‘La chica danesa’ o la lucha por ser uno mismo

Por Adriana Benito (@adriactriz)

(Este artículo puede contener spoilers).

“No hay nada que atormente más a un hombre que seguir el camino que lo lleve a uno consigo mismo”, sentenciaba Hermann Hesse en Demian. Una verdad que pudo experimentar en sus propias carnes Lili Elbe, la primera mujer transgénero registrada en el mundo. Tom Hooper rescata en la gran pantalla el tema de la transexualidad, que a día de hoy continúa siendo tabú. No en vano, la película ha sido prohibida por “depravada” en países como los Emiratos Árabes, Jordania, Kuwait, Qatar, Oman y Bahrain. Y a pesar de que en otros tantos países no haya sido prohibida todavía existen mentes pacatas que no son capaces de comprender el drama que supone para estas personas verse atrapadas en un cuerpo que no les corresponde.

La chica danesa cuenta la historia de Einar Wegener (interpretado por un maravilloso Eddie Redmayne), un pintor paisajista casado con Gerda Wegener (Alicia Vikander), quien llegó a convertirse en una de las máximas representantes del art decó danés. Sería demasiado simplista considerar que Einar descubrió su identidad femenina cuando su esposa le pidió que posara para ella con ropa de mujer, pero ese momento sin duda constituyó un punto de inflexión en la personalidad de Einar, el regreso a sus deseos más ocultos. Einar no ignoraba que era diferente, y desde que su padre montó en cólera al verle besarse con un amigo cuando era niño se esforzó en llegar a ser lo que la sociedad quería de él. Sin embargo, Lili aguardaba en su interior y Einar ya no era capaz de acallarla. Tom Hooper retrata con maestría la metamorfosis que experimenta Einar, desde el día que actúa como modelo femenina para Gerda hasta que se pone su combinación bajo la ropa y acude a fiestas vestido de mujer. Es entonces cuando ambos perciben que algo no marcha como antes, que lo que había empezado como un juego se había materializado en algo real e ineludible. Einar ya no es Einar, sino Lili Elbe, una mujer que habita en un cuerpo de hombre. Para intentar frenar el proceso, la pareja decide emprender una peregrinación por las consultas de los médicos, donde el filme nos muestra las barbaridades a las que antes se les sometían a los transexuales, tales como el tratamiento con radiación o los diagnósticos de esquizofrenia y perversión. Será en París donde Einar encuentre la solución definitiva a ese “fallo de la naturaleza” de la mano del doctor Vanderkos, quien representa al verdadero Dr. Magnus Hirschfeld, pionero en la lucha de los derechos del colectivo LGBT. Lili fue intervenida dos veces: una para extirparle los genitales masculinos y otra para construirle una vagina, operación a la que no sobrevivió. Lili murió con el recuerdo del sueño de ser un bebé en brazos de su madre, murió con la satisfacción de haber nacido por fin como mujer.

Yo, como mera espectadora, no puedo ocultar mi fascinación después de haber visto la cinta de Hooper. La chica danesa es poesía de principio a fin, desde imágenes como Einar acariciando el vestido que le presta Gerda para que pose para ella hasta el fotograma final en el que el pañuelo de Lili vuela libre por los fiordos que ella tanto pintaba en sus obras. La chica danesa es amor en el más amplio sentido de la palabra, con una espléndida Alicia Vikander que encarna a Gerda, una mujer que acompaña al amor de su vida en su transición de hombre a mujer porque ella está enamorada realmente de la persona, sin importarle el cuerpo que esta tenga. La chica danesa es esperanza, por demostrar que es posible llegar a ser nosotros mismos a pesar de todas las dificultades que nos rodean. Y La chica danesa es talento, con nominaciones a los Oscar como Mejor Actor (Eddie Redmayne), Mejor Actriz de Reparto (Alicia Vikander), Mejor Vestuario (Paco Delgado) y Mejor Diseño de Producción (Eve Stewart y Michael Standish).

Ojalá que La chica danesa sirviera para concienciar de una vez por todas a la sociedad de que los transexuales son personas normales, solo que han tenido la desgracia de nacer con el cuerpo equivocado. Ojalá que países como Nigeria, Somalia, Irán, Mauritania, Arabia Saudí, Sudán y Yemen dejen de castigar la transexualidad con la pena de muerte, inadmisible en pleno siglo XXI. Y ojalá que algún día lo que realmente importe es que seamos felices independientemente del cuerpo o la apariencia que tengamos, porque como dice Alice Munro: “La cuestión es ser feliz. A toda costa. Inténtalo. Se puede. Se aceptan las cosas y la tragedia desaparece”.

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