Artur Mas, la CUP y el acuerdo final

Independència

Por Nico Ribas (@nicolasribas_)

El pasado 27 de septiembre se produjeron las elecciones al Parlament de Cataluña y ya desde el análisis postelectoral que hiciera el excabeza de lista de la CUP, Antonio Baños, la formación anticapitalista dejó clara su postura sabedora del papel fundamental que iba a tener a la hora de investir al nuevo “president”: “no” rotundo a Artur Mas, candidato al que identifican con “los recortes y la corrupción”, debido a su mala gestión como president de la Generalitat al frente de CiU. “El que presida no puede ser identificado ni con los recortes ni con la corrupción”, era la lectura que hacía el exlíder “cupaire” al tiempo que sostenía que la nueva etapa debía dar comienzo de forma ejemplar y con un nuevo presidente. Desde entonces el discurso de la CUP siempre ha sido el mismo, recordando una y otra vez que Mas se enorgullecía de haber sido el primero en utilizar la “tijera” en lo que fueron los recortes más duros en toda España. Unos recortes que no solo no sirvieron para mejorar la deuda pública en Cataluña, sino que ésta prácticamente se ha duplicado desde que Artur Mas es el máximo dirigente de la política catalana, pasando la deuda de ser de 35.616 millones de euros (17.50% del PIB catalán) a los 64.466 millones actuales (32.80% del PIB). Resulta muy irónico que el president se queje del trato fiscal injusto que sufre Cataluña mientras aplica los recortes más duros de la historia de nuestra reciente democracia. Un trato fiscal que, efectivamente es injusto, y que va desde los 8000 a los 15.000 millones de euros de pérdidas para Cataluña según la fuente que consultemos.

Pero no nos vayamos por las ramas. Incluso vamos a obviar el hecho de que a Artur Mas (y por extensión a su partido) hasta hace nada la independencia le importaba bastante poco y que tal vez sus repentinos anhelos de “independencia” sean solo una tapadera para disimular su nefasta gestión. El pasado 30 de noviembre la CUP volvió a votar “no” a la investidura de Artur Mas en la jornada de debate nacional en Manresa y la respuesta de la formación, tanto del partido como de sus militantes, siempre ha sido la misma. Llegó el 27 de diciembre y las votaciones decisivas de la asamblea nacional del partido; tras las dos primeras votaciones, el mismo resultado. En la tercera votación ocurrió algo, como diría Mariano Rajoy, verdaderamente notable: empate total, con 1515 votos a favor y en contra de la investidura de Artur Mas, por lo que la decisión se aplazó hasta el 2 de enero, en la reunión entre el consejo político y el grupo de acción parlamentaria de la formación. A pesar de las presiones tanto de Junts pel Sí como de buena parte de la prensa catalana, la CUP decide finalmente mantener lo que dijo en campaña: no a la investidura de Mas.

Fue a partir de aquí cuando parte del sector independentista catalán tanto de la prensa como de la política empezó a perder completamente la cabeza, dando rienda suelta a su particular intolerancia. Periodistas, políticos, personas ligadas al ámbito universitario y personajes públicos y anónimos empezaron a dar muestras de esa riqueza verbal y lingüística a la que hacíamos referencia y a la CUP se le llamó de todo: traidores a la causa independentista, agentes encubiertos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), formación a sueldo del PP y de Ciudadanos, entre otras. Pero la mejor parte del pastel se la llevó Anna Gabriel, a quien llamaron puta (tal cual), gentuza, amargada y filoterrorista, entre otras lindezas. Incluso hubo quien se atrevió a comparar a los “camisas negras” del movimiento fascista de Mussolini con las “camisetas ralladas” de la CUP y Anna Gabriel al frente. Inaudito. Pero, como decíamos, toda esta retahíla de calificativos y demás respuestas desproporcionadas son solo los síntomas de la enfermedad y no la causa, que tienen su origen en algunos de los medios de comunicación catalanes. Tanto medios de comunicación públicos como privados (algunos de ellos subvencionados por la Generalitat, como ellos mismos publican) que siguen la línea editorial marcada por la Generalitat, llevan meses caldeando el ambiente por medio de la estrategia de la tensión y la crispación. Viendo todas estas reacciones airadas uno termina por preguntarse si no hay quizás una gran cantidad de gente que vive de esto. Y no me refiero a la independencia, opción política respetable (sobre todo cuando se hace desde el respeto), sino más bien a todo el circo que hay montado alrededor del tinglado “independentista”.

Los ánimos se fueron calmando y tras el último “no” de la CUP a la investidura de Artur Mas continuaron las negociaciones, ya que tanto Junts pel Sí como la CUP tenían hasta hoy domingo para llegar a un acuerdo. En este sentido, uno de los primeros en dar la cara fue Oriol Junqueras, máximo dirigente de ERC, quien instaba tanto a Convergència como a la CUP a ceder, llegar a un acuerdo y evitar así las elecciones. Mientras que Mas propuso a Junqueras un gobierno de Junts pel Sí hasta que se convocaran las elecciones en marzo, éste terminó por hacer lo que la CUP llevaba meses pidiéndole: instaba a Mas a apartarse para salvar el “procés”, ya que además entendía que esta propuesta era un fraude antidemocrático, fuera de la ley y que un gobierno de este tipo en plena campaña electoral no se había visto en ninguna parte del mundo. Este hecho resultó decisivo para desbloquear la situación, ya que Mas decide renunciar a presidir la Generalitat y después de que sonaran varios nombres como Neus Munté, Muriel Casals o incluso Raül Romeva, Junts pel Sí propone a Carles Puigdemont (Convergència), hasta ahora alcalde de Girona y ahora nuevo president de la Generalitat, propuesta que selló el acuerdo final entre Junts pel Sí y la CUP.

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