Lo que está muerto no puede morir

dracula-prince-of-darkness-original

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Hace unos años el fenómeno vampírico asaltó páginas de libros y pantallas de cine y televisión. Lo fantástico estaba de moda. Aquellos vampiros que se enfrentaban con hombres lobo por el amor de una humana, que brillaban con la luz del sol y que pretendían ser ídolos adolescentes habían sustituido a los verdaderos vampiros, los que provocaban pavor con solo intuir su presencia.

Por aquellos entonces yo tenía unos 15 años y había leído la novela de Bram Stoker con mucha curiosidad -tanta como con la que después leí El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, de R.L. Stevenson, o Frankenstain, de Mary Shelly- y empecé a darle vueltas a aquel mundillo de la literatura fantástica. Poe y Lovercraft vendrían después, junto a algo de Anne Rice a lo que no acabé de cogerle el gusto. Y, sobre todo, aquellas novelas de literatura juvenil que poco a poco se iban imponiendo. Siempre he dicho que para criticar algo, tienes que conocerlo.

De esta manera, he de confesar que precisamente los vampiros fueron el tema central de una tímida e infame novela que escribí por esos años -primera y última que he terminado, con aquella inocencia con ínfulas de ser algo más y que por el bien de la literatura y mi dignidad nunca deberá ver la luz-, enfadada y horrorizada a partes iguales por el trato que se estaba dando a aquel género de terror convertida en literatura juvenil descafeinada, inodora, insípida y, prácticamente, incolora.

Por suerte, los vampiros adolescentes han quedado algo desfasados. Probablemente, dentro de 119 años nadie se acuerde de ellos. Pero de quien si nos vamos a acordar es de Dracula, aquel libro que nos hizo estremecer de los pies a la cabeza y que sentó las bases para hacer de este ser fantástico -o no- toda una leyenda.

El 26 de mayo de 1897 vio la luz -irónicamente- por primera vez la novela de Bram Stoker, con aquella portada tan sobria de fondo amarillo y el título y nombre del autor en rojo sangre aglutinados en la parte de arriba. Aquella novela en forma epistolar supuso un pistoletazo de salida a la inmortalización de la leyenda que ha sobrevivido.

Sin Drácula nunca hubiésemos llegado a aquella erótica del horror, vampiros que seducían, que asaltaban ventanas en plena noche para morder y sacar hasta la última gota de tu sangre. Aquel mordisco que tampoco ibas a evitar con camisones con puntillas, largos hasta los pies y chorreras en el pecho, camas con dosel y mirada hipnótica.

Sin aquel libro -que al parecer muy pocos han leído- nos hubiésemos perdido algunos de los grande hitos del cine: Nosferatu, aquel húngaro con cara de pocos amigos y esmoquin, Bela Lugosi, no hubiese muerto como Drácula. El siempre magnánimo Christopher Lee no hubiese encarnado hasta diez veces al archiconocido conde (aunque la última de ellas fuese sólo con su voz), prácticamente desde que comenzase su carrera dos años antes de su muerte, de la que la pasada semana se cumplió un año.

Y es que, como se dijo en otra historia algo después, lo que está muerto no puede morir.

 

Anuncios

2 comentarios en “Lo que está muerto no puede morir

  1. Pingback: La noche en que nació el moderno Prometeo | La línea de fuego

  2. Pingback: La noche en que nació el moderno Prometeo | Vidas en Papel

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s