El derrumbamiento más bello de la literatura: F. Scott Fitzgerald

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

Va paseando, mirando los escaparates, inquieta. Sheilah Graham busca una librería en concreto, la más conocida y la mejor librería de todo Hollywood. Quiere leer algo del que es su amante y compañero en esos momentos, Francis Scott Fitzgerald, ocho años mayor que ella. Sheilah sabe que en la década pasada era el escritor del momento, pero ahora no consigue encontrar ningún libro suyo; parece que Norteamérica ha olvidado al que fue su niño mimado, su cronista estrella, su símbolo.

La periodista británica era ya una celebridad en Hollywood, una conocida columnista de sociedad. En un ambiente como el de esta ciudad de finales de los años 30 no le faltaba el trabajo. Había conocido a Fitzgerald en 1937, cuando el escritor se trasladó a Hollywood (estando Zelda, la mujer del escritor, internada en un psiquiátrico), y habían iniciado una relación. Fitzgerald, por su parte, se hallaba absorbido por su alcoholismo y por el fracaso. Había conocido la fama, el reconocimiento, junto a Zelda. Juntos habían recorrido las ciudades más hermosas, los mejores hoteles, habían frecuentado las más fastuosas fiestas, dignas de su personaje más célebre. Ahora, su Zelda (“Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido sólo una vez, hemos sido felices millones de veces”) no estaba con él y su carrera apenas existía (“Tuvieron que retirar el Gatsby de la Modern Library porque no se vendía…”, le escribe a Zelda aún en 1934).

Zelda y Scott Fitzgerald en su jardín. Foto: Biblioteca de la Universidad de Princeton, vía huffingtonpost.com

Zelda y Scott Fitzgerald en su jardín. Foto: Biblioteca de la Universidad de Princeton, vía huffingtonpost.com

En ese año, 1937, aunque se declara a sí mismo fracasado, empieza otra novela, El último magnate (que se publicará póstumamente y es considerada una de sus mejores historias) sobre el mundo del cine y Hollywood. Quizá en ese tiempo, en esos tres últimos años hasta su muerte en 1940, su escritura es más sincera porque ya no escribe para el público, ni para los lectores de Esquire, la revista que publicaba sus artículos.

Su camino al éxito había sido igual de rápido. “Yo, que sabía menos de Nueva York que cualquier reportero que llevara seis meses en el oficio, y menos de su vida social que un mozo del Ritz, fui empujado hasta la posición, no sólo de portavoz de la época, sino de producto típico de aquel preciso momento”, escribe en Mi ciudad perdida (1932). Por su brillantez al describir a los individuos de su época se le colgó la etiqueta de cronista de la Era del Jazz, pero él demuestra, sobre todo en sus cuentos, ser capaz de una literatura atemporal.

Era un maestro, un descriptor de la frivolidad de los años 20, que a la vez se las arreglaba para ser un perfecto retratista de las emociones. Sus personajes son complejos y nunca son felices; quizá eran un fiel reflejo de sí mismo. Por eso quiso contar su propio fracaso: “Hablo con la autoridad que me da el fracaso; Ernest, con la que da el éxito”, escribió en su diario. Hemingway y él fueron amigos, compañeros de borracheras, lectores uno del otro, y fueron dos polos de una misma época.

Fitzgerald en 1937. Foto: Library of Congress, vía The Kansas City Star.

Fitzgerald en 1937. Foto: Library of Congress, vía The Kansas City Star.

Sus años en Hollywood, los últimos de su vida, estuvieron dominados por su rechazo a la sociedad hollywoodiense y su fascinación por ella. Ambas cosas las refleja en sus Historias de Pat Hobby (protagonizadas por un guionista hollywoodiense no muy brillante), publicadas también por Esquire. Hasta su último momento vivió con Sheilah Graham, y murió en el apartamento de esta en diciembre de 1940, de un ataque al corazón. Zelda, el amor de su vida, murió ocho años después en un incendio en el hospital de Carolina del Norte en el que se encontraba. Scott y Zelda están enterrados juntos en Maryland, acompañados por las líneas finales de El gran Gatsby:

” So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past”

“Y así seguimos, luchando como barcos contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado”

Fitzgerald había escrito una vez que “en las vidas norteamericanas no hay segundas oportunidades”. A él se la quitó él mismo, el alcohol y el tiempo.

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2 comentarios en “El derrumbamiento más bello de la literatura: F. Scott Fitzgerald

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