Guía práctica para convertir a una feminista en feminazi

Por Amanda Mc Ginty Vidal (@amandaylapanda)

Cuando era pequeña pensaba que el haber nacido en un país desarrollado en el siglo XXI era suficiente como para no tener que declararme feminista. A fin de cuentas he estudiado una carrera en una ciudad diferente a la mía, tengo acceso al mundo laboral, nadie va a obligarme a casarme con un hombre al que no conozco y ningún hombre me ha puesto la mano encima jamás.

Al menos eso es lo que la sociedad quería hacerme ver. Debo sentirme agradecida por tener acceso a ciertos privilegios que hasta hace muy poco estaban vetados para nosotras. Regocijarme con este gran progreso era la única opción válida, porque claro, ¿acaso no ves que en otros lugares del mundo las mujeres llevan burka y las apedrean por el simple hecho de ser violadas por otro hombre que no sea su marido? Debes alegrarte, ya que a ti si te violan probablemente sólo tengas que poner una denuncia y tener más cuidado de no ir sola por la calle la próxima vez.

A medida que he ido creciendo he ido siendo consciente del machismo que me ha rodeado toda mi vida. Mis amigas del colegio empezaron a llamarme puta porque me eché novio antes que ellas. Sacaba buenas notas, y por tanto era una empollona que no se preocupaba lo suficiente por ir bien peinada a clase. Me han juzgado por mi manera de vestir. Se han reído de mí por no andar bien en tacones. He tenido que escuchar comentarios sobre lo poco adecuado que es mi comportamiento para una señorita. A los doce años tenía que agachar la cabeza mientras volvía a mi casa cada tarde porque un grupo de señores de cuarenta me gritaba cosas sexuales muy desagradables. Y un día que puse mala cara añadieron que era una “siesa que no sabe apreciar un piropo”.

Y he crecido más. Y he vivido el machismo en primera, en segunda y en tercera persona. He aguantado los celos posesivos de mi pareja. El “esa camiseta lleva mucho escote”, “no te acerques tanto a tu amigo cuando hablas con él”, “pasas más tiempo con otra gente que conmigo”. He visto cómo jóvenes de mi generación se mudan juntos, y es la mujer la encargada de hacer la comida y lavar la ropa, aunque ambos trabajen y tengan el mismo horario. He tenido que sufrir que un profesor de Universidad me pida mi número de teléfono por si tengo alguna duda personal. He oído cómo critican a compañeras que sacan buenas notas diciendo “pasa mucho tiempo en el despacho del Decano”. Me han llamado más veces “guapa” que “doctora”. Algunos pacientes han pedido que les atienda “ese médico de verdad”, que casualmente era un hombre.

Así que finalmente a los 24 años entendí que era necesario declararme feminista. Era necesario poner límites a ciertos comentarios y ciertas actitudes a las que las mujeres llevamos expuestas desde el mismo día que nacemos. Y si tenía que explicarle a alguien cientos de veces por qué es importante que exista el Día de la Mujer, por qué no está bien usar el humor machista o cómo el término “feminismo” es equivalente a “igualdad de derechos entre hombres y mujeres”, lo haría. Lo haría desde el respeto y la paciencia que conlleva saberse en un extremo delicado del prisma social, comprendiendo que no todo el mundo ha tenido la misma educación y que puede ser complicado darle la vuelta a un concepto que está tan arraigado en nuestro pensamiento.

Y entonces llegó la palabra “feminazi”. Comenzaron a usarla como un chiste, para zanjar una discusión, para quitarle hierro al asunto. “Ah, es que tú eres una feminazi”, seguido de una media sonrisa de complicidad inexistente. Te lo tomas a la ligera las primeras veces. Luego comienzan a aplicarte el término usando su definición: “Eres una exagerada. ¿Cómo puedes decir que no hemos alcanzado la igualdad?”. “No se puede comparar la violencia de género con reñir a tu novia si se ríe del chiste de otro hombre, no es lo mismo para nada”. “Que no me comas la cabeza, yo no voy a ser feminista en la vida porque quiero igualdad”. “Estás viendo las cosas desde el lado equivocado”, “De verdad que las mujeres ya tenéis los mismos derechos que los hombres”, “Yo es que en mi casa nunca jamás he visto machismo, y por eso considero que el feminismo es innecesario”.

Comienzas a cansarte de que tus experiencias sólo sean un delirio para los demás. Agota tener que explicar una y otra vez que te has sentido objeto sexual, manipulada, acosada, ninguneada y maltratada por algunos hombres e incluso mujeres. Y sobre todo duele, duele muchísimo que alguien venga con la única intención de quitarte la razón. Porque tu opinión es una mierda fruto del lavado de cerebro que has sufrido al leer demasiado o pasar mucho tiempo en Internet. “Joder, que ya no se le pega tanto a las mujeres cuando volvemos borrachos. Y podéis salir con vuestras amigas si la falda no es muy corta y estáis de vuelta a tiempo para hacer la cena, dime, ¿qué mas queréis?. Que ya es más el porcentaje de mujeres que accedéis a ciertas carreras, y luego tenéis el privilegio de ir a trabajar y nosotros os AYUDAMOS en casa. Que los hombres seguimos muriendo más en la guerra, eh. ¿Contra eso no os manifestáis, a qué no?”.

Escuchas los mismos argumentos rancios una y otra vez, que intentan quitarte la paranoia hembrista de que el hombre blanco heterosexual es el privilegiado por tradición y antonomasia, y tú simplemente debes sonreír en tu puesto de trabajo en el que cobras un 15% menos que ellos, mientras te cambias la tirita que cubre la herida de tus tacones y piensas en hacer la compra de la semana antes de ir a recoger a los niños del colegio. Calladita estás más guapa, que se sabe que las mujeres son muy pasionales y no sabéis discutir (sobre todo teniendo en cuenta que nunca, nunca lleváis la razón).

Así es como se transforma una feminista en feminazi. Niega todas sus experiencias traumáticas y llámala loca, histérica, exagerada, desagradecida, intolerante, come hombres. Acúsala de no luchar por los derechos de los hombres también. Rebate sus datos con estadísticas inventadas y acaba la discusión con un satírico “ah, es que tú eres feminazi” y una sonrisa pícara. Hazlo en repetidas ocasiones y mira cómo cambia su mirada. Mira cómo se enciende una chispa de impotencia, rabia y odio en su interior. Observa cómo quizás empiece a elevar el tono de voz. Sé testigo de cómo cada vez tolera menos mierda, cada vez menos y menos. Mira cómo crece y se hace libre, libre de tu opresión, libre de la cárcel de la que eres preso en tu mente controlada por una ideología arcaica. Cuando alza la voz y el puño para defender lo único que siempre va a ser suyo, que es ella misma, ¿a dónde vas a mirar? ¿Qué vas a hacer cuando todo esto arda? ¿Cuando ya no te queden argumentos, porque a ella ya no le importan?

Conviertes a una feminista en una feminazi el día en que a ella esa palabra no le molesta. La lleva con orgullo porque sabe que está por encima de ti y de tu mundo carcomido por el polvo anciano del poder del hombre sobre la mujer. Ya no eres su dueño. Ni serás dueño de sus hijas. Y ellas a su vez cambiarán a tus hijos y a tus nietas. Sabe que no va a ganar la batalla, pero que sin duda alguna algún día ganará esta guerra. Y sonríe mientras te hundes por el peso de tu propia ignorancia.

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