A puertas del bicentenario, el Perú se salva nuevamente del abismo

Se ganó. Las fuerzas democráticas volvieron a vencer en otra batalla electoral librada de espaldas al abismo. Pero a menos que seamos adictos irremediables a la precariedad, no hay razón para estar satisfechos. Hay, de todos modos, algunas cosas sobre las que sí podemos estar razonablemente contentos, aunque sea por un rato.

Gustavo Gorriti – Columna de Reporteros 9/06/2016

Pedro Pablo Kuczynski es el nuevo presidente electo del Perú (Foto: REUTERS/Guadalupe Pardo)

Pedro Pablo Kuczynski es el nuevo presidente electo del Perú (Foto: REUTERS/Guadalupe Pardo)

Por Nicolás Bello (@nbello_II)

El final de fotografía del ballotage celebrado el 5 de junio demuestra una vez más que los peruanos parecemos vivir siempre al borde del abismo, pero no estamos dispuestos a permitir el regreso de un modelo mafioso en el gobierno, especialmente cuando en cinco años se cumple el bicentenario de la Declaración de Independencia y la fundación de la República.

Al 100% de las actas contadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el candidato Pedro Pablo Kuczynski – conocido sencillamente como PPK – obtuvo el 50,12% de los votos válidos, contra los 49,88% de Keiko Fujimori. Cuarenta y un mil seiscientos ochenta y cuatro votos los separaron, pero los suficientes para hacer la diferencia.

Es la segunda elección consecutiva que la señora Keiko Fujimori intenta la presidencia – lo hizo en 2011, cuando luchó el ballotage contra el actual presidente Ollanta Humala – confiando en que la mayor parte de peruanos reconocería y agradecería la gestión de su padre durante los años 90, pero sin éxito.

Por el contrario, esta ha sido una elección cerrada, pero no polarizada entre izquierdas y derechas como lo fuera la del 2011, y en la que el peso del antifujimorismo, la ayuda de la izquierda, y la investigación periodística seria, han sido vitales en el resultado final.

La caída final de Keiko Fujimori fue la investigación del periodista Gerardo Reyes para Univisión – en colaboración con el programa periodístico peruano Cuarto Poder – que ligaba al Secretario General del partido Fuerza Popular, Joaquín Ramírez con el narcotráfico.

Un ex-informante de la DEA, el piloto Jesús Vásquez, afirmó que había hablado reiteradas veces con Ramírez, quien le había pedido consejo sobre la compra de avionetas y eventualmente comentaría sobre “un trabajo de lavado de activos por 15 millones” para Keiko Fujimori.

La DEA confirmó, oficialmente, que estaban investigando a Ramírez, hecho sin precedentes, ya que la institución no suele “ni negar, ni afirmar” las investigaciones que está haciendo, como explicaba Gerardo Reyes cuando se le preguntó por el asunto en la prensa peruana.

Keiko Fujimori se ha defendido siempre – tanto en 2006 cuando decidió refundar el partido del padre, como en 2011, en que con 35 años dio el salto a la carrera presidencial – afirmando que ella “no es su padre” y que “los errores de su padre no la hacen pecadora a ella”. No obstante, la investigación demostraba que los vínculos con el narcotráfico no le eran ajenos, ni a su entorno.

A esto le siguieron las marchas organizadas por el Colectivo No a Keiko, particularmente en Lima – “¿qué son unos cuantos miles de personas marchando en un país de millones?”, preguntaron muchos -, y la publicación del documental “Su nombre es Fujimori: Biografía No Autorizada de la Familia Fujimori”, del cineasta Fernándo Vílchez, que lograron dar la estocada final a su candidatura en la capital.

Pero el verdadero golpe se dio en el sur del país. Huancavelica, Ayacucho, Apurímac, Arequipa, Cusco, Puno, Moquegua y Tacna están entre las regiones que más fuertemente fueron golpeadas por el terrorismo de Sendero Luminoso durante los años 80 y 90, pero también los que sufrieron la más salvaje represión del gobierno fujimorista y, en última instancia, se liberaron solas a través de comités de autodefensa. Son las regiones que desde el 2006 han votado a la izquierda y las que repetidas veces han sido llamadas “terroristas”, “antisistema” y “revoltosas” por sus opciones y filias políticas.

Cajamarca, en el norte peruano – con el principal conflicto minero del paístampoco ha perdonado al fujimorismo y su manera de introducir reformas económicas que no tomaron nunca en cuenta las necesidades de la población. Cajamarca votó por el izquierdista Gregorio Santos en la primera vuelta. Lo mismo Loreto, región donde nació Kuczynski y cuya población sufrió la Guerra del Cenepa, contra Ecuador, en los años 90.

Las regiones donde ganó el fujimorismo son aquellas donde el terrorismo no golpeó y fueron más susceptibles al discurso oficial que afirma que “Alberto Fujimori salvó al país del terrorismo”. Pero también son, en algunos casos, regiones con puertos claves para el narcotráfico y altos niveles de delincuencia – La Libertad, Piura, Lambayeque, Ancash e Ica – o directamente ligados a actividades extractivas ilegales – Ucayali, con la tala ilegal y Madre de Dios, con la minería de oro aluvial -.

El caso de la ciudad portuaria del Callao, vecina de Lima, es la única excepción: es la principal salida de cocaína del país, sea por el puerto o por el aeropuerto internacional, pero es una región cansada de la delincuencia y que ya no confía en la “mano dura” que ofrece Keiko. Sus últimos dos presidentes regionales han estado ligados al narcotráfico y a las mafias generadas a su alrededor.

Al respecto, el periodista Gustavo Gorriti ha afirmado:

Que alguien proclame, como ella [Keiko] lo hizo, que no le temblará la mano para ordenar una serie de medidas draconianas pero de más que dudosa eficacia (desde el Ejército en las calles hasta el retorno del 24×24 en la Policía), significa que la mano está firme pero el cerebro no tanto. La mano dura efectista es una forma de demagogia tan dañina como la demagogia económica. Esta última puede terminar en una desastrosa hiperinflación, como lo demostró Alan García en su primer gobierno. La anterior puede llevar a situaciones como las del triángulo norte de Centroamérica, con el Ejército en las calles, las maras por todas partes y la población desesperada por escapar de sus depredadores. Así que no. El gobierno de Keiko Fujimori hubiera sido probablemente uno de mano dura (lo cual le hubiera traído inicialmente una gran popularidad y estimulado el refuerzo de ese tipo de medidas), pero, por serlo, me parece que no hubiera terminado bien.

Esta es la radiografía de un país que hace 16 años recuperó la democracia – todo peruano recuerda la Marcha de los Cuatro ‘Suyos’de las manos de un dictador disfrazado de demócrata, y que ha luchado, voto a voto, para evitar perderla de nuevo.

El tiempo es crucial: el 28 de julio de 2021, día en que el nuevo presidente deje el cargo, se habrán cumplido 200 años desde que el Libertador José de San Martín pronunciara en Lima las palabras: “Desde este momento, el Perú es libre e independiente, por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de la causa que Dios defiende”. Y los pueblos han preferido la libertad sobre el abismo.

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