El niño (y la mujer) que nos hizo magos

harry

Ilustración de Harry Potter de Jim Kay.

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Un 31 de julio de 1980 nacía en Londres Harry James Potter. Al menos eso es lo que nos contó J.K. Rowling en 1997, cuando vio la luz el primer libro de la saga que inspiraría a varias generaciones a creer en la magia. Aquel primer tomo, Harry Potter y la piedra filosofal llegaría a España en marzo de 1999 de la mano de la editorial Salamandra.

Por aquellos entonces Harry era un niño “pequeño y muy flaco para su edad. Incluso parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que usaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él. Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos verdes brillantes. Usaba anteojos redondos siempre pegados con cinta adhesiva, por todas las veces que Dudley lo había golpeado en la nariz. Lo único que a Harry le gustaba sobre su apariencia era esa pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un rayo”. Contar la historia, a estas alturas, ya es redundar, pero aquella carta que recibió Harry el día de su cumpleaños no solo le cambió la vida a él.

Para los que crecimos con aquel libro y los seis que le seguirían, Hogwarts se convirtió en algo más que una escuela de magos ficticia. Se convirtió en un refugio. El último tomo, Harry Potter y las reliquias de la muerte, se publicó en 2007. A mis 15 años, recuerdo la impaciencia por leer cómo acabaría aquella historia y que ni siquiera esperé a que publicasen la traducción al castellano, merodeando por foros en busca de alguna traducción clandestina que mitigase las ansias de leer.

Gracias a aquellos libros que a los de mi generación nos acompañaron en la adolescencia, muchos descubrieron la pasión por la lectura. Devorar libros de 500 o 600 páginas en cuestión de días, no despegarte de las páginas prácticamente ni para dormir. Hay quienes tuvieron que compartirlos con sus hermanos, sendas discusiones y carreras para ver quién acababa antes y a quién le tocaba leerlo en cada momento.

Aquellas páginas supusieron asimismo lecciones de vida para todos nosotros que iban más allá del mundo mágico. Aprendimos que los amigos están en lo bueno y en lo malo y que los mejores, los que de verdad importan, son aquellos que se quedan incluso cuando aparecen los dementores y se llevan tu felicidad. Aprendimos que las cosas no siempre salen como quieres y que, pese a todo, la vida continua, que el miedo se puede encarar si tienes a tu lado a las personas adecuadas.

Aprendimos el valor de la familia, que no siempre es la que te toca biológicamente, sino aquellos que se van quedando a tu lado pese a todo. Aprendimos lecciones de humildad, que el héroe no es nadie si no tiene a alguien detrás sosteniéndole y obligándole a levantarse caída tras caída. Que los héroes también son humanos (aunque no sean muggles) y que también pueden sentir odio, rencor e incluso envidia.

Aprendimos que pese a las dificultades que se pongan en nuestro camino, siempre encontraremos ese sitio que el mundo (llámalo destino o como quieras) nos tiene reservado. Aunque seas el típico niño con gafas del que todos esperan demasiado, o uno de los integrantes de una familia de magos que está relegado a ser el amigo de para siempre, o una niña muggle, ratón de biblioteca, a la que todos odian por ser más lista que el resto. Que nos va a costar encontrar ese sitio en el mundo.

De la misma manera, y sin ser plenamente conscientes de ello, con aquella niña muggle aprendimos que las mujeres también pueden salvar a los hombres, que saben defenderse, que son una parte esencial en la aventura. Que en todo grupo se necesita a alguien que piense en las consecuencias de los actos, alguien que lo equilibre.

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De la encargada de dar vida a estos personajes y escribir sus aventuras aprendimos también a fracasar. Que detrás de un fracaso viene otro. Y una piedra más con la que trastabillar, pero que al final siempre hay alguien que cree en nosotros. La escritora envió el manuscrito de Harry Potter a doce editoriales sin éxito hasta que Bloomsbury decidió apostar por su libro con una tímida tirada de mil copias, la mitad de las cuales fueron a parar a bibliotecas. Con el último libro de la saga, solo el primer día de lanzamiento se vendieron once millones de copias.

Curiosamente -o no tanto- la autora ha cumplido años hoy también, el mismo día que ha visto la luz un octavo libro sobre el niño mago, Harry Potter y el niño maldito (aunque habrá que esperar hasta septiembre para tener la traducción al castellano), con el hijo de Harry como protagonista, la adaptación de la obra teatral con el mismo título que se ha estrenado este mismo fin de semana en Londres. Rowling ha asegurado que las aventuras de los niños magos acaban con este libro.

Lo cierto es que, aunque todos hemos crecido esperando aquella carta de Hogwarts que nunca llegó, en lugar de hechizos y partidos de Quiddicth, Harry Potter y Rowling nos han dejado uno de los legados más maravillosos que se puede dejar a una generación. Y las que están por venir.

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