Los restos de la primavera árabe

La plaza Tahrir tras la caída de Mubarak. (Reuters).

La plaza Tahrir tras la caída de Mubarak (Reuters).

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

El pasado 11 de febrero se cumplieron cinco años de la caída del dictador egipcio Hosni Mubarak como consecuencia de la llamada “primavera árabe”, el inicio de una revolución que se quedó en eso, en inicio. Cinco años después de las manifestaciones, las protestas ciudadanas y la resistencia en la plaza Tahrir de El Cairo, los egipcios han visto cómo sus esperanzas de cambio quedaban truncadas por un régimen que vuelve a ser una dictadura: el de Abdel Fatah Al Sisi.

La resistencia a Mubarak estaba dividida fundamentalmente en dos grandes grupos: islamistas y seculares. Con la caída del dictador, los primeros, representados mayoritariamente en los Hermanos Musulmanes, tomaron su parte del poder, hasta 2013, cuando se produjo un golpe de Estado militar y Mohammed Morsi, que había sido elegido en los comicios, fue apartado del poder. Por su parte, los seculares denunciaban el uso que los islamistas hacían del poder en favor de los preceptos religiosos. Así, tras haberse librado de una dictadura, los egipcios se vieron inmersos en otra, liderada por el general Al Sisi, que en ese momento gozaba de una gran popularidad. Hasta ahora.

Desde entonces, su liderazgo ha ido decreciendo. En un reportaje del número 19 de la revista Papel, varios egipcios señalan lo que desde otros países no vemos: que la popularidad de Al Sisi está cayendo en picado y que el pueblo sigue teniendo ganas y necesidad de cambio. Sin embargo, Al Sisi todavía goza de plenos poderes ejecutivos y además, como apunta Ignacio Álvarez-Ossorlo (profesor de Estudios Árabes en la Universidad de Alicante) en una columna del diario El País, “cuenta con la complicidad de los aparatos legislativo y judicial”.

Se han celebrado elecciones, sí. Entre octubre y noviembre se llevaron a cabo las legislativas, en las que Al Sisi pedía la participación masiva de la ciudadanía. Pero hay que saber que los principales partidos de oposición no se presentaban y, para los analistas, la baja participación es una consecuencia de ello. El régimen de Al Sisi también ha contribuido a la radicalización. Su brutal represión a los Hermanos Musulmanes (más por evitar cualquier tipo de oposición que por motivos religiosos) ha hecho que el fundamentalismo aumente.

La impresión es que al régimen de Al Sisi le crecen los enanos, que muchos sectores de la población sufren de represión por su parte, y que los egipcios no olvidan el germen de aquella primavera ni a sus mártires; pero el régimen aún goza de legitimidad.

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