Guerra interna en el PSOE para definir su nuevo papel como fuerza política

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Sánchez señaló a González entre el bando de los “abstencionistas”. Fotografía: EFE

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

No se habla de otra cosa que de la vida interna del PSOE, probablemente el partido más importante de la democracia española desde el final del franquismo en 1975. Pero la crisis de los socialistas no viene de ahora ni es un problema exclusivo de Pedro Sánchez. Las elecciones del pasado 20 de diciembre abrieron una nueva etapa política en nuestra historia. De sus resultados, la válvula de escape que ha disparado la tensión acumulada en las filas socialistas, que se enmarcan dentro de la crisis de la socialdemocracia europea y que vienen a confirmar los malos resultados cosechados en cada una de las nuevas convocatorias electorales, tanto autonómicas como generales.

Desde los 202 escaños que consiguió Felipe González en 1982, a los 85 de Pedro Sánchez en 2016. Desde esa holgada victoria de González, el partido no ha dejado de perder votos, con la excepción de la aparente remontada de Rodríguez Zapatero en 2004. Unas elecciones que, por cierto, tenían perdidas. Si consiguieron darle la vuelta a la tortilla in extremis no fue por otra cosa sino por la mala gestión que hizo el Partido Popular de los atentados del 11-M, que movilizó a los votantes de izquierdas. Como bien apunta Albert Garrido, durante muchos años periodista en El Periódico y profesor en la Universidad Pompeu Fabra, la crisis actual, consecuencia de esa pérdida de relevancia en la vida política del país, responde a una crisis de identidad. Es esa renuncia a la identidad y a los valores históricos del PSOE el motivo principal del descalabro. Si Felipe González renunció al marxismo para más tarde entrar en la OTAN (oponiéndose en un principio), lo que se discute ahora, en el fondo, es si el PSOE quiere recuperar o no, esos valores de izquierdas por los que históricamente se ha caracterizado. El eslogan de entonces “OTAN, de entrada NO” recuerda mucho al actual “No a Rajoy”, eslogan de Sánchez durante los últimos meses. Sánchez, a diferencia de González, se ha mantenido firme en su postura. Es una lucha de egos y de poder; de quién debe liderar y con qué línea el porvenir del PSOE y, tal vez, de propia supervivencia basada exclusivamente en los intereses personales de las diferentes facciones. Era un secreto a voces que en el PSOE iba a haber problemas. El problema de elegir entre dejar gobernar al Partido Popular o buscar un pacto con Unidos Podemos y los independentistas.

Pedro Sánchez ha vacilado con formar un gobierno “transversal”, de amplia base parlamentaria, con Unidos Podemos y Ciudadanos. A sabiendas de que Ciudadanos no quiere saber nada de ese pacto y con la cuestión catalana como síntoma indiscutible de la crisis en la que se encuentra el Estado (cuyo cénit se alcanza con los resultados de las elecciones del 20D), Sánchez dice que va a hablar con todos los partidos políticos, incluyendo a los partidos independentistas. Miquel Iceta y Francina Armengol, líderes territoriales en Catalunya y Baleares, apoyan la propuesta de su secretario general, lo que conduce irremediablemente al cisma actual.

El cerebro de la operación “cargarse al soldado Sánchez” no es otro que Felipe González, quien apareció en los micrófonos de la Cadena Ser para decir que se sentía “traicionado” por su secretario general, porque éste le habría dicho, tras las elecciones del 26J, que el PSOE se iba a abstener en segunda votación a una investidura de Mariano Rajoy. El brazo ejecutor de la operación es Susana Díaz, la baronesa andaluza, representante del ala más conservadora de los socialistas. Después de las declaraciones en La Ser y tras cientos de editoriales de periódicos de toda índole pidiendo su cabeza, se desató el terremoto en Ferraz, que culminó con 17 dimisiones de la cúpula del Comité Federal. A partir de aquí, un rídiculo de proporciones mayúsculas y consecuencias impredecibles, que todavía no ha terminado en el momento en que escribimos estas líneas. Pero ya lo dijo el exministro socialista Josep Borrell, precisamente, en la Cadena Ser: “Que yo sepa el Grupo Prisa no puede cesar al secretario general del PSOE“.

En esa misma entrevista, Josep Borrell apunta otra de las claves imprescindibles para entender lo que está pasando. El ala más conservadora del PSOE, representante de los intereses financieros, dice que no se puede no hablar con Rajoy, porque tiene 7 millones de votantes, a los que hay que respetar. Borrell utiliza ese mismo argumento para decir, que si unos defienden aquello, es igualmente legítimo defender que hay que hablar también con Podemos, porque tiene más de 5 millones de votantes y entre otras cosas porque “muchos de nuestros hijos están ahí”. Tal vez deberían preguntarse por qué buena parte de la sangría de votos perdidos por los socialistas han ido a parar a Podemos y a sus confluencias.

Es una lucha entre el establishment socialista, unas élites socialistas cada vez más alejadas de las bases y de sus votantes, y un sector del PSOE que quiere recuperar el ideario socialdemócrata y que comprende que, dado el nuevo mapa político que hay en España, la relevancia del PSOE de aquí en adelante dependerá en tanto en cuanto sean capaces de entenderse con Podemos, y con las fuerzas políticas que están a su izquierda y no haciendo fuegos de artificio con pactos imposibles con Ciudadanos, ni mucho menos permitiendo gobernar a un partido impugnado por la financiación ilegal y la destrucción de ordenadores.

La crisis interna del PSOE es un drama para la izquierda. El bloqueo político, consecuencia de esas tensiones y de la indefinición de los socialistas a la hora de tejer pactos con quienes son sus aliados potenciales. Es cierto que la rebelión de Pedro Sánchez puede deberse en parte a motivos de supervivencia personal. Es cierto que podría haberse rebelado antes, en lugar de pactar con Ciudadanos, cuando el Comité Federal le prohibió pactar con Podemos y los independentistas, pero esta puñalada por la espalda a golpe de dimisiones al primer secretario general del PSOE elegido directamente por sus militantes es indefendible y desproporcionado. Los líderes políticos deben ser elegidos por la militancia mediante procedimientos democráticos y no a base de golpes internos.

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