Portugal es saudade

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Por Alaia Rotaeche (@aL_rc) y Carmen Sánchez (@edhelgrim)

El turismo de hoy día se basa en ver museos, los sitios más céntricos y más pintorescos de cada ciudad (capital, por regla general) del destino elegido para las vacaciones de verano. Los lugares recomendados en la guía Michelin. Hotel a pie de playa, todo incluido, relax. Pero existe otro tipo de turismo, al que probablemente ni siquiera se le pueda denominar como tal, que consiste en perderse.

Llevábamos algún tiempo pensándolo. Coger el coche y perdernos. ¿El destino? Portugal. Apenas unos kilómetros de distancia, una frontera establecida en el mapa pero no muy bien delimitada en la sociedad. A los que hemos vivido alguna vez en alguno de los puntos colindantes con este país nos resulta divertido observar las caras de desconcierto de la gente al decir que esta tarde hemos ido a tomar café a Elvas después de estar de compras en Badajoz o que vas al mercadillo a un pueblo de la frontera porque sale más barato que aquí.

Pero esta vez era distinto. No se trataba de ir a tomar un café, ni de compras. Tampoco era formar parte del paisaje portugués, como si nunca nos hubiésemos ido.  Esta vez era algo distinto. Conducir por carreteras secundarias con un mapa de carreteras desactualizado. Parar en cualquier sitio. A cualquier hora. Donde hubiese algo que nos dijese “tienes que verme. Tengo que verte aquí”. Y, en cierto modo, mimetizarnos con el entorno del país vecino, que podría ser hermano, y sin embargo nos resulta un total desconocido.

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La primera parada fue la frontera en sí. Un puente blanco y mal asfaltado por el que no podías conducir a más de 30 por hora. No recuerdo qué pueblo estaba a cada uno de los extremos del puente. Sólo que en el medio había dos flechas. Una azul señalando hacia la derecha y otra amarilla señalando a la izquierda. España – Portugal.

-¡Para! ¡Para!

Fue ahí cuando en realidad empezó el viaje. Recorrimos muchos pueblecitos sin identidad, medio vacíos, medio abandonados, con gasolineras cerradas. En algún punto entre el paso de la frontera y Castelo Branco llegó la hora de parar a comer. Más que pueblo es una aldea, pero en la carretera que lo atraviesa hay una gasolinera. El empleado nos indica con gestos que si queremos comer tendrá que ser en el bar del otro lado de la carretera. Así que cruzamos y entramos en un local totalmente alicatado con azulejos azules. Una barra que se nos antojó demasiado alta y cinco pares de ojos mirándonos como si acabáramos de interrumpir su imperturbabilidad. No había hostilidad, sólo algo de fascinación por dos chicas que de repente entran en un bar de un pueblo por el que no pasa nadie y piden tímidamente dos bolsas de patatas fritas para después irse como han llegado.

Paramos en Castelo Branco y nos miramos en busca de algo que nos hiciese entender por qué nos habían recomendado visitarlo. Anduvimos por sus calles un par de horas. Calles desvencijadas que alternaban una casa abandonada con otra de cuyas ventanas colgaba la ropa recién lavada. Supongo que ahí es donde reside su magia, en que no sepas muy bien en qué punto de la historia se paró el tiempo y cuánta gente se ha resistido a ese parón o ha decidido dejar sus casas de cristales rotos en busca de algo más de vida.

14123993_10209793441571238_1460426448_oNo tardamos mucho en volver a encender el motor del coche. Una carretera nacional nos lleva hasta Coimbra, nuestro próximo destino y donde esperamos pasar la noche. Coimbra es distinto, sin perder esa esencia de las ciudades portuguesas construidas en una cuesta. Una mini Lisboa que no tiene nada que envidiar a la capital. Coimbra nos dio la sensación de un Oxford a la ibérica, con sus estudiantes recorriendo las calles empedradas entre los turistas, que se empeñan en pasear por el patio de su Universidad. El aire universitario no se queda ahí. Sus calles están plagadas de pintadas reivindicativas, en muchos casos feministas, y en tan solo un día de viaje una de esas pintadas nos da las claves de por qué estamos haciendo esto. “Viajo porque preciso. Volto porque te amo”.

Cenamos lo primero que pillamos. Se nota el cambio horario y de costumbres. También el cambio de carácter. Coimbra está plagada de turistas españoles y, por mucho que te esfuerces en poner en práctica tus empolvados y rudimentarios conocimientos de portugués, todos los dependientes y vendedores hablan un español suave y cálido.

Entramos en una vinheria. No podemos irnos de allí sin probar un buen vino portugués. Y rápidamente nos damos cuenta del carácter amable del camarero, que nos ofrece varios vinos a probar antes de elegir el definitivo. Y no es sólo ahí. Si quieres tomar una Super Bock en cualquier bareto, el camarero se asegura de que tengas el vaso más helado para la cerveza y, a la hora de desayunar, que te sirvan la tostada y el café más grande. Aunque es una pequeña odisea pedir algo de mermelada para acompañar la manteiga de la tostada.

Nuestro segundo día de viaje nos lleva hasta Óbidos. Ciudad turística donde las haya. Es un pueblo muy pequeño, con casas muy bajas, todas iguales, lucidas de blanco y con un zócalo azul. Su calle principal llena de turistas, sus librerías de segunda mano y sus licores de Ginja en vasos de chocolate. Y su iglesia convertida en librería, con su olor a incienso incluido, y  el Queer de Burroughs en el altar.

Allí, en Caldas da Rainha pasamos la noche en un hostal de mala muerte. Exageradamente raro. Exageradamente pequeño. Exageradamente cubre. Pero un sitio donde dormir, al fin y al cabo. Nos costó sangre, sudor y lágrimas encontrar un sitio donde cenar y tomar una copa de vino. Pero lo conseguimos.

Al día siguiente, nuestro mapa de carreteras que a esas alturas ya parecía que había sido usado durante un año, nos llevó hasta Santarém. Allí una señora nos miraba desde su ventana. No está muy acostumbrada a ver turistas en su barrio, un rincón de la ciudad al que hemos ido a parar casi por casualidad. Casi porque ningún destino al que llegas cuando viajas es casual. Perderse es la mejor forma a veces, salvo cuando no sabes coger la autopista adecuada al salir de una ciudad; ahí no.

20160817_115721La mujer, de unos setenta u ochenta años, nos observa según subimos su calle hacia lo que suponemos será de nuevo el centro de la ciudad. Y calles y calles de Portugal adoquinadas, donde los coches traquetean difícilmente, pero donde no puedes dejar de ver un halo encantador que no encuentras en ningún otro sitio.

Évora la disfrutamos especialmente. El canto portugués, el sabor del vino y el olor de la carne asada, la algarabía de las mesas en la calle y el recorrido por las cuestas típicas de cualquier ciudad portuguesa. Quizá porque está más cerca de la frontera, te sientes un poco más en casa.

Allí, la gente es más ruidosa, trasnocha más, come y bebe con más gusto. Puedes sentarte en la plaza de Giraldo, subir por hasta la catedral por la calle Cinco de Octubre y, de repente, encontrar los restos del templo romano a Diana, erigido enorme y desafiante, prueba de que antes que tú muchos otros pisaron por allí.Y en la pared del museo de Évora, situado justo enfrente, la inscripción ‘Everything is a story’. Y no puedes hacer otra cosa que darle la razón.

Es fascinante cómo el sonido de un idioma, incluso verlo escrito en los carteles de las gasolineras o en los precios de los supermercados, pueden traer tantos recuerdos. Pueden ser también los olores, el sabor agrio del vino o el empedrado de las calles los que de repente te traigan un déja vu, una sensación extraña. No sé por qué dice Sabina eso de no volver a donde has sido muy feliz. Portugal es saudade desde antes de que dejes atrás su frontera. Y lo sabe.

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