Un país derrotado

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Y al salir a la calle, cubiertas de pies a cabeza. La represión y brutalidad que reciben las mujeres dominadas por la sharia en Afganistán es inimaginable.

Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

Afganistán es un país considerado generalmente como parte del Asia central y que hace frontera con Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y China.

Vive en guerra desde el año 2001 y sus problemas políticos, sociales, culturales y religiosos se remontan a la intervención soviética en 1979 (son anteriores, pero dicho momento supuso un punto de inflexión), que condujo a una guerra abierta con los Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría y con varios actores sobre el terreno. Pero, ¿cómo empezó todo? ¿Y cómo se ha llegado a la situación política actual?

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban su posición hegemónica en el mundo, así como sus zonas de influencia. Unos países eran más cercanos a la órbita capitalista y americana y otros a la comunista y soviética, pero era difícil escapar de esta dicotomía, producto de un mundo bipolar (también había países que se declaraban “neutros”). En este sentido, Afganistán supone un enclave importante desde el punto de vista estratégico, ya que hace de puente entre Asia y Oriente Medio. Desde la década de los 50, los soviéticos colaboraron con los afganos ayudándoles en su proceso de modernización, de construcción de infraestructura (carreteras, puentes, aeropuertos…), de cambio en el modelo político del país (que pasó de ser una monarquía absolutista a una constitucional) y de aprovisionamiento e instrucción militar, y es que las Fuerzas Armadas de Afganistán estaban cada vez más influenciadas por el marxismo. En lo que se refiere a las diferentes facciones comunistas del país (“Jalq” y “Parcham”) consiguieron fusionarlas en un solo partido: el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA).

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Kabul en 1960, antes de que EEUU y la URSS entraran en guerra en territorio afgano.

Como decíamos, los soviéticos dieron su aprobación al cambio político que se produjo a principios de la década de los 70. Un 17 de julio de 1973, el príncipe Mohammad Daoud Khan derribó la monarquía corrupta de su primo, el rey Mohammed Zahir Shah, convirtiéndose en primer ministro y con el apoyo de la mayor parte del pueblo afgano. Pero Daoud, a diferencia de lo esperado por la Unión Soviética, se mantuvo al principio neutral. Poco después comenzó una dura represión contra los comunistas afganos, llegando a asesinar a uno de sus líderes, Mir Akbar Khyber, lo que condujo a la Revolución de Saur, también conocida como Revolución de Abril, con el PDPA al frente. Mohammad Daoud fue asesinado y Nur Mohammad Taraki (Presidente del Consejo Revolucionario de Afganistán) nombrado primer ministro.

El gobierno de Taraki inició un programa de reformas radical, con el objetivo de acabar con un sistema feudal, que implicaba eliminar la usura (una práctica que consiste en cobrar intereses excesivamente altos por un préstamo), una campaña de alfabetización en la que se incluyó a las mujeres, una reforma agraria radical, la prohibición del cultivo del opio, la legalización de los sindicatos, el establecimiento por ley de un salario mínimo y la igualdad de derechos para la mujer (llegando estas incluso al Parlamento). Además, el Estado pasó a ser laico.

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Clase de Biología en la Universidad de Kabul, con un alto porcentaje de mujeres estudiantes.

Es importante resaltar el aspecto de la mujer porque, como veremos cuando nos centremos en el contexto actual, Afganistán (ya de antes) estaba en proceso de equiparar a la mujer al hombre en cuanto a derechos y obligaciones, pero estas políticas terminaron con la implantación de la sharia (ley islámica) por parte del régimen talibán. Estas reformas provocaron el descontento generalizado de los fundamentalistas, quienes se oponían a estos cambios, ya que los consideraban una amenaza directa para su fe y su modo de vida tradicional. La rebelión no tardó mucho en llegar y los islamistas empezaron a realizar atentados terroristas contra las fuerzas gubernamentales.

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Imágenes de un aula en Kabul, en 1960.

En septiembre de 1979 tuvo lugar la chispa que encendió definitivamente el fuego. Hafizullah Amín, líder de la otra facción del PDPA, asesina a Taraki y da un golpe de Estado. Sus decisiones van encaminadas a detener las reformas de Taraki, y provocan un alejamiento de la esfera de la URSS. Esta decisión llevó a la URSS a conducir una operación secreta para hacerse con el control total del país, asesinando a Amín. La guerra había comenzado y EEUU (tras el visto bueno del presidente Carter) decide ayudar a los grupos rebeldes y de muyahidines (combatientes de distintos países musulmanes que acudirían al país a luchar contra los “infieles”). Muyahidín es una palabra que designa, en un contexto islámico, a toda persona que hace el “yihad”. Existen dos tipos: el yihad menor, es decir, la lucha contra los “infieles” y el yihad mayor, es decir, la lucha contra el mal que hay en uno mismo. Normalmente, los medios de comunicación utilizan esta palabra para englobar a todos aquellos que forman parte del primer grupo.

Lo que hay que tener claro de esta guerra son, sobre todo, dos hechos fundamentales: en primer lugar, la radicalización de los grupos rebeldes (su origen está, sobre todo, en las zonas rurales). Esta radicalización facilitó que los talibanes se hicieran con el poder en 1996, echando por tierra todos los avances que el país había conseguido hasta antes del comienzo de la guerra. En segundo lugar, que fue muy nociva para la URSS, ya que el coste económico, social y político del conflicto fue tremendo y el daño tan severo que deterioró al régimen y contribuyó a su caída definitiva.

Nada más entrar en el año 1989 los últimos soldados del Ejército Rojo cruzaron la frontera, abandonando Afganistán para siempre. No obstante, la guerra no terminó con la salida soviética. Pocos meses después caería el Muro de Berlín y el hundimiento del “paraíso” socialista era cuestión de tiempo. El primer ministro Najibullah (representante del comunismo afgano) consiguió resistir hasta abril de 1992, momento en que toma el control un gobierno de transición. El 1 de septiembre de 1996, los talibanes, integristas islámicos radicales, se hacen con el poder e implementan su particular interpretación de la “sharia”, poniendo fin a todas las reformas modernizadoras y progresistas que habían tenido lugar bajo el gobierno comunista, y que acababa también con las políticas de alfabetización y la inclusión de la mujer en la vida política, laboral y social, equiparándose a los hombres en derechos y obligaciones. De este modo, el conflicto llegó momentáneamente a su fin y EEUU abandonó Afganistán, sin aportar ayudas económicas o de otro tipo para reconstruir al país. Este hecho molestó a algunos de sus aliados, que pasarían a financiar al terrorismo internacional en contra de los intereses de la Casa Blanca.

Al Qaeda es, fundamentalmente, un producto de esta guerra de Afganistán. En sus comienzos fue un movimiento internacional de muyahidines de distintos países, entrenado y financiado por la CIA. Una de las cabezas visibles de la organización era un joven saudí llamado Osama Bin Laden, quien pronto se convertiría en el líder más famoso de la organización. Así las cosas, EEUU había contribuido al entrenamiento, armamento y ascenso de Al Qaeda, hecho por todos conocido e incluso reconocido por Hillary Clinton, la candidata que se presenta a presidenta del Gobierno para el Partido Demócrata. Pero la historia no termina aquí.

Tras el 11 de septiembre de 2001, EEUU empezaría junto a sus aliados (España y Gran Bretaña) su particular operación contra el llamado “eje del mal” en el marco de la “guerra contra el terrorismo”, bajo el pretexto de que Afganistán (invadida en 2001) e Irak (invadida en 2003) ayudaban de alguna manera a la organización terrorista de Al Qaeda, ya fuera dándoles protección o financiamiento, argumentos recogidos en diversas resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que acaban invocando el capítulo VII de la Carta, el relativo al derecho a la legítima defensa en casos de agresión y amenazas o quebrantamientos de la paz. También se especuló con unas supuestas “armas de destrucción masiva” que nunca fueron encontradas, y que resultaron ser una burda mentira.

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Kabul, capital de Afganistán, en los años 60.

Estos hechos son muy graves porque, a pesar de que ha habido mucho debate acerca de si la invasión fue o no legal, el consenso mayoritario de los profesores expertos en derecho internacional es que la guerra de Afganistán fue (es) claramente ilegal. En primer lugar, porque el envío de tropas por parte del Gobierno español se realizó al margen de la Constitución española (corresponde a las Cortes Generales determinarlo); en segundo lugar, porque los artículos 5 y 6 del Tratado del Atlántico Norte solo contemplan el uso de la fuerza armada en ejercicio del derecho a la legítima defensa ante un ataque armado a una de las partes en Europa o América del Norte, por lo que, las tropas españoles no podían participar en una misión de este tipo; en tercer lugar, incumple las condiciones a que se somete el derecho de legítima defensa establecidos en los artículos 2.4 y 51 de la Carta de las Naciones Unidas y, en cuarto y último lugar, el Consejo de Seguridad no puede validar una guerra de agresión como es la guerra de Afganistán, ya que eso viola el contenido de la Carta de las Naciones Unidas. Son hechos muy graves porque constituyen otra prueba más de que nuestros gobernantes no respetan ni sus propias leyes y normas. No rinden cuentas ante nadie y han permitido crímenes de guerra tanto en Afganistán como en Irak. Eso sí, todo bajo el amparo de la ONU. Legal o no, cabe hacerse varias preguntas: ¿Afganistán es un país más seguro tras la entrada de las tropas de la OTAN en el país? ¿Ha aumentado la seguridad y la paz internacional? ¿Ha mejorado el nivel de vida medio de un ciudadano afgano? ¿Y sus derechos y libertades respecto a la década de los 70? Desde que EEUU intervino en el país en 1979 las cosas siempre han ido a peor y, a pesar de ello, no se han exigido responsabilidades políticas a sus gobernantes. Tampoco a los nuestros. El Departamento de Defensa tampoco rinde cuentas ante nadie y si criticas este hecho serás calificado por los abanderados del american way of life como un antipatriota, lo cual en EEUU te convierte prácticamente en un apestado.

Y si se pensaban que la historia terminaba aquí, siento decepcionarles de nuevo, porque el Gobierno americano tampoco ha cumplido plenamente con su compromiso a reconstruir social y económicamente al país, tal y cómo se recoge en las resoluciones del Consejo de Seguridad. La Fuerza de Acción para las Operaciones de Empresa y Reconstrucción de Afganistán ha supuesto 800 millones de dólares, pero el Pentágono ni tan siquiera sabe a dónde ha ido a parar ese dinero. El despilfarro es tremendo y las operaciones secretas, contratos inflados y sobornos de todo tipo, por lo visto, también. Sirva de ejemplo que EEUU ha gastado 42 millones en construir una gasolinera (sí, han leído bien: la más cara del mundo), cuando en Pakistán, país vecino, ese tipo de instalaciones cuestan en torno a los 300.000. Eso sí, todo religiosamente financiado por el bolsillo del contribuyente. En fin, el régimen talibán cayó, pero la guerra en Afganistán continúa hasta nuestros días y habiendo pagado el precio en sangre. Sin ir más lejos, el Estado Islámico es consecuencia directa de la guerra de Irak, la otra cara de la guerra sucia en Oriente Medio.

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Las mujeres han perdido su libertad en Afganistán, relegadas a la esfera privada. Históricamente, eno siempre ha sido así.

En 2005 se celebraron elecciones legislativas, por primera vez en 33 años. Los talibanes amenazaron a votantes y electores y varios candidatos fueron asesinados antes de la fecha de la elección. En las celebradas en el año 2010, las cosas no fueron a mejor. Decenas de personas murieron como consecuencia de los ataques talibanes en colegios electorales y zonas colindantes. Durante los últimos años no solo han controlado buena parte del país, sino que también han tenido su representación en el gobierno, a través de políticos que estuvieron ligados en el pasado a estos grupos integristas y que también controlan buena parte de la industria de la droga, a través de la producción del opio (según datos de Naciones Unidas, los ingresos que genera el opio financian el 15% de las actividades de los talibanes y Afganistán es el primer productor mundial de opio, cuya producción ha ido en aumento). Aunque parte de los medios de comunicación anunciaron a bombo y platillo que en 2014 la toma de posesión se había producido de forma pacífica por primera vez en más de un siglo, lo cierto es que el proceso electoral no fue ni mucho menos idílico y la Comisión Independiente Electora dio a entender que hubo fraude con las papeletas.

A pesar de las conversaciones de paz en Pakistán entre el gobierno de Afganistán y los talibanes, todavía estamos lejos de llegar a ella. Paz no es solamente ausencia de guerra y, en este sentido, queda mucho camino por recorrer. Los talibanes controlan como mínimo un tercio del país, donde imponen su despiadada versión de la “sharia”, que afecta indiscriminadamente a la población civil que vive bajo su yugo. Abusos, violaciones, violencia de género, penas de muerte aleatorias… Es parte del historial talibán, de las condenas y represiones a las que someten a todo aquel que no necesita a su dios para vivir, o que simplemente no comparte su ideología.

Caso aparte es el que afecta a las mujeres que viven bajo el dominio talibán. Baste con decir que pasaron de tener presencia en la esfera pública y con acceso a la educación y a las profesiones liberales, con derechos y obligaciones similares a las de los hombres, a quedar nuevamente totalmente recluidas a la esfera privada, sin ningún derecho más que el de procrear, dedicarse a las tareas domésticas y decir amén a todas las órdenes impuestas por sus maridos. Y al salir a la calle, cubiertas de pies a cabeza. La represión y brutalidad que reciben las mujeres dominadas por la sharia en Afganistán es inimaginable, situación totalmente diferente a la que se vivía hace cuatro o cinco décadas.

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