Días de cambio

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Por Carlos Javier Arroyo (@CarlosArroyo93)

Siempre se ha dicho que una de nuestras lacras como sociedad ha sido esa abulia histórica, pesimista y exasperante que, por desgracia, nos ha caracterizado en la mayor parte de las ocasiones. Esa abulia cuya fatal existencia tantas veces ha quedado demostrada en estadísticas como las que dicen que sólo un cuarto de la población española lee habitualmente, o también, y de una forma más directa, en las altas cuotas de audiencia de determinados canales de televisión.
Y es esa misma, esa dejadez, esa España “de alma quieta/ inferior, que ora y bosteza” en palabras de Machado, la que todos los intelectuales coinciden en describir como la causa original de nuestro atraso y de nuestra llegada a los avances globales de una forma tardía y, muchas veces, además deficiente. Y contra la que tantos lucharon hasta darse de bruces al comprobar que era imposible de erradicar. Ya saben, ser lúcido y español al mismo tiempo siempre ha conllevado gran amargura y poca esperanza, que decía Reverte.
Pero quizás eso esté cambiando.
Hemos vivido una legislatura que se estudiará, sin duda, como la más interesante de nuestro pasado reciente. Y los grandes cambios que se han producido en ella han propiciado, según parece, algo que hasta hace poco se consideraba tan sólo una utopía: avivar el pírrico pulso de la sociedad.
Quizás haya sido porque hemos visto cómo gente cercana sufría las consecuencias de la crisis en carne propia. O quizás porque se nos recortaban las partidas que más nos afectaban. Quizás porque han sido los años con más corrupción y desvergüenza desde los tiempos del Duque de Lerma. Quizás porque hemos sido testigos de un anacronismo en el que un gobierno nacionalista, con la actitud mesiánica propia de otros tiempos proclamaba caprichosamente su independencia. Quizás porque ese bipartidismo otrora intocable se ve acechado por nuevos partidos. Quizás porque hemos visto que nuestro peso internacional –desde hace ya tiempo irrelevante- se ha convertido en inexistente. O quizás haya sido porque hemos podido ver cómo parecía que el país, esta vez sí, se iba por la borda.

En definitiva, las cosas que han sucedido y que hace pocos años parecían impensables nos han obligado a madurar. Y ese país que describía el poeta sevillano parece haberse despertado y haber tomado algo de conciencia.
Ver a la gente debatir de política (casi) igual que de fútbol, interesarse por el futuro del país siendo conscientes de que con nuestro voto tenemos más poder sobre el porvenir de lo que imaginábamos, ver cómo la audiencia de los debates que se han realizado ha sido masiva o cómo la gente ha salido a las calles a reclamar lo que algunos querían quitarle. Cómo se dialoga de la actualidad con civismo –aunque hay excepciones como el cara a cara entre Sánchez y Rajoy-. O cómo esta vez todos estamos pensando nuestro voto. A resumidas cuentas, ver cómo nuestra política cambia y se moderniza es motivo de orgullo y además, algo que debemos valorar teniendo en cuenta que muchas generaciones murieron sin poder verlo.
Y no hay que tener miedo a esos cambios.
Decía Suárez que había que elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es simplemente normal. Y así, uno de los grandes logros de la ciudadanía estos años ha sido transmitir la pérdida de esa abulia a las clases dirigentes, que en vistas a que cada vez la sociedad está más modernizada se han visto forzadas a cambiar su discurso y sus estrategias, pudiendo ver de esta forma cómo la política ha imitado a la población y por fin ha dejado atrás ese anquilosamiento que la caracterizaba. Esta vez han optado por más dinamismo y movimiento. Prueba de ello es la entrada al tablero de nuevas fuerzas políticas, o la pérdida de importancia del mitin donde el político se limita a ir para ser aplaudido frente a los debates donde se contrastan unos proyectos con otros a través de la palabra.
También es más que previsible que a partir de este domingo se eleve a la categoría política de normal el pluralismo que hoy hay en las calles. Si la función de un parlamento es la de dibujar en sus escaños las ideologías de la población que lo elige, nada de malo habrá en que diversas fuerzas se sienten en el Congreso, pues ello no será sino la fiel representación institucional de la actual diversidad que la sociedad está demostrando.
Pero ahora bien, si el Parlamento que salga del día veinte representa esa vorágine que hay fuera de él, también debe representar la voluntad pacífica –obviamente la agresión al presidente es un hecho aislado- que hay en las mismas. En otras palabras, aunque cada ciudadano apueste por una opción, existe una mayoría clara que tiene un objetivo común, vote a quien vote, y que no es otro que avanzar en la resolución de los problemas que nos acechan. De tal forma que esa pluralidad que quedará plasmada no servirá de nada si no se acompaña de la voluntad dialogante y pactista que la ciudadanía también exige.
En resumen, hemos conseguido modernizar la política preelectoral a través de la exigencia de nuevos cambios y más aperturismo. Se conseguirá también cambiar la clásica y férrea composición parlamentaria de las últimas décadas. Pero lo que aún está por ver y ante lo que muchos nos mostramos más escépticos es sobre si estos cambios se transmitirán a la política postelectoral, ésa que después de las elecciones, cuando ya no haya que competir por captar el voto, se verá obligada a tomar soluciones y a trabajar por el futuro. Ésa en la que ya no valdrán las promesas sino los hechos. Y que no debería estancarse en enfrentamientos cerriles como los que hemos podido ver en muchas ocasiones. Comprobaremos si, una vez malherida la abulia, somos capaces de transmitir la voluntad pacífica a la clase dirigente y así aniquilar el cainismo político, el otro gran estigma que también definía Machado y que nos viene martirizando desde hace siglos en forma de intransigencia y de retraso a la hora de tomar soluciones para la población.
Hasta entonces, seamos optimistas.

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