Tú, hipster

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Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Que un idioma es un ser vivo que está en constante evolución, es algo tan obvio como la vida misma. Y quizás por aquello de la globalización, nuestro idioma no queda exento de que muchos anglicismos nos invadan. Uno de los últimos en extenderse ha sido el de hipster. Pero, ¿qué es un hipster?

Si buscas por cualquier página de internet, la palabra hipster define a una tribu urbana relacionada con una cultura “alternativa”, que cada vez se está convirtiendo más en una cultura de masas. Pantalones pitillos, camisas estampadas, gafas de pasta. Pero los hipsters llevan aquí mucho más tiempo del que creemos.

El término se comenzó a usar en los años 40 y tenían en común con el actual tan sólo la raíz “hip”, relacionada intrínsecamente con la cultura afroamericana y, cómo no, el jazz. En su forma primaria, a los que se suscribían a esta cultura se les llamó “hipcats”, pero fue en 1944, con el álbum Boogie Woogie In Blue del pianista Harry Gibson (reconocido como Harry el Hipster) cuando la palabra definitiva tomó forma.

Unos años después, en 1957, veía la luz el libro de un tal Jack Kerouac (sí, ya está la pesada de los beat), On the road, donde muy a menudo se mencionaba esta palabra. En la nota de la traducción de la edición de Anagrama de 1993 aparece una definición muy clara de lo que suponía ser un hipster. “Eran los individuos rebeldes y pasados norteamericanos de aquellos años. Unas ratas de ciudad, más o menos de moda, que se drogaban y oponían a los “squares” (estrechos)”. De esta manera, nos acercamos un poco más al significado que la palabra tiene en la actualidad. Los beat bebieron de esta subcultura prácticamente hasta el coma etílico, escuchando jazz y mezclándose con negros en un tiempo en que América no era el mejor lugar para una cosa ni para la otra.

La otra cara del sueño americano sonaba a hipster, a niños de familias de clase media que decidían rebelarse contra todo y contra todos. Mujeres que se iban de casa antes de casarse, que se pagaban un apartamento de siete dólares el mes con un sueldo de secretaria y se juntaban con gente poco recomendable para señoritas de su alcurnia. Clubes de jazz que se teñían de todos los colores con las nuevas drogas que poco a poco iban surgiendo en busca de aquello que les hiciese especiales. Eran hipsters, sí, ¿y qué? Nadie podía impedírselo.

Dos años después de esto, en 1959, un tal Francis Newton, que firmaba bajo el pseudónimo de Eric Hobsbawm un libro titulado Jazz Scene, tildaba a los hipsters como personas dueñas del leguaje y con “una especial espiritualidad”. Sin embargo, tras los turbulentos años 60, que presentían ya una apertura de mentes que hasta entonces se antojaba algo imposible, precursores del movimiento hippie, entre otros, los hispster parecieron desaparecer de la faz de la tierra.

Los años 60 parieron a los hippies, la psicodelia de los 70 dieron paso a unos 80 rockeros de pantalones pitillo de cuero y pelo cardado, paquetes de tabaco guardados en el dobladillo de la manga de las camisetas siempre blancas impolutas y ajustadas de chicos de mentón ancho y tupé engominado (cuánto daño ha hecho Grease). En España pasamos por la movida, las fiestas en la calle Palma, la chica de ayer que sigue resonando incluso hoy, la esquina del Penta, el sida y la heroína. No les llamaban hipsters, pero seguían siendo en cierto modo la parte alternativa, extravagante, que se negaba al aletargamiento de la sociedad.

Y luego llegaron los 90. La estética grunge. Nirvana. La década que nos dio nacer a los que vivieron los 70 y los 80 en su máximo esplendor. Los que crecimos en los 90 y tuvimos la adolescencia (demasiado mala estéticamente, incluso para ser adolescencia, de vuelta a los pantalones de campana y ropa ancha mezclada con colores estridentes que nunca nos perdonaremos en las fotos del fallecido Tuenti) en el cambio de siglo, debimos intuir que ante las modas cíclicas, los hipsters volverían a aparecer.

En los últimos años, los barrios más “modernos” de Madrid (aquel que albergó la movida en su día), empezaron a poblarse de jóvenes que demandaban una alternativa a lo que hasta el momento había estado siendo el canon. Volvieron los pantalones pitillo, las camisas estampadas abrochadas hasta el último botón, los vestidos a media pierna con flamencos pintados, bolsos de cuero desgastados, las gafas de pasta a lo Ginsberg, los libros de poesía de segunda mano. La generación beat más viva que nunca. Los hipsters se han adueñado de la literatura, la música, las formas. Lo alternativo, la contracultura a la cultura de masas que, al final, está acabando por comérsela. Y ahora, ¿qué es lo alternativo a lo alternativo?

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Un comentario en “Tú, hipster

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