The Bea(s)t Generation

0720BOOKS3-articleLargePor Carmen Sánchez (@edhelgrim)

7 de octubre de 1955. Six Gallery. 3119 Filmore Street. San Francisco. Seis poetas. Allen Ginsberg, Philip Lamantia, Michael McClure, Gary  Snyder, Philip Whalen y, como maestro de ceremonias, Kenneth Rexroth.”Una admirable colección de ángeles reunidos un mismo día y en un mismo lugar. Vino, música, chicas y poesía seria, satori gratis, pequeña colecta para el vino y las postales. Una agradable reunión”.

Cartel del recital en la Six Gallery de San Francisco.

Cartel del recital en la Six Gallery de San Francisco.

En las calles de Estados Unidos: mentes conformistas, adormecidas en la resaca de una guerra mundial que se ocultaba en el frío, McCarthy y sus cruzadas anticomunistas, la inminencia de la guerra de Vietnam, los juicios de la HUAC. En contraposición, un grupo de intelectuales para nada al uso forjados al candor del jazz, las drogas y el sexo. Entre ellos, los cinco nombres que copaban el cartel del recital del 7 de octubre en la Six Gallery, un evento que sentaría las bases de un movimiento (contra) cultural que desembocaría en un modo de vida: la Generación Beat.

El 3119 de Filmore Street fue testigo del aullido que buscaba despertar las almas adormecidas de los estadounidenses. “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz”, recitaba Ginsberg. Son las primeras frases de su poema más conocido, ‘Howl’ (‘Aullido’), un canto que desencadenaría las inquietudes de una generación y marcaría a las que vendrían después.  

Aquella noche, que Jack Kerouac, el retratista del movimiento Beat por excelencia, -quién si no- dejaría inmortalizada en Los vagabundos del Dharma, algo hizo crack. Un Big Bang. Una explosión, La línea se había cruzado, pero no como meta sino como punto de partida. Ginsberg, Kerouac, Burroughs, Cassady, Leonore Kandel, Hettie Jones, ruth weiss, fueron algunos de los nombres que sustentarían esta generación.

Si bien es cierto que el movimiento no supuso una radical transformación política, tampoco era su intención. El objetivo era una expansión de las conciencias en su concepción más mítica. Avalados por la filosofía oriental, el uso de las drogas como producto transgresor, instrumento para acceder a ese plano espiritual del hinduismo, el zen o las creencias panteístas de los indios, la defensa de la libertad sexual y el rechazo a los valores clásicos de la sociedad norteamericana, el resultado constituyó una revolución de pensamiento.

El plano social se funde aquí con el más estrictamente literario. En aquel renacer poético de San Francisco, Ginsberg reivindicaba una vuelta a los orígenes más primitivos de la poesía.

Chase, Kerouac, Ginsberg y Ferlinghetti (años 40).

Chase, Kerouac, Ginsberg y Ferlinghetti (años 40).

Tal como hiciesen rapsodas y aedos en la Grecia Clásica, los Beat abogaban por una literatura inminentemente oral que se hiciese oí en las mentes de la sociedad, para hacer de la poesía un disfrute comunitario a la vez que ejercían un papel de comunión espiritual para hermanar almas. Con ello, la figura el poeta se elevó -acuerdo a la concepción que los Decadentistas tenían del creador de versos- a una figura con cierto carácter mesiánico, el poeta como vidente, con un tono profético, a veces incluso violento, que involucrase a toda la humanidad para agitar sus conciencias.

Fue el propio Kerouac quien, unos años después, en un texto que publicó en la revista Esquire, puso de nuevo un rayo de luz, a la vez que de incertidumbre sobre lo que estos escritores fueron: “una generación de hipsers locos e iluminados, que aparecieron pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, beatíficos. […] La generación misma fue efímera y muy pequeña. […] O quizá la Generación Beat, vástago de la Generación Perdida, no es más que un paso hacia esa generación que tampoco tendrá las respuestas.

Como sea, todo indica que su efecto tiene raíces en la cultura estadounidense.

Tal vez.

Y si no, ¿qué importa?”.

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Bob Dylan y Allen Ginsberg.

Pero lo cierto es que sí importó. La liberación espiritual desde la sexual desembocó en movimientos de liberalización de la mujer (ahí quedaron aquellos versos de Hettie Jones “Siempre he sido a la vez/ tan mujer como para derramar lágrimas de emoción/ y tan hombre/ como para conducir mi coche en cualquier dirección”), el ascenso de la contracultura hippie (Ginsberg se instauró como uno de los gurús del Verano del Amor), el despertar de una sociedad que poco a poco manifestaba su descontento con un sistema en el que no se veían reflejados.

La herencia Beat quedó en la música, en Bob Dylan, Tom Waits, Jim Morrison, Janis Joplin, Patti Smith, en la creencia de que otra concepción de la realidad es posible, en una manera de hacer literatura que a día de hoy vuelve a resonar como el aullido de aquel 7 de octubre de 1955.

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8 comentarios en “The Bea(s)t Generation

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