Muy Rajoy y mucho Rajoy

Rajoy_opt (1)

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

En cuatro años de gobierno Mariano Rajoy ha recortado en todo, excepto en su arte para mentir y su capacidad para denigrar la preciada lengua cervantina. Su expresión no verbal no transmite emoción alguna. Ni positiva ni negativa. Describe a una persona cansada, insípida y monótona, sin grandes altibajos ni gesticulaciones elocuentes.

De la comisura de su boca balbucea incoherencias que desquician incluso al más tranquilo y educado. La incongruencia entre lo que dice, lo que piensa y lo que siente perturba sus propios sentidos. Gesticula nerviosamente, no responde a las preguntas, se inventa hechos, dice a los periodistas que mienten y tiene tics en su ojo izquierdo. Su mentón, apuntando siempre hacia abajo, denota una inseguridad impropia en alguien que se cree aristócrata.

Está por encima de todo, excepto de la Monarquía a la que obedece y la gran empresa para la que gobierna. Mariano no da explicaciones porque no considera que deba darlas. Por eso da ruedas de prensa en plasma y diferido, sin preguntas, con la actitud arrogante de quien desprecia la dignidad de un oficio que está en horas bajas. Para Mariano, como para Franco, la prensa entorpece y molesta y nunca se bajaría a la mugre que el vulgo pisa.

Aun así, Mariano no es estúpido. Por lo menos, no del todo. Después de todo, es el registrador de la propiedad más joven de España. A pesar de su descolorida barba y su irritable aspecto, Mariano sabe guardar las formas. Por eso le vemos cada mañana haciendo su caminata, con aspecto campechano, como una persona sencilla y normal y que jamás ha roto un plato, dirigiéndose a sus millones de feligreses cual domingo después de misa. En la época del postureo en la que vivimos, todo se teatraliza y de teatro en España tenemos un rato. Tanto, que incluso es capaz de darnos pena con su rostro de cachorrito degollado, mientras arquea sus pobladas cejas y se queja de que Pedro Sánchez no le deja gobernar.

Porque Rajoy miente cuando dice que las únicas opciones son el Partido Popular o terceras elecciones el día de Navidad. Porque la elección de ese día para unas hipotéticas terceras elecciones (elección que, por cierto, no era de su competencia, sino de Ana Pastor, la presidenta del Congreso), es un chantaje político a Pedro Sánchez y al PSOE para que se abstengan en el debate de investidura, ya sea a finales de este mes o más adelante. Porque la realidad es que si Rajoy no sale presidente en la investidura, todavía quedarían dos meses para que un nuevo candidato pudiera gobernar. Porque Rajoy miente cuando dice que debe gobernar la lista más votada. Porque Rajoy engaña cuando oculta que, en un sistema parlamentario, no necesariamente gobierna el partido que gana las elecciones, sino el que más apoyos de la Cámara obtiene. Porque siempre ha sido así y él lo sabe. Porque hay partidos que aun ganando las elecciones municipales o autonómicas no han gobernado cuando la oposición ha pactado. Porque ha ganado las elecciones, sí, pero su indecencia (y la de su partido) le desautoriza para gobernar.

No vamos a profundizar en los casos de corrupción, ni en los recortes de las prestaciones sociales, ni en el desmantelamiento del Estado del Bienestar, ni en la cuestión catalana, ni en Bárcenas y los sobresueldos, ni en la presunta financiación con dinero negro. Ni en ningún otro de los innumerables desmanes que este señor, o su partido, han protagonizado.

Aburre, de verdad, aburre muchísimo. Aburre tanto como sus desaboridas y rutinarias declaraciones en las que siempre dice lo mismo para no decir nada. Y, de tanto aburrirnos, ha acabado durmiendo a todo un pueblo. Un pueblo que, por no salir, ya no quiere ni salir a votar. Un pueblo que, además de votar, debería salir a la calle para recuperar lo que ningún político le va a regalar: derechos y libertades que jamás se deberían haber perdido.

Sus gafas simbolizan su ceguera política; sus ojos, que se confunden con sus pestañas, adquieren un tono negrizo y desarbolado, como de lechuza asustada, cada vez que un periodista demuestra que su lengua es tan larga como su nariz. Rajoy es un cadáver político, pero un cadáver vivo e impasible.

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