La guerra como oficio

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Fotograma del documental ‘Los ojos de la guerra’.

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

El pasado día 19 se cumplieron 14 años desde la muerte del periodista Julio Fuentes en la guerra de Afganistan,en una emboscada en un convoy de periodistas en Pul-i-Estikam, en algún punto entre Kabul y Jalalabad. En este ataque murieron también otros tres periodistas: la corresponsal de Il Corriere de la Sera, Maria Grazia, el cámara Harry Burton, que cubría el conflicto para la agencia Reuters, y el fotógrafo afgano Azizula Haidari. 

Fuentes, que trabajaba para el diario El Mundo, de cuyo equipo fundacional formó parte, había cubierto previamente otros conflictos como las guerras Yugoslavas o la Guerra del Golfo. Formaba parte de una tribu que va aparte del resto del periodismo, esa que se fragua en las trincheras, que está hecha de otra pasta, de los que prefieren morir trabajando antes de que el cáncer de pulmón les mate en una cama.

Desde 1980 han sido nueve los periodistas españoles que han perdido la vida mientras ejercían su profesión. Una cifra ínfima si tenemos en cuenta, por ejemplo, la de 200 periodistas que se la dejaron en la guerra de Irak o los cuatro millones de muertos en los conflictos de Afganistán, Pakistán e Irak.

El de reportero de guerra es un oficio incomprendido. Arriesgar todo por una crónica en papel que será mal pagada o una pieza de minuto y medio en un telediario de la que el espectador desconectará cinco minutos después de su visionado. Muchos esgrimen el argumento del conocimiento a lo que se expone quien decide ir a una zona en conflicto para contar qué está pasando y cómo lo está viviendo a quien le toca más de cerca.

Entre los nombres de los nueve periodistas españoles asesinados en estas circunstancias encontramos, además de el de Julio Fuentes, Luis Espinal, que murió en La Paz (Bolivia) el 22 de marzo de 1980, Juantxu Rodríguez, abatido a tiros por soldados estadounidenses el 22 de diciembre de 1982 durante la invasión de Panamá, Jordi Puyol Puente, del diario Avui (perdió la vida el 15 de mayo de 1992 en medio de fuego de mortero entre serbios y musulmanes en Sarajevo), Miguel Gil Moreno, quizás uno de los más mediáticos, que murió junto a otros tres periodistas en una emboscada en Sierra Leona el 24 de mayo de 2000, Luis Valtueña, que cubría el conflicto de Ruanda el 18 de octubre de 1997, Julio Anguita Parrado y José Couso, que murieron durante la guerra de Irak el 7 y 8 de abril de  y Ricardo Ortega, que ejercía su profesión para Antena 3 en Haití el 7 de marzo de 2004.

La última foto que tomó Juantxu Rodríguez, en un depósito de cadáveres, antes de su muerte en la invasión estadounidense de Panamá.

La última foto que tomó Juantxu Rodríguez, en un depósito de cadáveres, antes de su muerte en la invasión estadounidense de Panamá.

El primer caso mediático de un comunicador muerto durante una guerra fue el de Juantxu Rodríguez, un fotógrafo de 32 años que se encontraba en Panamá cubriendo la invasión norteamericana para el diario El País junto a Maruja Torres.  En tan sólo una semana, ambos volvieron a España, aunque de una forma diferente. La periodista lo contaba así años después, en un texto publicado por el mismo diario para el que trabajaban por entonces.

“Una semana después de nuestra llegada a la capital panameña, Juantxu y yo regresamos a España. Yo lo hacía viva, por los pelos, y él, en un féretro sellado. Ésa es la pesadilla.”

El caso de Juantxu fue el primero en copar la portada de un diario de tirada nacional. Su asesinato en la Operación Causa Justa (nombre que dio el comando militar estadounidense a la invasión panameña que tenía como propósito capturar al general Manuel Antonio Noriega, gobernante de facto de Panamá acusado por la justicia de Estados Unidos de narcotráfico) quedó impune.

Es similar el caso de José Couso, quien murió tras un tiroteo del ejército de EEUU contra el Hotel Palestine donde se encontraba el cámara. En esta ocasión, sin embargo, se establecieron diligencias judiciales para que los culpables de la muerte de Couso no quedasen impunes. De esta manera, en 2005, la Audiencia Nacional abrió diligencias para detener a los tres militares estadounidenses imputados por la muerte del periodista, donde declararon compañeros de profesión que se encontraban en el Hotel Palestine: Olga Rodríguez, Jon Sistiaga y Carlos Hernández.

El cámara José Couso. Foto: Público

El cámara José Couso. Foto: Público

Diez años después, el pasado 26 de noviembre, la Audiencia Nacional rechazaba nuevamente plantear una cuestión de inconstitucionalidad por la restricción de la ley de justicia universal y acordaba el sobreseimiento de esta causa, negándose a actuar contra los autores del disparo si no se encuentran en territorio español, a la vez que confirma el archivo del caso Couso.

Del caso de Miguel Gil, quien perdería la vida junto a su colega Kurt Schork, quedó para quienes no se toman en serio este oficio un libro que aclara muchas dudas, una recopilación de artículos al respecto de la muerte de ambos periodistas que desemboca en una reflexión sobre el periodismo en conflictos armados, Los ojos de la guerra, coordinado por Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez, adaptado a documental años después. Testimonios de periodistas como Ramón Lobo, Arturo Pérez Reverte, Jon Sistiaga, Javier Espinosa, Maruja Torres o Enrique Meneses, Ryszard Kapuscinski o incluso Robert Cappa son recogidos en este libro que se puede elevar al nivel de la Biblia para el oficio, una ventana hacia una visión distinta que ayuda a entender el por qué de esa gente que decide arriesgarlo todo a nada y dar voz a quien no la tiene y, sobre todo, poner en jaque a la primera víctima de una guerra: la verdad, como escribiría Hiram Johnson.

Llama la atención en este libro que, pese a todo, quienes han ejercido o ejercen esta profesión, en su mayoría, no pierden la fe en la misma. Según Lluis Foix, “el corresponsal es, sobre todo, una persona sensible a cuanto ocurre”. Es por ello que las palabras de Ramón Lobo recogidas en este manual son algunas de las que mejor describen el oficio:

¿De qué sirve jugarse la vida por una noticia, una foto o una imagen? ¿Por el medio que te paga? ¿Le interesa a alguien el horror, la desgracia, la miseria, la injusticia del otro lado? […] Con el tiempo, resolví las dudas del cementerio de Vimbodí y contesté a muchas de las preguntas, porque ya sé para qué sirve este trabajo: para ver, contar y no olvidar jamás.

En este mismo sentido habla Mercedes Gallego en su libro Más allá de la batalla (2003), que dedica a Julio Anguita Parrados, compañero en el conflicto de Irak, y en cuyos agradecimientos se refiere a todos aquellos que suspiraron aliviados cuando volvió de la guerra, aunque nunca saliese de la pesadilla. “No se me ocurre nada más bonito que se le pueda decir a un periodista que ese ‘gracias por informarnos'”, escribe. Y, en efecto, no lo hay.

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