Mujeres que no viajan solas, compartir habitación en India

Por Sara Lee Wolfe (@saaraaleee)

“Compartir con mujeres de tu misma generación y distinto esquema social es algo que te alimenta las ganas de seguir cruzando charcos como quien cruza a la acera de enfrente, y es que sonreír, sonreímos todas en el mismo idioma.”

Hace años que escribiste estas palabras. Estabas en tierras desconocidas que pronto se convertirían en territorio conquistado y compartías una habitación con otras tres españolas, una alemana medio canaria, una serbia y una marroquí. Estabais en Rabat y dormíais todas en el suelo, con la llamada a la oración de madrugada como banda sonora de vuestras noches entre cucarachas y sonrisas, y dormías tranquila.

Te acompañaba una tranquilidad que ya habías sentido antes y que has vuelto a sentir este verano, de nuevo entre cucarachas y demás insectos de esos que ya no te molestan tanto como tu yo adolescente se imaginaba,  aunque esta vez estás en la India.

Son las once de la noche de principios de agosto y no puedes dormir. Esta vez te acompaña el sonido de los Monzones de fondo y lo que esperas que no sea un mono que intenta entrar en tu habitación.

Viajas sola, o contigo misma como te gusta decir, pero no estás sola y lo más importante y que muchos que no han estado en tus zapatos no entienden: no te sientes sola. Compartes habitación con otras cinco mujeres que acabas de conocer, pero con las que tienes mucho más en común de lo que puede parecer sobre el papel.

Dormís en literas. Tú y tus comederos de cabeza estáis instalados en la cama más cercana a la puerta y habéis decido acaparar la parte superior. Debajo de ti duerme una india cuya sonrisa te transmite una tranquilidad que quisieras empaquetar. Duerme enfundada en un camisón típico indio y es siempre la última en llegar a la habitación. Ella es la única que no ha viajado fuera de su país de origen, pero a través de los voluntarios con los que trabaja tiene más  kilómetros encima que el resto de ocupantes de la habitación juntas. Se ríe cuando hablamos de hombres porque sabe que probablemente acabará viviendo un matrimonio concertado, pero quiere saber sobre nosotras y aunque las seis hablemos lenguas maternas distintas, mientras nos pintamos las uñas, nos entendemos en un inglés muy poco académico, pero que a nosotras nos apaña.

En frente se encuentra República Checa. Una chica a priori tímida a la que sus movimientos de bollywood y su increíble habilidad para comer con la mano derecha la delatan. No es una novata. Es la segunda vez que está en la India, por lo que aprovechamos para acribillarla a preguntas. Parece que nos hubiéramos puesto de acuerdo antes de comenzar la sesión inquisitoria porque el silencio nunca se hace y las preguntas se suceden como si hubiéramos escrito un guión en común. Y no es la primera vez que esto te sucede. Hay varias cuestiones que las aventureras que viajamos “solas” siempre tenemos en la mochila:

¿Qué es lo que más te ha sorprendido del país? ¿Qué no nos podemos perder? ¿Alguna comida que no me pueda ir sin probar? ¿Algo que no deba comer? ¿Has pasado miedo? ¿Dónde has dormido? ¿Cuál es el mejor transporte para llegar a …? ¿Has estado mala? ¿Qué usas de repelente de mosquitos? ¿Has ligado?

Encima de nuestra maestra en inmersión en cultura india se encuentra la más callada de todas nosotras. Una chica de Corea del Sur que parece no entender muy bien porqué nos reímos cuando nos subimos corriendo a nuestras camas al descubrir que compartimos habitación con una araña de un tamaño que no debería estar permitido. Su inglés es el más alejado del inglés que Cambridge querría que la población mundial tuviera, pero sus movimientos de cabeza no entienden de fronteras. Ha viajado por el sudeste asiático y la India es lo más al Oeste que ha estado nunca. Nos cuenta que muchos de sus amigos no entienden que no quiera quedarse los veranos en Seúl con ellos y todas asentimos a la vez. Y es que esa sensación de no encajar del todo donde crecimos es algo que todas compartimos, al igual que compartimos las ganas que nunca se van del todo, de querer volver al único lugar del mundo que llamamos casa con mayúsculas.

La más joven del grupo apenas tiene 19 años y sigue en el instituto. Sus ganas de conocer otras maneras de vivir más allá de la sociedad milanesa del siglo XXI la han traído a esta habitación que compartimos. Ella nos explica cómo fue una amiga la que le habló de las posibilidades de realizar un voluntariado en India, y de cómo después podría viajar por el país sin demasiada dificultad si abría los ojos y llevaba un cordón con el que atarse sus pertenencias cuando quisiera dormir. En ese momento todas sonreímos porque cada una de nosotras comparte una historia similar: todas tenemos una amiga, prima, vecina o conocida que nos habló de la magia de viajar con una misma y nos metió en este grupo de aventureras sin fronteras.

Una chica de Canadá con rastas y mechones azules es la última de las inquilinas de esta habitación en la cual hace más calor del que nos gustaría. Se ha ido la luz y por eso no funciona el ventilador, pero a ninguna nos sorprende. Estamos todas despiertas y en mitad de la noche acompañadas por la luz de nuestras linternas, no duchamos con cubos de agua fría y volvemos a ser personas, aunque nos reímos al pensar que probablemente no acabamos de hacer algo demasiado inteligente dado que tenemos clase de yoga a las seis de la mañana y no sudar no es una opción.

Antes de recobrar el sueño comenzamos a hablar de política, de refugiados, de la UE y de que los vuelos transoceánicos están demasiado caros, pero decidimos que no podremos solucionar todo en una noche. Mientras intentas volver a retomar el sueño no puedes dejar de pensar en que compartir espacio, conversación, sonrisas e incluso lágrimas con mujeres de tu misma generación y pasaporte distinto es algo que definitivamente engancha.

Cada vez somos más las que nos lanzamos al vacío, esperando que la cuerda a la que hemos atado nuestros pies mida los metros exactos para disfrutar del momento sin que sea el último, y es así como vivimos nuestra vida: saltando solas con los ojos abiertos esperando obtener vistas panorámicas de las culturas en las que nos adentramos. Y lo hacemos con el miedo escondido en el bolsillo de atrás, porque sabemos que no somos las únicas que estamos saltando. Porque sabemos que pronto volveremos a compartir habitación.

 

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