El lenguaje como arma de manipulación política

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Por Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

El lenguaje ha sido siempre una herramienta imprescindible en las relaciones de los seres humanos. Como seres sociales que somos, necesitamos del lenguaje para comunicarnos entre nosotros. Desde los inicios de la humanidad, las palabras han encerrado los secretos del nacimiento y de la muerte, del éxito y del fracaso, de la vida y sus infinitas posibilidades. El lenguaje es un arte, del mismo modo que un músico hace arte cuando compone una canción, entrelazando en la secuencia perfecta palabras, ritmo y acordes; un pintor que dibuja un cuadro; una diseñadora que prepara la puesta en escena de una obra de teatro; una actriz que interpreta un determinado papel o un arquitecto que diseña un edificio. Tal vez no seamos conscientes del enorme poder que tienen las palabras y sin embargo ellas son las responsables de cómo interpretamos y construimos una realidad compleja. Las palabras no son inocentes y es por ello que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje que empleamos. Los problemas aparecen cuando vaciamos las palabras de contenido, alterando y adulterando su significado original.

Es importante que seamos honestos con nosotros mismos, ya que haciendo autocrítica nos daremos cuenta de que todos, en mayor o menor medida y con mayor o menor cuota de responsabilidad, hemos caído en el mal vicio de la deformación y la falsificación del lenguaje. Y si bien es cierto que este mal endémico forma parte de nuestra sociedad moderna, tampoco es menos cierto afirmar que ha sido alentado desde las estructuras del poder. Efectivamente, nos estamos refiriendo a políticos, banqueros, grandes empresarios y, en definitiva, a las élites económicas y dominantes.

Existe una ideología, una cosmovisión y unos valores que subyacen a esta forma de neolenguaje que distorsiona la realidad y que configura las almas de las personas. La actual perversión del lenguaje tiene implicaciones enormes y consecuencias impredecibles, que demuestran el grado de subordinación al que nos quieren someter. Es por ello que el control del lenguaje constituye un arma política esencial.

En este sentido se utilizan determinados eufemismos que esconden grandes injusticias. Estoy seguro de que alguna vez habéis encendido la televisión o abierto un periódico y habéis escuchado o leído cosas tales como que el acceso a la cultura a través de internet te convierte en poco menos que en un delincuente mientras el Gobierno aprueba leyes que restringen, dificultan o ponen a precio de oro el acceso a la misma. Utilizan exageraciones para convertir en problemas graves realidades inofensivas y del mismo modo se utilizan eufemismos para suavizar problemas que sí son realmente graves. Por ejemplo, en relación con las guerras, ya no hablan de guerras sino de “intervenciones militares” y hablan de “daños colaterales” en lugar de asesinato de civiles inocentes. Se llama “desnutrición” o “crisis alimentaria” al genocidio del hambre; “países en vías de desarrollo” a países empobrecidos por el expolio y la explotación de sus recursos naturales; hablan de “conflictos de baja, media o alta intensidad” en función del número de muertes al año que causa la guerra, como si las personas fuéramos un rebaño de ovejas etiquetados como número, cifra o código de barras.

Sin ir más lejos, en España se ha llegado a hablar de “desaceleración económica” en lugar de crisis financiera; hablan de “movilidad exterior” o, peor aún, “impulso aventuro de la juventud” para describir la emigración de la juventud española como consecuencia de la crisis financiera o debido a la dificultad que les supone acceder a un trabajo digno acorde con su formación. Del mismo modo hemos oído hablar de “tasa natural de desempleo” en lugar de paro; “procedimientos de ejecución hipotecaria” en lugar de desahucio; “reformas estructurales necesarias” al referirse a los recortes en Educación y Sanidad; “apoyo financiero” o “línea de crédito” en lugar de hablar de rescates; “crecimiento negativo” en vez de recesión; hablan de “flexibilización del mercado laboral” y no de abaratamiento del despido y así ad infinitum.

Pero, sin duda, una de mis palabras favoritas que utiliza el sistema de poder para manipular y amedrentar a la población es la palabra “terrorismo”, normalmente vinculada a determinados grupos terroristas que tienen su base en los países árabes y que, todo hay que decirlo, han sido en algunas ocasiones entrenados, apoyados y financiados por esos mismos gobernantes que dicen combatirlos. Desde que las guerras se han ido sucediendo en Oriente Medio y vuelto cada vez más sangrientas y terroríficas, el discurso etnocéntrico se ha instalado en el mundo occidental y ha dividido a estas sociedades en dos mundos irreconciliables; el mundo occidental representa al mundo “civilizado” y el mundo árabe representa a la “barbarie”. Esta visión etnocentrista puede llegar a ser muy peligrosa, en tanto que puede utilizarse para justificar la colonización ilegítima de naciones soberanas. A propósito de los eufemismos que se utilizan para no mencionar la palabra guerra en determinados conflictos graves, Israel llamó a la Primera Guerra del Líbano “Operación Paz para Galilea” y EEUU describió la guerra de Irak como “Operación Libertad Iraquí”. Hablar de grupos terroristas, haya o no razón para ello y sean éstos de ámbito nacional o internacional, siempre es muy efectivo para desviar la atención de temas que incomodan a los gobernantes. Además, ellos siempre condenan la violencia y el terrorismo mientras minimizan o niegan los efectos que su propia violencia institucional o terrorismo económico genera sobre sus conciudadanos.

Gabriel García Márquez decía que los periodistas tenemos el poder y las armas de cambiar algo todos los días. Nuestro don y poder más preciado es la palabra y es por ello que es nuestro deber ser especialmente cuidadosos con nuestro lenguaje, ya que con el lenguaje construimos el mundo y los medios de comunicación son la herramienta habitual que utiliza la población para informarse y formarse una opinión sobre él.

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Un comentario en “El lenguaje como arma de manipulación política

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