Entrevista a Alberto Santamaría: “Lo que tiene que hacer un artista es tratar de salirse de la posible norma”

 

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Por Leslie A. Lane (@cardiodrama)

Alberto Santamaría ha sido mi profesor en dos de las asignaturas más interesantes que he tenido a lo largo de mi vida académica (Análisis del discurso literario y artístico y Teoría del Arte Moderno) y el pasado miércoles me recibió amablemente en su despacho de la Facultad de Bellas Artes de Salamanca. Era media mañana, y durante los veintiséis minutos que estuvimos charlando, la luz se colaba de una manera muy bonita a través de los árboles de fuera y las persianas, lo que hizo que la conversación me resultara aún más agradable.

Eres poeta, filósofo, ensayista, profesor de arte… ¿Crees en el concepto de arte como un conjunto total e indivisible de todas las disciplinas?

– No, yo creo que el problema fundamental está en que el concepto de arte no está muy claro. Al no estar claro el concepto de arte, es muy difícil pensar que el arte es un todo. A mí me gusta pensar más que existe gente haciendo cosas y que es la institución «arte» la que luego determina qué es arte y qué no. Pensar qué tiene en común la literatura con la pintura, por ejemplo, es muy difícil. A mí me gusta pensar que buena parte del objetivo del que hace literatura o hace pintura es precisamente buscar los límites entre lo que es arte y lo que no es arte, jugar un poco a acabar con lo que son las disciplinas. Entonces, en cierta medida, es un poco contradictorio, es decir, buscar el modo en el que podamos cuestionar qué es el arte, o qué es la poesía, qué es la narrativa. Por ejemplo, siempre me gusta pensar que la narrativa o la poesía son construcciones o inventos. Es decir, no hay nada que haga una palabra poética o narrativa, es el lector quien lo hace, y de alguna manera creo que lo que hay que hacer es acabar con los límites entre las disciplinas. Pensar que existe el arte como algo total y que engloba todo me parece un pensamiento muy de institución. Existe gente haciendo cosas, y luego la institución es la que reclama, clasifica.

¿Crees en el arte por el arte?

– Depende. Creo que si entendemos el arte por el arte como una especie de visión del arte, como separado de la sociedad y de los problemas políticos, etcétera, no. Pero si pensamos el arte por el arte como un arte que trata de cuestionar los límites de las disciplinas artísticas y como una forma también en el fondo de cuestionar las instituciones políticas, que en el fondo la institución arte es una institución política, pues sí que podríamos pensar en el arte por el arte. Pero si pensamos en el arte por el arte como se piensa en la academia y como se piensa normalmente en la teoría, que es una especie del arte autónomo y separado de la realidad, como si el artista estuviera en una torre de marfil, entonces no. El artista puede estar en la torre de marfil, pero siempre tiene que ir al Mercadona a comprar.

Lo interesante del arte es que es una forma de intentar visibilizar o demostrar la sensibilidad de una época, y en buena medida creo que uno de los objetivos del arte sería ese: cuestionar las instituciones y los límites que marcan una época.

Observé todos los libros que habitan en aquel despacho de paredes amarillas. Había varias pilas en los alféizares de las ventanas, libros sobre arte, filosofía, política.

¿Cuáles son tus influencias artísticas más destacables?

– Pues influencias artísticas, depende. Para mí, la primera influencia no es artística, sino que es social: el contexto en el que vivo, la realidad en la que vivo. Es quizá la primera influencia tanto para escribir como para cualquier otra cosa. Los elementos sociales serían el caldo de cultivo de cualquier reflexión o de cualquier obra de arte. Luego, digamos a nivel literario o filosófico quizá, hay una serie de escritores o de artistas que para mí han sido muy importantes. Por ejemplo, a nivel literario, podría pensar desde poetas más clásicos como Antonio Machado o Vicente Aleixandre, a otros situados en otra órbita, como pueden ser J. G. Ballard y la literatura ciberpunk, que a mí me ha interesado especialmente, el tema del paisaje de los desguaces, los espacios un poco vacíos de contenido humano. Por otro lado, otros artistas como Marcel Duchamp, Hans Haake, o artistas que hayan trabajado en el ámbito del activismo político. Es una amalgama de diferentes elementos: el elemento social, el elemento más clásico literario, y el elemento artístico. Si juntas los tres elementos, imagino que sale algo así como un híbrido que tiene que ver con lo que he tratado de hacer y con lo que he escrito hasta ahora.

Este híbrido ha publicado varios libros de poesía como Notas de verano sobre ficciones del invierno, Pequeños círculos, o Interior metafísico con galletas; artículos y algunos ensayos como ‘El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime’ y ‘El poema envenenado. Tentativas sobre estética y poética’.

– A día de hoy estamos viviendo una oleada de poesía que, tras años un poco escondida, está volviendo a las estanterías más visibles de las librerías, ¿a qué crees que se debe?

– Si te refieres a Marwan y esa gente, me parece que bueno… Marwan es a la poesía lo que Bisbal es a la música. Quiero decir, es un rollo de operación de marketing. No olvidemos que es Planeta quien está publicando a esta gente, es un emporio internacional. Por otro lado, demuestra una cosa muy curiosa, y una cosa que nunca creí, el lado positivo de esto que nunca pensé que existiera, y es el hecho de que yo  siempre pensé que la poesía nunca iba a poder tener un espacio y realmente te das cuenta de que el mercado está por encima de cualquier cosa. Si un grupo internacional, multinacional, un gran emporio como es Planeta es capaz de vender 40.000 ejemplares de un libro de poesía, eso me dice que no es tan importante la poesía, sino el elemento empresarial que está detrás para que eso se visibilice. Como calidad poética, pues me parece un tipo de poesía muy poco interesante, no me parece una poesía que ofrezca ningún elemento reflexivo ni ningún punto de interés, que va directamente a tocar una fibra sensible, pero que a mí especialmente no me dice nada ni me interesa. Intentan escribir sobre algo que todo el mundo haya sentido, y así poder hacer que todos se sientan identificados. En el fondo, la gente está disfrutando de sí misma, no de la poesía.

– Claro. Puede que estemos hablando más de una revolución de lectores que de escritores, porque poesía se ha escrito siempre.

– Sí, el tema es que esa gente que lee esa poesía en realidad no creo que sea un lector real de poesía. Es un lector de Marwan, no de poesía. Dentro de estos fenómenos nuevos de poesía, he oído decir que la poesía no les gusta, que ellos no leen poesía. Porque en realidad no es poesía, en realidad es volcar unas ideas que tienen un destinatario fijo que es un determinado tipo de consumidor. Yo lo veo como una especie de elemento de mercado que por un lado me parece muy interesante porque nunca pensé que podríamos tenerlo en la poesía. Es como Operación Triunfo a la música. Aunque me parece positivo, me sorprende que de poesía se puedan vender tantos ejemplares. Me parece muy curioso el fenómeno.

Que se venda poesía me parece fantástico, pero el problema es que se confunde calidad con cantidad. Es un tipo de poesía en el que no hay ningún gusto de la palabra realmente, es una suerte de revolcarse en el propio sentimentalismo de cada uno. También es cierto que el otro extremo es el rancio academicismo típico de la poesía, que tampoco es bueno.

– ¿Crees que con las características que se están dando actualmente en la poesía podría crearse una nueva generación de poetas como fue la del 14 o la del 27, o nos movemos todavía en una especie de generación sin generación?

– El tema ese de las generaciones literarias siempre ha sido una cosa muy típica. Parece que de cada época tiene que surgir una generación, y demás. Yo creo que es una manera de pensar diferente, porque quizá cuando se habla de la generación del 14, del, 27, del 36, del 50, eran épocas en las que estaban mucho más delimitadas las generaciones, en las que había unos límites sociales y políticos muy delimitados. Yo creo que, desde hace unos años para esta parte, esto es más difícil. Es decir, las generaciones están más mezcladas, los elementos sociales y políticos tienen otro cariz. Creo que se pueden inventar en el futuro, obviamente, que hubo una generación de los 90, o de los 2000, o lo que queráis, pero creo que en realidad eso son formas de destacar. A mí no me parece muy interesante el concepto de generación, porque lo que tiene por objetivo es crear un archivo, un consenso que provoca que muchos poetas que están alrededor que son muy buenos acaben fuera de ese contexto. Por ejemplo, poetas que estaban en la órbita del 27 y no cayeron dentro de la órbita de la generación: Juan Larrea, que me parece el poeta más interesante de esa generación, pero como no cayó en el núcleo puro, se le olvidó. El problema que tienen las generaciones es que hay un dentro y un afuera, y yo creo que no es positivo que existan generaciones. Existen poetas, existen épocas. Sí que es cierto que hay cambios de sensibilidad, o cambios de perspectiva. Di una conferencia el otro día en Madrid sobre poetas nacidos en los 80, y es muy curioso porque sí que es cierto que estos poetas tienen cosas, ideas, formas de escribir, muy diferentes a los poetas nacidos en los 70. Por ejemplo, el tema del yo, hablan más del interior, la intimidad, de lo biográfico, de la familia… Pero eso no creo que sea un elemento que vertebre una generación. Simplemente son formas en las que van cayendo, y diferentes elementos que van cayendo en la poesía, que luego los poetas de los noventa también pueden recuperar. Es decir, no creo que se trate tanto de generaciones como de poetas diferentes.

– El mundo del arte, sin duda, es un mundo complicado. ¿Cuál es la mejor manera de introducirse en él?

– El mundo de las artes visuales me parece en cierta medida mucho más complicado que el mundo de la literatura. Es más complicado porque en el arte hay en juego mucho más dinero, y el campo artístico es más complejo. Para abrirse camino en el mundo del arte, lo primero que uno debe tener en cuenta es precisamente esto, el lugar que uno ocupa. ¿Quiero ser artista o quiero entrar en el mundo de las artes? Lo primero que uno tiene que hacer es tratar de ser sincero consigo mismo. ¿Para qué quiero hacer esto? ¿Cuál es el objetivo? Si el objetivo es ganar mucho dinero y vivir de eso, hay unas vías concretas, que es saber qué es lo que se hace y tratar de trepar. Otra vía es hacer lo que a cada uno le interese y tratar de que aquel público que se pueda acercar a lo que yo hago, le pueda interesar mi trabajo, y establecer contacto con aquellas personas, colectivos, instituciones, grupos dentro de los cuales crea que mi obra va a tener una recepción, y a partir de ahí ir creciendo como artista. Creo que el primer elemento para un artista es ver qué hacen otros artistas, estudiar lo que hacen, leer lo que hacen otros artistas. El primer recurso es impregnarse de lo que pasa alrededor, a nivel social y a nivel artístico, y que a partir de ahí, cada uno encuentre su propio camino. Creo que es la única opción.

– En los nuevos planes de estudio, cada vez se deja más de lado la enseñanza artística desde una edad muy temprana. Tú eres profesor de Análisis del discurso artístico y literario y de Teoría del Arte, desde tu punto de vista, ¿cómo puede repercutir eso? ¿Estamos siendo una sociedad no sensitiva?

– No tengo muy claro el tema. Creo que el problema no es tanto que se elimine la educación artística en las escuelas, sino que, por un lado, se crea que la educación artística no es interesante porque no es productiva. Cuando la educación se trata de equiparar con la empresa, siempre va a salir perjudicada la educación. Eso por un lado, pero también es cierto que el problema que tenemos con la educación artística es que desde pequeños a los niños se les enseña a mancharse las manos, y se piensa que educación artística es eso. Yo creo que la educación artística no sólo tendría que tener más importancia, sino que tendría que tener un rigor a la hora de mostrar que no es sólo hacer dibujitos, también tiene un factor intelectual, social y cultural muy importante. De hecho, yo creo que quizá no debería haber sólo una asignatura de artes plásticas, sino que en todas las demás asignaturas, dentro de ellas, dentro de Sociales, Lengua, Matemáticas, se deberían introducir elementos artísticos, para comprender como el arte forma parte de todo. Puedes enseñar Historia teniendo en cuenta los cuadros de Tiziano, puedes en Lengua buscar relaciones con el arte. El arte es una cosa que ha impregnado la cultura desde el principio. Con lo cual, no es tanto ver la asignatura de Educación Plástica como hacer dibujitos, que me parece muy bien, sino como introducir en el resto de disciplinas que el arte es una forma de sensibilidad de una época. El problema que yo veo es que no hay ningún interés en la política, o por parte de los políticos, en estas ideas. Si uno se fija en los programas políticos de los diferentes partidos, cuando se habla de cultura y de educación plástica, de artes plásticas, sobre todo si se habla de cultura, siempre es el factor económico. La cultura como un factor económico, y no como un elemento de formación cultural, y de formación sensible. Si hacemos que la cultura solo tenga un trasfondo económico, evidentemente estamos perdiendo mucho sentido. Cuando se pone de ejemplo a Finlandia y esos países, me hace mucha gracia porque allí, el elemento artístico y cultural está vacío. Son países en los que se enseñan muchas matemáticas, pero poca sensibilidad. Yo creo que el arte podría jugar un papel muy importante a la hora de comprender muchos elementos sociales, y de visibilizar muchos problemas sociales.

– ¿En qué medida crees que están relacionados el mundo literario y el artístico?

– Creo que hay una relación muy estrecha. Los que trabajan en ambos espacios, lo que van es a indicar por dónde van los problemas sociales, la mentalidad o la cultura de una época. Tanto una novela como una instalación pueden hablar de esos elementos. Las diferencias residen, obviamente, en cómo llega eso al público. Es decir, varía un poco el campo. En el mundo del arte, prima mucho más quizá la fetichización del objeto, poseer un cuadro; mientras que la novela, por ejemplo, tiene la posibilidad de una mayor difusión. Uno no se compra una novela y nadie más la puede ver, sino que tiene una capacidad reproductiva que puede llegar a mucha más gente. Pero el trasfondo es un poco el mismo, reflejar la sensibilidad de una época. El arte tiene la capacidad de visibilizar cómo el poder político está acabando con muchos elementos, desde las privatizaciones de la sanidad o lo que fuera, hasta cómo está tratando de mostrar un ejemplo de una figura. Un arte muy interesante sería el que se llegara a cuestionar el lenguaje que utiliza el poder. Creo que eso es lo que tienen en común, la posibilidad de cuestionar estos lenguajes.

– ¿Crees que los escritores y pintores actuales persiguen algún objetivo?

– Depende de qué escritores y qué artistas. Siempre creo que cuando uno hace arte, o escribe, o lo que fuera, lo primero que tiene que plantearse es ¿por qué? Es decir, si uno se planta delante de un lienzo, o de un ordenador, antes de hacer nada tiene que preguntarse ¿por qué hago esto? ¿Para qué hago esto? Si hago esto para ganarme la vida, es un camino diferente que si lo hago para llegar a un público determinado, o cualquier cosa. Creo que hay que tener objetivos a la hora de hacer arte, y desde mi punto de vista, el objetivo principal es ese: tratar de mostrar o de hacer ver, visibilizar, determinadas sensibilidades o formas de ver el mundo que de otro modo no se visibilizan. Tratar de cuestionar el lenguaje que utiliza el poder creo que es un elemento fundamental del arte, de la literatura, pero también de la filosofía, de los profesores, de cualquiera que esté preocupado de los elementos culturales.

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– Algunos dicen que el arte siempre está en movimiento y evolucionando. ¿En qué punto dirías que se encuentra ahora y qué dirección está tomando?

– Bueno, yo siempre he dicho que el arte no evoluciona. El problema precisamente es cuando pensamos que el arte evoluciona, porque cuando hablamos de eso es porque lo estamos comparando con un sistema como el de las ciencias. Las ciencias sí evolucionan, alguien no puede decir ahora mismo que va a hacer química como en el siglo XVII, porque no puede porque ha evolucionado. La ciencia tiene una finalidad que es descubrir verdades, etc. Pero el arte no. El arte no evoluciona, tú puedes pintar como se pintaba en el siglo XVII, nadie te lo impide, puedes hacerlo e incluso puede ser interesante. Lo que sí creo es que el arte muta, se transforma, varía, introduce elementos nuevos. Pero eso no es una evolución exactamente. Una evolución indica que hay un paso que abandona lo que hay atrás. Yo creo que en el arte lo que hay son mutaciones y transformaciones que vienen muy marcadas por las propias transformaciones políticas, sociales y económicas de una época. Hoy en día por ejemplo, empieza a haber una conexión muy interesante entre arte y redes sociales, o la conexión entre arte y hackers. Creo que el trasfondo político, económico, social de una época es lo que marca las transformaciones del arte. Si pensamos en la pintura del siglo XVII, los pintores estaban sujetos a su contexto. Creo que los artistas hoy en día fundamentalmente están marcados por estas transformaciones. Llama mucho la atención cuando uno va a una feria de arte y parece que entra en una cápsula del tiempo, donde no afecta lo que pasa fuera. Creo que el artista debe impregnarse de lo que pasa fuera y a su alrededor, porque si no se crea una especie onanismo destinado a que los otros disfruten. Actualmente es mi posición en este sentido.

El arte es una forma también de rastrear por dónde van los cambios políticos. Decía Ortega que el arte es como cuando uno se asoma por la ventana y mira la chimenea y observa en qué dirección va el humo para saber qué dirección sigue el viento. Puedes mirar las artes para saber cómo van cambiando las cosas.

– Por eso también es tan importante estudiar las artes, para entender cómo ha ido funcionando el mundo.

– Claro, yo creo que esa es una visión muy interesante de cómo podemos enfocar y repensar las artes hoy en día. Por eso hay muchos trabajos entorno al arte y la educación, me parecen muy interesante esas conexiones.

Aunque me apenaba estar acercándome al fin de la conversación, tuve que soltar la última pregunta, que había dejado para el final por razones de peso.

– ¿Qué crees que hace que algo sea arte?

Alberto resopló y rió diciendo que le había pillado y no tenía ni idea, pero enseguida siguió hablando:

– Puedo decir que sí que es cierto que en cierta medida la intención del artista, pero sobre todo también el contexto del campo artístico, todo lo que está alrededor, los agentes que forman parte del ámbito artístico. Desde otros artistas, hasta críticos, galeristas, directores de museos, etc. Pero a ciencia cierta sí que es cierto que, al menos yo tengo esa idea, no hay nada en el objeto que lo haga arte. De hecho yo creo que precisamente lo que tiene que hacer un artista es tratar de salirse de la posible norma, buscar los límites entre el arte y el no arte. Creo que este es el objetivo, buscar un poco este cuestionamiento. Me parece muy interesante preguntarse ese tipo de cosas, sobre todo en literatura. ¿Esto es poesía, narrativa, ensayo? Me parece interesante jugar con esos límites.

– Bueno, ya hemos terminado.

– Pues muchas gracias. Espero que te sirvan mis respuestas, y si puedo hacer algo más por ti, no dudes en escribirme.

– Muchas gracias a ti.

Cuando salí del despacho, la facultad estaba extrañamente silenciosa. Callada tal vez por el eco de la conversación.

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