuerdos firmados (con el derecho internacional y con la Convención de los Derechos Humanos), lo está impidiendo. Pero no hay fronteras, ni vallas, ni desiertos, ni mares y ni tan siquiera olas de racismo que puedan impedir los flujos migratorios y la desesperación de quien huye de situaciones inimaginables para salvar su vida.

En Grecia, hay dos tipos de campos. Los campos en las islas, que funcionan a modo de CIE en España (Centro de Internamiento de Extranjeros, una especie de cárcel para extranjeros), aunque no se reconocen como tal, son centros de deportación desde las islas (especialmente desde Lesbos) hacia Turquía. Luego están los campos abiertos, que no tienen un régimen cerrado pero cuyas condiciones son muy malas. Viven en tiendas de lona y sufren las consecuencias del frío en invierno y del calor en verano.

A pesar de que el neofascismo capitalizado por Amanecer Dorado ha intentado hegemonizar el discurso racista en Grecia, gran parte de la ciudadanía griega se ha solidarizado con los refugiados. Les protegen, defienden el derecho de los niños migrantes a ser escolarizados (algo que Amanecer Dorado trató de impedir) y se autoorganizan, a espaldas de las instituciones, para dar respuesta a los problemas, no solo de los refugiados, sino también del pueblo griego. Un pueblo sangrado por una deuda ilegítima y un saqueo financiero que ha lastrado su Estado del bienestar, así como sus servicios públicos. El odio del pobre hacia el que lo es todavía más es el instrumento de las élites para desviar la atención de los verdaderos responsables (la oligarquía financiera) y que es aprovechado por el fascismo y el neofascismo, en Grecia representado por Amanecer Dorado.

Pero no solamente sufren aquellas personas que huyen de las guerras en Siria y sus alrededores, principalmente, de Oriente Medio. También sufren aquellos que llevan décadas y décadas siendo colonizados por otros territorios. Es el caso de los saharauis, cuyo pueblo está colonizado por Marruecos, y que sigue luchando por su independencia. Los españoles, que no el Gobierno español, son especialmente sensibles a ello y les han ofrecido ayuda y protección. Tampoco hay que olvidar a los palestinos, otro de los pueblos que lleva décadas sufriendo el racismo, la intolerancia y la vulneración sistemática de los Derechos Humanos por parte del Estado de Israel. Así como tantos otros. También merecen que les demos voz.

Mientras tanto, en España el Ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, conocido por utilizar los resortes del Estado de acuerdo a sus intereses para perjudicar a rivales políticos, llama “indigentes culturales” a quienes no celebran la fiesta nacional por la que no se sienten representados. Del mismo modo que insulta y desprecia a los catalanes que legítimamente sienten que Catalunya es una nación y un estado independiente, insulta y desprecia a los españoles que legítimamente no se sienten representados por el Día de la Hispanidad. Tal vez el día en que la fiesta nacional sea celebrada como un acto en el que todos y todas tengan cabida (la unión de España con los pueblos indígenas y de América Latina), esta fiesta sea celebrada de otra manera y no vista como un acto de caspa y nacionalismo exacerbado a modo de despliegue militar, que cuesta a las arcas del Estado la mamandurria de 800.000 euros. Lo de Fernández Díaz no es indigencia cultural, es indigencia moral.

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Un comentario en “Indigencia moral

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