Incendiemos Troya

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Ilustración de Leslie A. Lane (@cardiodrama)

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Cada cuatro años tiene lugar un suceso maravilloso. Las estrellas se alinean, los planetas paran en sus órbitas, la luna tapa al sol y, por un día, los dioses conceden a los simples mortales un don. Las urnas se desempolvan, se cuentan las grandes gestas, la odisea de cuatro años buscando Ítaca.

Llega Pandora con su caja llena de males, el miedo a abrirla y que se desencadenen las enfermedades que no podemos curar porque nos falta sanidad pública, la ignorancia que no podemos combatir porque no tenemos educación, la corrupción que no podemos acorralar por la ausencia de justicia, las guerras que no paran por falta de humanidad. Llegan los discursos, el alarde de retórica que Aristóteles dejó en herencia, el reflejo de una verdad que nos negamos a ver en la pared de una caverna demasiado cómoda como para abandonarla. Las verdades de Casandra que nadie quiere aceptar. Cantos de sirena que ensordecen las papeletas. Batallas de Maratón que dimos por perdidas antes de empezar.

Cada cuatro años, la misma pregunta: ¿para qué? Una pregunta que retumba entre las huestes del ejército espartano, que duda de la causa por la que lucha, si no sería mejor cambiar al bando persa, si sirve de algo la sangre vertida.La pregunta de dónde están esos dioses que deberían luchar por el pueblo y no hacer que el pueblo luche entre sí. Al final, el conformismo. Porque, aunque distantes, cada cuatro años esos dioses dejan que los pobres mortales den una opinión en sus urnas de oro mientras ellos beben vino y se perfuman con flores, preparando una bacanal donde funden la fe depositada. Todo vale mientras la democracia vista su túnica impoluta, tapando los miembros cangrenados. Todo vale mientras los dioses sigan manteniéndose en el Olimpo, mientras los mortales tengan el dracma que darle a Caronte cuando llegue la hora de bajar al Inframundo, si es que Hades no llega antes a la superficie.

Cada cuatro años, Prometeo nos acerca la llama ya extinguida con la única esperanza de volverla a encender. Sólo hay una respuesta correcta: incendiemos Troya.

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