El peso de las consecuencias

La ilustración del artista Jean Jullien que se ha convertido en el emblema de la solidaridad en la red.

La ilustración del artista Jean Jullien que se ha convertido en el emblema de la solidaridad en la red.

Por Sara Pérez (@sarap0va)

Debemos ser solidarios con Francia,  pero es verdad que mejor aún es la solidaridad con todas las víctimas de terrorismo que han caído en atentados que hemos aplaudido nosotros mismos. Dejarnos llevar por los cientos de problemas que suceden a lo largo y ancho del mundo evita que tenga un juicio sobre lo que sucede hoy y ahora a mi alrededor. Creo que me parecería absurdo entrar en otras batallas y juzgar si alguna muerte vale más que otra porque me parece inútil, ya que doy totalmente por sentado que no es así; así que ese problema lo voy a considerar como un problema mediático del que no sabemos salir y nos hace elegir qué es más importante, con todas sus consecuencias  presentes hoy en el  barrio al sur de Beirut, de Boko Haram, de Ankara, de Ayotzinapa y de lo que sucede en Palestina día tras día, por poner unos pocos ejemplos.

Llegados a este punto, no voy a defender los valores de Francia como defendió Hollande o Le Pen, porque sería defender los valores de una nación cargada de errores, defender los valores íntegros de la Unión Europea en general; sería defender la instrumentalización política orquestada por los medios de comunicación para entrar en multitud de guerras que poco o nada tienen que ver con la religión. Francia respetó el derecho internacional hasta que pudo ser interpretado por la legitimación como un ataque de autodefensa legítimo y reconocido a nivel global.

A principios de septiembre, con un pasado reciente en Francia desde Charlie Hebdo, se lanzaron los primeros ataques aéreos contra el Estado Islámico en Siria, sumado a que el país galo vive en un problema social que abarca una crisis de identidad entre los jóvenes musulmanes de segunda generación. Todo esto provocó un aumento de esa situación de diáspora donde no se encuentra apego emocional hacia ninguna nación pero aquella en la que residen les ofrece un mayor problema de integración, un racismo encubierto, dificultades para acceder al mundo laborar y la creación de guetos marginales que trae todas las consecuencias de un problema con las dos caras de una misma moneda, retroalimentándose, y  que conviven juntas acercándose a los extremos: el islamismo radical y la islamofobia.

Europa hace tiempo que quedó en un bonito sueño para pasar a poner muros como respuesta medieval al movimiento de población que constituye parte de la civilización. El miedo que impide que Europa pueda utilizar las herramientas de una gestión de acogida van quedando indirectamente relegadas por las políticas de ciertos países para poder hacer frente por su cuenta a la amenaza radical. Desde el ataque en enero, no se ha introducido en la agenda política ninguna gestión para la inclusión intercultural en una ciudad en la que es imposible destacar, y por parte de la Unión Europea tampoco se ha repensado ninguna estrategia, lo que provoca que la condena sistemática de los ataques sin una ruta dentro de la agenda política, y sumada a las intervenciones por parte de gobiernos centrales, no haya reforzado nuestra seguridad.

Como decía Eduardo Galeano, las guerras mienten, ninguna guerra tiene honestidad de confesar que va a robar, matar en nombre de la civilización, del progreso o de la democracia; y por si hay dudas, están los medios de comunicación dispuestos a justificar la conversión del mundo en un matadero.

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