Baile de pactos

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Tres semanas después de las elecciones, seguimos sin saber hacia dónde nos dirigimos. Nuestro barco sigue a la deriva mientras algunos se disputan el timón, a otros se les ata a un mástil para que no sigan los cantos de sirena hacia una muerte segura, y otros hacen como si el timón no existiera.

Todos los frentes políticos promulgan el cambio, aunque no sepan de qué cambio se trata (o si es la alternativa al cambio, es decir, quedarnos igual). Un cambio que no llega. De lo que parecen no haberse dado cuenta es de que, desde aquellas elecciones del 20 de diciembre que ahora nos parecen tan lejanas, lo que los ciudadanos demandan -sí, los ciudadanos, esos a los que apelan sólo para pedir el voto- es diálogo. Esto ya no va de mayorías absolutas donde un color hace y deshace a su antojo sin tener en cuenta lo que dicen los demás.

Quizá hasta ahora nos hemos estado equivocando en el concepto de Democracia. ¿Qué sistema “democrático” debería permitir una mayoría absoluta? Precisamente ese sistema democrático bajo el que llevamos amparándonos 41 años, sustentado en una Constitución más que obsoleta y que hace imposible cualquier signo de ese cambio que promulgan. Y el grito en el cielo porque Diego Cañamero, elegido diputado por Unidos Podemos, reflexiona sobre jurar el cargo por una Constitución con la que no está de acuerdo. Nada más allá, la intervención de Cañamero, que coherencia con los ideales que promulga.

Y entre guardar y sacar las urnas, los líderes políticos cambian de pareja de baile una y otra vez, intentando hacernos creer que va a cambiar algo. Ganando -o perdiendo, según se mire- tiempo para las próximas elecciones. Primero un “no”, luego un “quizá”, un “¿quién traía los hielos?” a esta fiesta a la que no saben muy bien quién les ha invitado.

Si la gobernabilidad del país está en los pasos de baile de los dos partidos que han sido pareja de año durante las últimas décadas, ¿a qué cambio se apela? Al final, el panorama político está resultando un amasijo de ideologías sin definir, sin ideales que defender, donde gana el que más amigos tiene mientras que se margina a los demás. Nada más lejos que una de esas películas donde el marginado del instituto tiene que acabar pasando por el aro y reformándose para poder integrarse en la sociedad.

Pero como cantaba Sergio Dalma, bailar pegados no es bailar. ¿Se podrá aplicar a lo de gobernar?

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