Macondo nació de la hojarasca

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FOTO: laberintocultural.wordpress.com

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Hace 60 años que vio la luz la primera edición de La hojarasca. Quizás no es su libro más conocido, pero sí uno de los pilares de la obra de Gabriel García Márquez (1927-2014). 1955 fue el año en que pudimos viajar a Macondo por primera vez, ese mundo de realismo mágico que Gabo nos dejó como la mejor herencia que un escritor puede dejar a quienes lo leen.

95722La hojarasca es el García Márquez más puro reducido a 200 páginas, el primer acercamiento a Macondo para alguien a quien le de respeto ese batiburrillo generacional magnífico que es Cien años de soledad.

En este libro, García Márquez explora por primera vez los temas que se reiterarán a lo largo de su obra: la muerte, el paso del tiempo, la familia, las raíces, ese mundo rural que caracteriza a Macondo, la guerra, la religión envuelta en superstición y, sobre todo, las miserias del hombre.

Desde el prólogo, las páginas de de este libro ya huelen a origen, a nacimiento, a simiente y germen, y vuelan al paso de la hojarasca.

Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casa de madera, e hicieron un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

Y es que La hojarasca es uno de esos libros que desde la primera frase (“Por primera vez he visto un cadáver“) te engancha, esa firma inigualable de los inicios que García Márquez que se clavan dentro, una espina que llega dispuesta a no salir nunca.

El libro cuenta la misma historia desde tres puntos de vista distintos: el de un médico que tiene que cumplir la promesa de enterrar a un viejo amigo repudiado en el pueblo, el de su hija, escéptica a cumplir esta promesa ante la actitud de los vecinos, y quizás la más interesante, la del nieto, un niño que poco a nada sabe de la vida y a través de cuya visión podemos acercarnos a la pérdida de la inocencia y las preguntas a una madurez desconocida.

Con esto, un jovencísimo García Márquez de tan sólo 28 años nos muestra la maestría en el juego de los tiempos (no sólo verbales, el transcurso de la narración abarca tan sólo 30 minutos de un día) y en la descripción de las emociones. Gracias a él sabemos cómo es y a qué huele el tiempo cuando se para, cómo se siente el abandono, el sabor de las ruinas del ser humano.

La última noche que hablamos en el corredor, había más calor que de costumbre.

Pocos días después él regresaría para siempre de la peluquería y se encerraría en el cuarto. Pero aquella última noche del corredor, una de las más cálidas y densas que recuerda mi memoria, él se mostró comprensivo, como en muy pocas ocasiones. Lo único que parecía vivir, en medio de aquel horno inmenso, era la sorda reverberación de los grillos soliviantados por la sed de la naturaleza, y la música, insignificante y sin embargo desmedida actividad del romero y el nardo, ardiendo en el centro de la hora desierta. Ambos permanecimos callados un instante, sudando esa sustancia gorda y viscosa que no es sudor sino la suelta baba de la materia viva en descomposición. A veces él miraba las estrellas, el cielo desolado a fuerza de esplendor estival; permanecía después silencioso, como entregado por entero al tránsito de aquella noche monstruosamente viva. Permanecimos así, pensativos, frente a frente, él en su asiento de cuero, yo en el mecedor. De pronto, al paso de una ala blanca, lo vi con la cabeza triste y sola ladeada sobre el hombro izquierdo. Me acordé de su vida, de su soledad, de sus espantosos disturbios espirituales. ME acordé de la indiferencia atormentada con que asistía al espectáculo de la vida. Antes me había sentido vinculado a él por sentimientos complejos, en ocasiones contradictorios y tan variables como su personalidad. Pero en aquel instante no tuve la menor duda de que había empezado a quererlo entrañablemente. Creí descubrir que desde ese primer momento me indujo a protegerlo y sentí en carne viva el dolor de su cuartito sofocante y oscuro. Lo vi sombrío y derrotado, apabullado por las circunstancias. Y súbitamente, a una nueva mirada de sus duros y penetrantes ojos amarillos, tuve la certeza de que el secreto de su laberíntica soledad me había sido revelado por la tensa pulsación de la noche.

En sus páginas aparece por primera vez el coronel Aureliano Buendía -que encontramos en obras posteriores: Cien años de soledad, El Coronel no tiene quien le escriba, La mala horaCrónica de una muerte anunciada-, el personaje que, según cuentan, que más costó a Gabo deshacerse. Pasó semanas encerrado en su estudio, saliendo sólo para comer, como fabricando aquellos pececillos de oro que describió en Cien años de soledad. Un día salió y le dijo a su mujer “ya lo maté” y estuvo llorando durante horas.

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FOTO: periodistasenlinea.com

La Hojarasca fue escrita en la parte posterior de unos boletines de aduana a petición de la editorial Losada, aunque finalmente acabó en Zipa. Sin embargo, el editor encargado de la publicación desapareció y fue el propio autor quien tuvo que hacerse cargo de los gastos de la misma, además de su distribución librería por librería, convenciendo a los libreros para comprarla, sin saber que sería una de las obras que plasmaría la realidad y la condición de Latinoamérica.

Cuenta Gabo que en 1957,  se encontró con Hemingway en París, en el boulevard de Saint Michel, y que sólo se atrevió a gritarle “maestro” desde la otra acera sin saber que, años después, él también estaría en ese escalón reservado a quien hace mella en la Literatura.

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Un comentario en “Macondo nació de la hojarasca

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