“Marcharse es muy difícil… hasta que te marchas”

Por Ana Belén Carroza (@Ana_Belencg)

A lo largo de nuestra vida tomamos muchas decisiones que, de una forma u otra, serán clave para nuestro futuro. Muchas veces pensamos tanto en lo que es mejor o peor para nosotros y para  los que nos rodean que olvidamos lo esencial: el aprovechar cada momento y el disfrutar de todo lo que nos pase en la vida. Pero otras veces, de repente, y sin saber cómo, tomamos la decisión correcta, en el momento adecuado, es ahí cuando conseguimos estar orgullosos de nosotros mismos y nuestras decisiones.

Hace ahora casi nueve meses tomé una de las decisiones más importantes y que más me han cambiado hasta el momento. Decidí pasar una época en el extranjero para mejorar mi inglés y sobre todo vivir una experiencia nueva en mi vida. Al principio lo que más noté fueron los nervios y la gran incertidumbre sobre cómo podría afectar eso a mi vida, a mis relaciones con las personas que dejaba en España y sobre todo a lo que deparaba en ese nuevo país que iba a conocer, Irlanda. Después a ello se sumó el miedo de irme sola a un país desconocido hasta ese momento. Y también la contradicción entre las ganas de irme y la tristeza por abandonar mi zona de confort, esa en la que siempre se está tan a gusto y da tanto miedo dejar atrás. Y con toda esa mezcla de sensaciones me subí a un avión con un billete de ida a Irlanda, y hasta ese momento ninguno de vuelta a España.

Al aterrizar en el país más lluvioso que he podido conocer, aterrizaron también  todas mis emociones. Y que no nos mientan, porque realmente todos los cambios, incluso los más deseados, llevan consigo cierta melancolía. Y así me acompañó esa melancolía en mis primeros momentos allí, en saber si había tomado la decisión correcta o no.

Y como leí una vez… marcharte es muy difícil… hasta que te marchas. Y entonces es la cosa más fácil del mundo. Cuando empiezas a conocer todo, a acostumbrarte a tu nueva vida, empiezas también a coger el gusto a ese miedo que te invade por vivir experiencias nuevas en este nuevo país, conocer a nuevas personas, nuevas costumbres. Vives en un continuo cambio de emociones. En un solo día puedes vivir millones de emociones que hasta entonces no habías experimentado. Puedes empezar el día echando de menos todo lo que has dejado en tu país de origen y acabándolo queriendo no abandonar nunca tu país de acogida.

Y poco a poco, y sin darte cuenta, el tiempo va pasando, y con él, van acumulándose tus experiencias, tanto las buenas como las malas. Las malas te enseñarán a crecer como persona, a conocer hasta donde puedes llegar, y a aprender de ellas. Las buenas te llevarán a lo más alto de tus emociones positivas, vivirás, disfrutarás y apreciarás todo lo que te rodea, hasta lo más mínimo. Empiezas a saber hacer maletas con solo las cosas más básicas y de la forma más rápida posible, porque lo más importante no es lo que llevas físicamente en tu maleta, sino las ganas, la compañía y el espíritu que te rodean en esos viajes que realizas.

Hay un momento clave en estos 9 meses en el que pude comprobar que merecía la pena. Merecía la pena todo lo que había pasado para llegar hasta aquí, merecían la pena los momentos de melancolía, e incluso merecían mucho la pena los malos momentos que había vivido, porque sí, esos no se cuentan tanto, pero también existen. Todo aquello merecía la pena porque echabas la vista atrás, y lo que más veía era ese orgullo por haber llegado a donde estaba, por haber conocido a otra parte de mí misma,  y haber vivido tantísimos momentos increíbles que estoy segura que me acompañaran el resto de mi vida.

Y ahora escribo todo esto en el momento que sé que esta experiencia ya tiene fecha de caducidad. Tomé la decisión de irme en aquel momento, pero esa decisión también fue unida a la de volver. Ese día que no quieres que llegue, finamente llega. Ese día en el que compras el billete de vuelta a tu país de origen. Empiezas a ver como la recta final está cerca, que tu vida va a continuar allí donde la dejaste, que el paréntesis que tomaste en tu vida parece que se acaba. Y todas aquellas emociones que tuviste en tu viaje de ida, de repente se dan la vuelta. O no se dan la vuelta, se mezclan. Mezclas las ganas de volver a ver a todas esas personas que hace 6, 9 meses o incluso un año que no ves con dejar de ver todos los días a aquellas personas que te han marcado tanto, que te han acompañado en tu experiencia, que han estado contigo en todo momento, que te han entendido. Mezclas la tristeza de abandonar tu vida en este país que ahora pareces conocer tan bien, con la alegría de volver a tus orígenes, volver a vivir aquello que echas tanto de menos en algunas ocasiones. Y como no, como siempre en nuestra vida, la incertidumbre por el futuro sigue contigo en todo momento.

Pero aquí está la magia de la vida, en saber disfrutar y apreciar cada momento que vivimos. Tomar decisiones que nos acompañen el resto de nuestra vida, estar orgullosos de ellas, conocernos más a nosotros mismos, no abandonar nuestros orígenes, pero tampoco abandonar aquel camino que estamos recorriendo cada día con nuestros pasos. Y no querer decir nunca adiós a algo, porque es mucho más bonito decir hasta siempre.

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