Estoy allí

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Paisaje de postal en Sezulfe (Bragança, Portugal)

Por Marilyn dos Santos (@Marilynlynlynn)

A finales de la década de los 60, mi abuelo, con apenas 15 años de edad, cargó de esperanzas una pequeña maleta vieja y, sin pensárselo demasiado, falsificó su identidad para poder traspasar la frontera hacia un futuro mejor. Entonces Portugal se encontraba ahogado por el Estado Nuevo y la ambición de su fundador, el incansable Antonio de Oliveira Salazar…con lo que sí, la única salida era otra dictadura. Para mi abuelo, que había nacido y crecido en el ambiente rural de una pequeña aldea al norte de Portugal, España era un paraíso de libertades, un país colmado de trabajo, un mundo de oportunidades. Así que, casi con lo puesto, aquel joven aún sin pulir por la experiencia se aventuró al capítulo más difícil de su vida: la emigración. Y así, sin querer, mucho antes de que yo llegara a ser, mi abuelo me condenó a buscarme y a no encontrarme, a luchar sin suerte contra esa eterna añoranza por una vida no vivida; porque, sin querer, mucho antes de que yo llegara a ser, mi abuelo me condenó a nunca estar aquí, y siempre estar allí.

Que ya he nacido en España, es verdad, pero mi familia se ha preocupado de criarme envuelta por cientos de historias sobre un país casi desconocido, pero el mío. Y siendo como es el sentimiento patriota uno de los más irracionales dentro de nuestra condición humana, ¿os imagináis cuan fanático puede convertirse teñido con nostálgicas leyendas? En fin, de forma absolutamente natural, una acaba por tropezarse consigo misma abrumada por anhelos tan sutiles y tan seductores al mismo tiempo como un fado bailado; tan sencillos y reconfortantes como una parada en el camino a la sombra de un olivo; y, sobre todo, tan pasionales y verdaderos como un clavel rojo muriendo lentamente en un jarrón de cristal…

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Campo de olivos en Sezulfe (Bragança, Portugal)

Por todo, me fui. Se me presentó la opción y me fui. Y aunque Lisboa fue pasajera, durante aquella etapa —la más real que la vida ha tenido el valor de prestarme— confirmé lo que ya sabía: nunca he estado aquí. ¿Cuántos más habrá cómo yo, despertando cada mañana en un lugar, pero soñando cada noche en otro?, pienso ahora. Porque hay millones de portugueses viviendo en el extranjero, que día a día arrastran el peso de la saudade atado a sus espaldas, atrapados en una cuenta atrás infinita por que llegue el momento de volver. Y lo mismo hace el destino: esperar por sus almas rotas con los brazos abiertos. Mi pueblo, por ejemplo, cada verano se engalana con espumillón y bombillas de colores para la ocasión; cada vecino iza un banderín en lo más alto de su casa y la música se encarga de hacerlos ondear al ritmo del acordeón —siempre es el acordeón—. Y aunque suene banal, de veras que es por ese ambiente popular, tan obsoleto como genuino, por el que yo tacho los días en el calendario.

Hoy mi abuelo vuelve a disfrutar del aire fresco mecido por sus olivos, ha vuelto a casa y vive sin más preocupación que la de mimar su huerto cada mañana. Y yo…yo nunca estaré aquí, porque, simplemente y tal y como dice la canción: estoy allí.

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Fin de la cuenta atrás

 

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