Ingobernables

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Los resultados del 20D no han sido los esperados para ciertos partidos. Tras las elecciones más esperadas de la historia, el reparto de los 350 escaños del hemiciclo es de 123 para PP, 90 para el PSOE, 69 para Podemos y sus confluencias, 40 para Ciudadanos, 9 para ERC, 8 para Democracia y Libertad, 6 para el PNV, 2 para Unidad Popular, igual que para EH Bildu, y 1 para Coalición Canaria.

Los comicios han traído, dentro de las posibilidades que da una ley electoral caduca e injusta, un panorama totalmente distinto al que estamos acostumbrados en España, aunque se resistan todavía al fin del debilitado bipartidismo. Pero si algo es totalmente cierto es que a los que ocupan los escaños las cuentas no les cuadran.

Con la fractura del voto de izquierdas, el que ha sido el partido de la oposición la última legislatura pierde fuelle y ve a sus votantes diseminados en otras fuerzas políticas. Llegados a este punto, el PSOE está entre la espada y la pared: si quieren resultados tendrán que ceder ante las presiones de Podemos e Izquierda Unida para un pacto. En este mismo sentido, las otras dos fuerzas de izquierdas deben mantenerse firmes en sus programas sin olvidarse de que están pactando con una parte de la política que tan duramente han criticado.

El principal reto que se presenta ahora es uno desconocido para la clase política: el diálogo entre los distintos partidos. Los pactos se vislumbran difíciles. La única manera de obtener una mayoría absoluta está en un pacto entre el bipartidismo: PP y PSOE sumarían juntos 213 escaños, un número más que suficiente para no necesitar más apoyos en la formación de gobierno.

Para mantener el gobierno de Mariano Rajoy, prácticamente la única opción del Partido Popular es el apoyo de Ciudadanos. Juntos, el total de escaños asciende a 163, insuficiente para una mayoría absoluta. Sin embargo, la formación de Albert Rivera ha repetido hasta la saciedad en la campaña su intención de abstenerse en la investidura de la lista más votada. O lo que es lo mismo, permitir al Partido Popular formar gobierno. Sin embargo, si los de Pedro Sánchez se abstienen, conseguirían una mayoría simple.

Por otro lado, un pacto entre PSOE y Podemos obtendría 159 escaños, por debajo del número de las fuerzas de derechas, y se quedarían cortos para una mayoría absoluta. En estas opciones, cuentan los síes, los noes y las abstenciones del resto de grupos.

Teniendo esto en cuenta, la suma de escaños que más facilitaría la formación de gobierno sería una gran coalición de izquierdas, donde la suma de PSOE, Podemos, IU, ERC, Bildu y Coalición Canaria llegaría a los 173 escaños, tres por debajo de la mayoría absoluta pero que, sin embargo, darían para una mayoría simple. ¿Utópico? Sí. ¿Imposible? Quizás también. La otra opción a esta coalición de izquierdas sería una segunda votación donde, sin duda, los resultados serán distintos.

Por un lado, los votantes del PSOE, desengañados tras el peor resultado de los socialistas en su historia, podrían pasar tanto a Ciudadanos como a Podemos, o incluso al PP, en un intento de que permanezca “lo malo conocido” y la estabilidad del régimen. Por otro, votantes de pequeños partidos de izquierdas otorgarían posiblemente esta vez su voto a Podemos, para conseguir que la formación morada suba e incluso supere al PSOE, permitiendo así que el partido liderado por Iglesias sea finalmente la clave del cambio. En definitiva, múltiples escenarios y ninguno claro.

Dentro del baile de pactos donde ningún bailarín parece querer compartir la canción con el otro, el punto clave es la ley electoral criticada, sobre todo, por los partidos más minoritarios, e incluso los que han obtenido los resultados más favorecedores.

El cambio que pide el país comienza por reformar esta Ley y la Constitución, válidas durante la transición pero que ahora quedan obsoletas. La necesidad, más que de cambio, es de ruptura y es imposible hacerla con las ataduras de la legislación.

El 20D no ha tenido ganadores ni perdedores. Si acaso, ha demostrado que las fuerzas emergentes, pese a quien pese, gozan de gran apoyo popular. No olvidemos que ni Ciudadanos ni Podemos tenían representación y que ambos han entrado de forma espectacular en el arco parlamentario.

Pero, al fin y al cabo, no se trata eso. Se trata de que la gente gane. De momento, y a riesgo de que suene conformista, ya se ha dado un paso hacia adelante: un diálogo tan inevitable como necesario, la consciencia de que el orden establecido puede y debe romperse cuando no funciona. Esto, señores, no es ingobernabilidad. Es Democracia.

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Un comentario en “Ingobernables

  1. Pingback: El cambio, agua estancada

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