Bécquer, la poesía convertida en leyenda

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Retrato de Gustavo Adolfo por su hermano, Valeriano Bécquer.

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

El pasado 22 de diciembre se cumplieron 145 años de la muerte de uno de los escritores que más ha influido en la literatura actual. ¿Quién no ha leído, escuchado o incluso recitado ese famoso “Poesía eres tú”? Fue en 1870, tres meses después de que lo hiciese su hermano, cuando Gustavo Adolfo Claudio Dominguez Bastida, que firmaría bajo el apellido Bécquer dada su ascendencia belga, moría en Madrid dejando un legado aun sin conocer.

Hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los 10 años y su tío paterno le pronosticó un futuro más o menos acertado. “Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato”. Lo cierto es que Bécquer, como no podía ser de otra manera, se interesó por la pintura a lo largo de su carrera, considerándola un medio de expresión hacia lo inefable, superando a la literatura. Es por ello que estudió humanidades y pintura en Sevilla.

Fue en 1854 se trasladó a Madrid con la intención de forjarse un camino en el panorama literario. Sin embargo, no tuvo demasiado éxito y para poder vivir se refugió en el periodismo como oficio y en la adaptación de obras de teatro, principalmente francesas, en colaboración con su amigo Luis García Luna, firmando las adaptaciones conjuntas bajo el pseudónimo Adolfo García.

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Fotografía del escritor. Fuente: ABC

Su figura como periodista es quizás la menos conocida. Comenzó escribiendo noticias sueltas, aunque también estuvo al frente de varios medios, el más conocido, La Ilustración de Madrid, donde también participaba su hermano Valeriano -artífice del famoso retrato del escritor- como ilustrador.

Pese a todo lo escrito, Bécquer tan sólo publicó 12 de sus poemas en vida. A su muerte, el que ha sido una de las mayores influencias para autores como Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Dámaso Alonso tan sólo era considerado un buen periodista y escritor en prosa. La leyenda del poeta vino después.

Los “culpables” de esta leyenda fueron sus amigos, quienes se ocuparon de reunir 76 de las rimas del sevillano que el autor escribió en un libro de cuentas bajo el título de El libro de los gorriones, que hoy se guarda en la Biblioteca Nacional de Madrid, y se publicaron a título póstumo.

No digáis que agotado su tesoro
De asuntos falta, enmudeció la lira:
Podrá no haber poetas; pero siempre
Habrá poesía.

De esta manera, nos han llegado sus famosas Rimas y leyendas. El ideal poético de Gustavo Adolfo pasaba por la lírica intimista, sencilla, con facilidad de estilo y formas libres, alejándose de los cánones establecidos como ya lo habían hecho los románticos -movimiento al que se suscribió de manera tardía, cuando lo que ya predominaba era el Realismo-, pero de una manera distinta que le hizo, junto a Rosalía de Castro, ser el máximo exponente de una corriente distinta. Esta forma diferente de hacer se acerca al simbolismo, emparentándolo en cierto modo con el simbolismo de sus coetáneos franceses, Baudelaire, Rimbaud o Verlaine.

De la misma manera, la musicalidad y sensibilidad en las composiciones recuerda a la forma de hacer de Hoffmann o Poe. A este último remite, precisamente, la estética de ambientes fantásticos envueltos en lo sobrenatural y lo misterioso que muy a menudo contienen sus leyendas, fundidas con ese sello intimista que sólo puede ser becqueriano.

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Monumento a Bécquer en Sevilla, su ciudad natal.

Sobre su muerte se han sucedido algunas teorías. Hay quien dice que la causa fue la sífilis, otros, la tuberculosis, ambas al servicio de la leyenda del escritor formada tras su muerte. Según el crítico Jesús Rubio, la causa del desenlace fue simplemente una neumonía procedente de un resfriado que Bécquer cogió tras un viaje en tranvía desde Sol a su casa en Claudio Coello.

Puede que detrás de su leyenda sólo haya un rayo de luna, pero lo cierto es que marcó un hito en la historia de la Literatura que ha venido estirándose hasta nuestros días. “Volverán las oscuras golondrinas”, escribió, sin saber que nunca se había ido.

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