Una tumba de hormigón

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Chernóbyl fue la tumba de la carrera nuclear rusa. | Paul Fusco/Magnum Photos

Por Marina Corredor (@BeastInstincts)

Pocos recuerdos me quedan de aquel 26 de abril de 1986. Todavía era una niña, sin ninguna clase de preocupación, sin entender de verdad lo que estaba ocurriendo a apenas tres kilómetros de mi casa en aquella madrugada tan fatídica.

Vivía en Prípiat, una ciudad de unos 50.000 habitantes que daba cobijo a los trabajadores de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, uno de los orgullos de la Unión Soviética por aquel entonces, aparte de una enorme fuente de energía y  uno de los emblemas de la carrera nuclear soviética. Entre sus filas había experimentadísimos ingenieros y mucho chico joven, niños recién graduados, cuyo sueño era formar parte de aquel maravilloso entramado de cables, reacciones y peligro.

También era la atracción especial de aquel lugar: grandes edificios de hormigón, torres que expulsaban vapor de agua y completamente rodeado por agua. Parecía un castillo, una enorme fortaleza que podía hacer cumplir los sueños de aquellos que pudiesen poner un pie allí. Tenían en sus manos poderosas herramientas con las que hacer que el flujo de energía no acabase nunca y poder proporcionar al resto de camaradas aquel impulso vital para que nuestra vida pudiese seguir avanzando.

Aquella noche estaba durmiendo profundamente en mi habitación, soñando con poder trabajar algún día allí, en aquel castillo de hormigón, admirando cómo el hombre había aprendido a extraer la chispa de la vida en minerales peligrosos. No recuerdo oír la explosión, ni ver aquella luz brillante en el cielo; sin embargo, mi madre se despertó al ver tanta luminosidad a aquella hora de la noche. Corrió a despertar a mi hermano mayor y avisaron a mi padre. Trabajaba en el cuartel de bomberos del pueblo y nada más ver aquel destello en el cielo, fue directo a avisar a sus compañeros, y allí esperaron órdenes para acudir al lugar del accidente.

Eran las cuatro de la mañana cuando me levanté y vi a mi madre preocupada en la cocina. Estaba al lado del teléfono y mi hermano andaba nervioso de un lado a otro. La incertidumbre nos consumió durante aquella noche y aquel día.  Llamaron al cuartel del pueblo por la mañana, necesitaban refuerzos para seguir apagando el incendio. Mi padre y su equipo fueron para allá. Nunca volví a verle.

Mi madre decidió sacarme al parque, mientras mi hermano se quedaba en casa esperando junto al teléfono a que confirmaran que no había sido nada grave y que mi padre iba a estar en casa esa misma tarde. Mientras paseábamos y disfrutábamos de aquel estupendo día de abril, el Ejército Rojo empezó a invadir las calles con soldados llevando máscaras de gas y grandes vehículos de guerra cerraban cruces. Mi madre y mi abuela temieron lo peor: era la Tercera Guerra Mundial y habían atacado nuestra central nuclear. Con el miedo recorriéndonos el cuerpo volvimos a casa, inseguras, sin saber qué sucedería al día siguiente. Mientras tanto, mi hermano siguió esperando al lado de un teléfono que jamás volvió a sonar.

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Todos esperábamos una llamada que nunca llegó. | Paul Fusco/Magnum Photos

Al día siguiente, 28 de abril, recuerdo que el ejército llamó a nuestras casas y nos pidió que recogiéramos nuestras cosas y fuésemos a un autobús que se nos había designado. Mi madre estaba presa del pánico y rompió a llorar cuando vio al soldado en la puerta de nuestra casa. Cogimos nuestras pesadas maletas y nos fuimos de nuestro pequeño hogar. Mi madre no paró de llorar desde que tuvo que cerrar la puerta de su casa hasta que llegó a la ciudad que nos acogería. Preguntó de nuevo por mi padre, y no obtuvo ninguna respuesta. Escuchamos que una de nuestras vecinas, una mujer mayor, viuda, se negó a marcharse de allí. “Si tiene que pasar otra guerra, que pase y que me muera aquí, pero no pienso huir más”, fue la respuesta ante el soldado que le pidió abandonar su piso.

Al día de llegar a Kiev por fin supimos lo que había ocurrido en la planta de Chernóbyl: un accidente que estaba causando problemas. Conseguimos tranquilizarnos un poco, pero seguíamos inquietos: ¿cómo de grave era ese problema? ¿Cuándo podríamos volver a nuestras casas? ¿Estarían nuestros familiares bien? Con el transcurso de las semanas las noticias fueron empeorando, así como nuestro estado de ánimo, y nuestras esperanzas de que todo volviese a la normalidad.

Mi hermano, que estaba estudiando ingeniería de minas, se unió al cuerpo de los liquidadores en un intento de salvar Prípiat y la central. No quisimos dejarle marchar allí, pero terminó imponiendo su deseo. Una semana después nos enteramos de que había absorbido demasiada radiación y que había fallecido, igual que mi padre. No pudimos recuperar sus cuerpos ni enterrarlos con el resto de mi familia. Hubo que introducir ambos cadáveres en sendos sarcófagos de plomo y hormigón porque sus cuerpos rezumaban radioactividad.

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Fuimos irresponsables, y la naturaleza quiso devolvernos el golpe. | Paul Fusco/Magnum Photos

Ni mi madre ni yo volvimos nunca a Prípiat, ni pudimos enterrar a nuestros muertos. El gobierno nos hizo llegar una medalla que impusieron póstumamente a mi padre y mi hermano, dos liquidadores entre más de medio millón que acudieron a evitar una catástrofe todavía mayor. Eso no iba a devolvérnoslos, pero hizo que quedáramos en paz. Fueron héroes y murieron como tal.

A día de hoy, treinta años más tarde, mi madre sigue recordando con horror aquellos días en los que perdimos todo, incluso nuestra vida. Rehacerla en Kiev no fue sencillo, y a pesar de salir casi indemnes de aquello, muchos ciudadanos nos trataban con pena y compasión. No queremos ser víctimas toda nuestra vida. Pero es sabido que ha habido una gran incidencia en cánceres de tiroides, y de terribles consecuencias en los niños que nacieron después del accidente, y a pesar de eso, mucha gente no se cree que el accidente fuese tan grave. Siguen engañados bajo la manipulación de los vestigios de la Unión Soviética, que siempre minimizó el accidente y sus consecuencias. La OMS afirma que todavía, en 2016, se desconocen las consecuencias completas del accidente de Chernóbyl.

Los científicos dicen que la zona de alienación, esa donde está mi ciudad, no podrá volver a ser habitada en más de 200.000 años. He visto fotos que algunos intrépidos reporteros han hecho de los edificios, de los campos… Y se ha detenido el tiempo allí. Los animales salvajes han vuelto a tomar el lugar que les correspondía, igual que la flora. No hay rastro de vida humana. Han regresado a tomar lo que como humanos irresponsables les quitamos.

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