Autocrítica, esa temida enemiga

Último barómetro CIS. Fuente: El País.

Último barómetro CIS. Fuente: El País.

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

Después del 20-D, creo que tendremos que hacer fuerte autocrítica, sean cuales sean los resultados.

En un lado de la balanza, tenemos un líder nato, inteligente, con sentido común, “un tío brillante rodeado de gente mediocre”, como me lo definió un amigo politólogo; en el otro lado, una fuerte estructura de partido, un equipo joven y muy preparado encabezado por un líder que despierta sentimientos fuertes y encontrados, odios y pasiones a partes iguales, incluso dentro de su misma formación. ¿Qué nos espera? ¿Cómo decidir entre voto útil y voto ideológico (el que sea para cada uno), entre un líder convincente, sensato y humano pero con gente detrás a la que apenas conocemos, y un equipo de gobierno brillante, con gente muy formada y que apoya a una cabeza un tanto tambaleante?

Quizá muchos, la mayoría, ya lo tengan claro, pero muchos otros no. Nos encontramos una vez más (pero me atrevería a decir más que nunca) ante una izquierda fragmentada y desorientada, con varias opciones (con todo lo bueno que estas traen consigo) pero sin un rumbo claro capaz de arrebatar el gobierno, no ya a la derecha, sino a la sinrazón, la desinformación y la manipulación.

El espíritu que alumbró el municipalismo, las llamadas “ciudades del cambio”, el que alumbró a la antigua Izquierda Unida, es lo necesario en estos momentos, aunque ya es tarde. Alberto Garzón lo intentó, pero pecó de ingenuo, o se le vio el plumero, que dirían muchos, al quedarse prácticamente solo con compañeros de su partido. El sistema de primarias abiertas con el que nacieron y ese fuerte impulso popular, con la firma del manifiesto, ilusionó a muchos que ahora, a tan sólo un mes de las elecciones, nadan a la deriva, mientras el poder tradicional (viejo, nuevo, qué más da) se aglutina en torno a dos formaciones potentes, una por tradición y otra por liderazgo y carisma, y mucho impulso mediático (“efecto Rivera”).

Por su parte, Iglesias ha pecado de ego y de centralismo, pero (sea o no precisamente por su decisión de no integrarse en la plataforma de confluencia) el tiempo ha terminado dándole la razón respecto a aquello de que Podemos es la única opción útil para el cambio, o al menos para intentarlo.

Como decía, ya es tarde; ahora sólo nos queda, a muchos, decidir el voto y saber que sea como sea nos tocará ejercer mucha autocrítica. Y eso es algo que por aquí nadie acostumbra a hacer.

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